Pausa

La pausa en el DVD sirve para ver con detalle alguna escena, para detenidamente observar un momento determinado. Así, en estos días de pausa, podemos revisar la imagen del año que está terminando. No es que estas semanas sean para meditar ineludiblemente, pero, en verdad, sirven para hacer un balance y tratar de obtener una perspectiva más serena.

No es obligatorio hacerlo (ni los calzones rojos, ni el monedero, ni las maletas detrás de la puerta lo son), simplemente, el calendario nos ayuda a ver esto como la oportunidad de recomenzar... una vez más. El inicio del año como una referencia, el punto de partida de nuevas intenciones o votos renovados.

Fin de la pausa: Play.

Tio Joe

Hombre al agua

El pobre nunca supo lidiar con el alcohol. Decía que a él no le gustaba el agua, que eso estaba bien para las mulas y los cochis, pero no para él. Él sólo bebía cheve, aguardiente, tequila, ron, jerez; todo lo que le produjera un estado de atolondramiento y euforia.

Es verdad que yo así lo conocí, y así llegué a quererlo a montones. Supongo que su buen corazón y gran sentido del humor empequeñecían esos detalles. No me importó que fuera un bruto en todo lo demás, incluso en eso de la bebida. A mí sólo me interesaba que era un buen hombre, uno trabajador —y que entre broma y caricia— me hacía felices los días.

Luego de su muerte, todos en el pueblo me echaron la culpa. ¿Pero qué querían que yo hiciera? Si cuando se emborrachaba no hacía caso de nada ni nadie. Y si hubiera amarrado mejor al caballo, o lo hubiera escondido fuera del establo, de todos modos se las había arreglado para salir de ahí a todo galope. Como aquella vez en que, embrutecido, le robó su potrillo a Don Jacinto y no regresó sino hasta una semana después, con el alazán tan flaco que daba pena nomás mirarlo.

Mi Cuco fue un buen hombre, pero la maldita botella pudo más que el amor que todo el que lo conocía le profesaba, incluyéndome a mí, que con hartas ganas lo quise.

Nunca olvidaré esa noche. Cumplíamos ya ocho años de casados, lo esperaba en la casa con tremendas ansias de verle, pero nunca se apareció. Al día siguiente, que no llegó a dormir, me enteré que había agarrado festejo desde temprano. Me lo dijo el cantinero que era muy amigo suyo, y no tengo razón para dudarlo.

Días después, el compadre Ramiro se apareció en la casa, venía con el caballo de mi marido. Yo me emocioné al reconocer al animal, que se veía más flaco de cuando Cuco se pilló al de Don Jacinto, y rápido pregunté por mi esposo. Pero el compadre no me supo decir nada de eso. Al caballo lo encontraron la noche anterior pastando cerca del río.

Quizá hubiera sido mejor dejarlo así, pensar que el muy canijo andaba nomás por ahi, de vivo, entreteniendo a alguna muchacha con el carisma con que contaba sus historias, sus mentiras que tan gratos momentos provocaba el escucharlas.

Pero no fue así. Creo que era una tarde de abril cuando me dieron la fatal noticia. Habían hallado el cuerpo de mi Cuco, o más bien, lo que el mar había dejado de él. Sus restos deambulaban a placer de la marea, entre las piedras más cercanas a la orilla que formaban el profundo desfiladero. Al menos el caballo no fue tan bruto para ir a parar a esa odiosa fosa.

Desde entonces han pasado sus años. Yo nunca me volví a casar. Nomás pa’ andar en las mismas... no le vi el caso.

Aquí, en éste barranco que conduce al mar, construyeron una bardita de piedra, según pa’ evitarse asuntos tan trágicos.

Vengo a visitarte, como cada año, mi Cuco querido, para festejar nuestro aniversario. Aunque sé muy bien que, en donde te encuentres, no debes estar pasándola mal. ¡Pero mira bruto, que venirte a morir aquí, atragantándote en agua!... sabiendo muy bien que eso a ti no te gusta.

Kinema



Le faltan muelles a la Web o navegante no hay camino…

Internet llegó para modificar nuestros patrones de percepción y manejo de información, así como para extrapolar o exogenar aquellos que subyacen en nuestros mecanismos mentales; en concreto: el pensamiento. No es exagerado comentar que, al ver una página Web, un sitio en la red, sin darnos cuenta, estemos contemplando una representación holística u holográfica de nuestro campo semántico mental. Contemplamos nuestra propia forma de pensar, simbolizar y abstraer.

