Le decían "el último gran
hippie". Aunque no lucía exactamente
como el prototipo de los 60's, había ciertos aspectos de su "look" que
advertían el por qué de tan atinado apodo. Se veía a todas luces que
había tenido sus años de gloria. El había estudiado la carrera de artes
plásticas en la Academia de San Carlos, pero se había dedicado de lleno a
la fotografía. Era un tipo de buena estatura, ojos azules, cabello largo (sin llegar a
los hombros), entrecano y siempre: bronceado, en mezclilla, con los tres
primeros botones de su camisa desabrochados, con algún collar al cuello
y pulseras en la mano, y, claro, manejando un auto deportivo (aunque a
veces llegaba al trabajo en motocicleta).
Recuerdo cuando me platicó que, en su juventud, una mujer varios años
mayor que él, le había regalado un automóvil deportivo MG. –¿Eras un
gigoló?– le pregunté sorprendido por el obsequio. Se rió con toda
franqueza de mi comentario y, después de meditar un instante, con una
sonrisa pintada en su cara, me dijo: –Pues, sí, supongo que sí–. Nos
reímos juntos y le dije algo así como «mira qué cabrón me saliste».
En otra ocasión, sentados en el estudio de su casa, revisábamos una pila
de fotografías. No recuerdo con exactitud qué imágenes estábamos
buscando; algo relacionado con algún trabajo. Lo que sí recuerdo es que,
de pronto, aparecieron un par de fotos de una
sesión. Eran las fotos de una chica joven, de muy buen cuerpo y unas
piernas difíciles de ignorar. Posaba con tan sólo una tela encima de su
cuerpo. Me quedé observando con detenimiento esas imágenes. Las repasé
lentamente, en varias ocasiones. Él se dio cuenta y, sin que yo dijera
nada, me platicó sobre los embrollos que le había traído la historia
detrás de esas fotografías. Le pregunté a quemarropa si se había
acostado con ella. Sin hacer alarde de nada, admitió que aquello había
sido algo pasajero. Yo seguí viendo las fotos, tratando de ocultar mi
sorpresa; ella había sido compañera mía en la universidad. Era, sin
duda, una de esas contadas chicas con las que llegué a desear, de forma
sincera, haberme acostado en aquella época universitaria. Y ahí estaba
yo, tan sólo un par de años después, al lado de "el último gran
hippie",
aquel singular personaje de cincuenta y tantos años de edad,
descubriendo las cosas que difícilmente me hubiera podido imaginar
mientras estudiaba y fantaseaba ingenuo en aquellos fríos salones de
clase.
Hoy, por razones que sobra mencionar, me acordé de aquella extraña
sensación y de aquella chica; de su presencia en los pasillos de la
universidad, cuando teníamos escasos 20 años. No recuerdo su nombre,
aunque aún recuerdo con claridad su rostro, su sonrisa franca. Y también
sus piernas.
Aquellas fotos estaban destinadas al fuego. El gran
hippie me
había confesado, con aquella franqueza por momentos soprendente que le
caracterizaba, que no podía correr el riesgo de que su pareja las viera.