Sí, el pensamiento es como una página Web: utiliza símbolos que refieren a diferentes connotaciones y denotaciones; no es lineal, se mueve en direcciones impredecibles, según busque conexiones o caiga en ellas accidentalmente —como cuando una palabra, aroma, sonido o símbolo nos mueve de una idea a otra, o nos remite a una experiencia: La última charla con la pareja, por ejemplo—, y sobre todo, renombra y abstrae significados complejos sobre el propio individuo. El pensamiento, como la Web, crea una percepción específica de sí mismo que suele representarse en nombres-clave. Así, si decimos de nosotros: soy soñador, audaz, aventurero, loco, místico, realista, en la web nos renombramos adquiriendo una nueva identidad, que por lo general, se expresa de múltiples formas (en nuestro identificador del messenger por ejemplo), siendo esta una forma de descorporeización, de representarnos sin forma física, sólo como un concepto, un pre-diseño de algo que queremos ser.

Si comprendemos entonces que la Web es una extensión inconsciente de nuestro pensamiento en la búsqueda de una identidad, debemos repensar ésta como lenguaje complejo que sirve para representar la conciencia profunda, abstracta del individuo. Esto implica, en si mismo, todo un reto, ya que sin el conocimiento y conciencia plena de ese lenguaje, es imposible ordenarlo en términos de identificación con los usuarios de la red, como ha señalado Javier Echevarría: "El ciberespacio existe según la conciencia que tenemos de el: La implicación del diseño en los problemas de comunicación de estos sistemas debe estar presente en todas las fases de planificación de cualquier proyecto para Internet".

Así, al visualizar la Web como un problema de diseño para conseguir la identidad con el usuario, debemos concebir a la red no sólo como una tecnología, sino como un lenguaje que coexiste con otros en nuestro entorno social, y entender, como Javier Echeverría, que “tanto el espacio, como el ciberespacio son construcciones culturales y lingüísticas del ser humano”. Quizá, esta falta de apreciación de las Web como un lenguaje que representa una extensión del pensamiento, es lo que ha generado la pobreza e ineficacia del diseño de tantos sitios y páginas de la Internet.

¿ Cómo diseñar la identidad Web?

El diseño de una página Web debe, entonces, considerar el dominio del lenguaje que le es propio. Ese lenguaje se expresa en dos niveles: Lo visual y lo funcional. El primero debe representar un universo estético y dinámico acorde a las referencias culturales del individuo: una página plana, sin movimiento, por lo general, alejará al 90% de los usuarios al ver una incongruencia de ese mundo con el suyo, más dinámico y configurado en otra estética. Por otra parte, lo funcional, tendrá que ver con las herramientas, conexiones y experiencias que ponemos a disposición del usuario. Si el sitio permite hacer interacciones, encontrar información, entretener y propiciar retroalimentación, el emisor-soporte de la página, el usuario, creará vínculos que se traducen en identidad.

Ahora bien, el manejo de ese lenguaje, implica el conocimiento y dominio del alfabeto, códigos de la Web que, por lo general, pertenecen a tres dimensiones: Lo visual, compuesto por el alfabeto -idioma de referencia y lo pictográfico (en ese sentido la red regresa al ser humano a su origen de representación simbólica que se representó en los jeroglíficos en gran parte de su proceso civilizador). Lo sonoro: sonidos, música, que se vuelven identificadores, conectores y componentes de mensaje. Y por último: lo secuencial, que implica imágenes en movimiento y, sobre todo, la hipertextualidad.

Comprender el concepto de hipertextualidad es esencial para dimensionar el lenguaje del Internet en toda su extensión: Cuando leemos un libro nos referimos a lo textual, es decir, a lo lineal, seguimos un texto siempre en un orden pre-establecido, leemos de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo; sólo algunas formas poéticas rompen este esquema creando un hipertexto, donde el lector es el que construye el camino a seguir de su lectura. La página Web funciona igual: El texto lo configura el lector, el hipertexto es en si la secuencia que él crea para crear su propio texto. De aquí se desprende un concepto casi axiomático: Si el diseño de la Web no permite una construcción dinámica y hasta heurística entonces el diseño es pobre, entonces es imposible, tal y como se define: Navegar. Navegante no hay camino pues….

Más allá del diseño: El contenido

Si bien es cierto que un diseño adecuado en cuanto a lo visual, lo funcional y el hipertexto conducen a la identidad, tanto de la página como de las marcas representadas en la red, ( que por cierto se democratizan, al participar como identidades simétricas, no importa su poder económico o político, una empresa pequeña y la trasnacional pueden tener una participación similar en la red ), generalmente la identidad que está produciendo Internet, es una Identidad vacía, sin sustancia y por lo tanto, en la mayoría de los casos: Trivial.

Lo anterior se debe fundamentalmente a la canalización de la información de la red, misma que proviene de una de sus principales cualidades, pero a su vez, uno de sus principales defectos: La velocidad. Todo es tan rápido y fácil en la red, que nadie se detiene a valorar, analizar y reflexionar sobre el valor y pertinencia de la información. La información de la Internet se entrecruza, se disipa, se combina, pero a tal velocidad, que perdemos la perspectiva ante el peso de las cosas, ante el entorno en que nos movemos física y culturalmente.

La paradoja del Internet reside en el hecho de que si bien el agregar más velocidad a los mensajes tiene su razón de ser en el plano funcional, tal velocidad ha reducido el contenido de los mismos, relegándolos a simples anuncios, o imágenes descontextualizadas además de trivializadas. Así, quien a marcado el tiempo de la red son las empresas y el mercado, y no el usuario que acaba modelado a imagen y semejanza de los primeros.

Y si bien es cierto que todo espacio cultural es un espacio para el consumo y para el diseño, la forma en que se diseñe y se consuma creara riqueza o pobreza cultural.

Aquí la red tiene, de cara a su agotamiento conceptual no tecnológico, un gran reto: Reconfigurarse a si misma, para crear más contenido, y repensarse como un espacio que genere menos trivialización, más riqueza, más peso, más fondo, y sobre todo más interacción conciente y constructiva de los individuos. Sitios como nuestro —me atrevo a llamarlo así— muelle 66, reivindican el sentido de la red, aportándole un valor cultural y lingüístico, que reclama, y merece la internet...hacen falta muchos muelles, reflexiono, para que el hipertexto deje de estar vacío.

Mientras esto no ocurra, no se cumplirá la profecía de Bill Gates que anuncia un futuro en que la red se equipare a la lectura como la segunda gran herramienta de progreso. Hoy, si bien a cambiado el mundo, todavía no ha cambiado a los hombres... los libros llevan más de un milenio haciéndolo con creces.

Zuripanto




Sin título. Alessandro Volpi © 2003



Mesa para dos

Simplemente sucedió. Había algo en ella que atrapaba el pensamiento y la mirada de una manera contundente y veloz. Ella es de esas mujeres que, a pesar de su corta edad y nula experiencia, saben muy bien como atraer a un hombre.

Lo mejor de todo es que ni si quiera se percata de su atracción, no es consciente de las potentes feromonas que va rociando a su paso, ni tampoco sabe lo encantadora que resulta su tímida e inocente voz.

Ella se paseaba con naturaleza por todo el lugar, inquiriendo amable y graciosamente por el platillo de preferencia del comensal. Yo esperaba mi turno con celestial paciencia; no me importaba que aún no se acercara a mi arrinconada mesa para pedirme la orden, puesto que yo estaba fascinado observando sus ires y venires, regalando pequeñas sonrisas al viento, que me servían de entremés.

“No puedo creerlo, pero si es tan sólo una tímida niña de pueblo”, decía la parte más consciente de mí, que —terca como siempre— no acreditaba que aquella juvenil e ingenua figura me tuviera tan embelesado.

Por fin llegó la hora: se acercó a mí y, no conforme con alterarme el cerebro con su gracia y sensualidad innatas, endulzando aún más su voz, se puso a mi entera disposición. Era increíble como llevaba a cabo esos efectos estimulantes sin perder ni un gramo de esa otra parte suya de timidez y recatamiento que terminaba envolviéndola en radiantes nimbos tan rosados y antojables como su tersa piel.

Hice lo que pude para alargar el proceso de mi comanda, misma que demoró otro rato considerable en traer hasta mí, pero ya había mencionado que ni el hambre ni el tiempo me importaban demasiado estando ella ahí para suavizar mis dolencias.
Comí l-e-n-t-a-m-e-n-t-e... todo fuera por regalarle un segundo más de sus inocuos ojos a los míos.

Al salir del lugar no recordaba ni qué me había engullido; cierto era que yo fui a cenármela a ella, y que había sido el platillo más exquisito que hubiera devorado en mucho tiempo.

Kinema



Navego...

Navego
soy la barca
con el casco abierto
y la proa partida
inerme
a todos los vientos

Navego hacia un mar obscuro
aterradoramente ciego

Navego
aún cuando mi puerto era seguro
y en el me sabía amado, cierto...

Navego
sabiendo que en cada tormenta
todo me lo juego
y que cada día aún en la luz,
es cada vez más negro

Navego
quizá nada encuentre, nada gane
en esta apuesta-viaje
donde todo lo arriesgo

( Incluso, a ti, amor, mi puerto )

Al fin, a cambio, de saberme tan solo,
tan sólo
en el inmenso mar-destino:

Capitán de mi propio ser-abismo

marinero eterno de tu ser

ya no la barca

que hace de ti puerto

y no toda la mar en abundancia

Navego....



Zuripanto







La urgente terapia de México*

Para comprender lo mexicano debemos comprender nuestra historia, es decir, esas raíces que como un gran árbol poseemos, aunque en realidad no las conozcamos. Sólo entonces, con ese conocimiento, podemos definir en su totalidad el fenómeno al que nombramos “cultura mexicana”, que no es sino el resultado de una combinación genética específica —muy compleja por cierto—, con factores ambientales y circunstancias históricas determinadas que nos hacen, para bien y para mal, un ser (psique) y una forma de ser (cultura).

Si ignoramos quiénes somos y por qué somos, entonces poco podemos hacer por crear las condiciones propicias para nuestro desarrollo. Y para conocernos más debemos sacar del inconsciente nuestro propio espejo enterrado. Miremos:

1. No hemos salido de la conquista y la colonización

Los mexicanos seguimos atávicos a la dominación, seguimos siendo un pueblo conquistado y dominado por fuerzas políticas y espirituales. Además, vivimos presas de terribles y constantes paradojas que enturbian nuestras conquistas históricas: La independencia la consuma un ex realista con el apoyo del clero; ese mismo que sirvió, mientras le convino, a la corona española. Así, una vez independientes, quedamos a expensas de una neo-monarquía jerárquica añorante de lo europeo que además pactó con la iglesia católica un monopolio de opresión espiritual sobre un pueblo explotado, dividido por castas y agotado en la pobreza. Ninguna independencia ganamos, sólo la obtuvieron quienes ahora podían oprimir sin necesitar aval alguno de la corona.

Hoy en día, a pesar de la lucha de Juárez, Lerdo y otros que intentaron crear un país de leyes y sin privilegios, seguimos atestiguando como pesa más en México una posición política, económica o religiosa que las leyes que costaron sangre y miles de vidas al país.

Por otra parte, la revolución mexicana nace como un gran estallido desde las mismas entrañas de una esencia contenida. Fue, en sí, un gran parto doloroso de la mexicanidad; fue un justo reclamo no de pan (entonces había menos pobres que ahora), pero si de identidad, de justicia y de autodeterminación. Fue, la voz del campesino y del caudillo que reclamaron derechos ancestrales sobre la tierra de los que se sabían depositarios y ultrajados. Sin embargo, como si sufriéramos la eterna condena de repetir lo que ya hemos padecido, la bandera de la revolución es tomada de nuevo por intereses ajenos, y no restituye en lo material nada a los desposeídos; en lo espiritual al menos deja una conciencia colectiva imborrable (algo que nunca pudo hacer la colonia española en 400 años, ni las múltiples guerras por defender la patria frente al invasor extranjero en el siglo XIX) que se traduce en un gran arte que nos aglutina como nación, cuya principal insignia es El Muralismo.

A pesar de esa herencia invaluable de la revolución, quienes más han usufructuado sus aportes han sido nuestros vecinos del norte. Libre México de la presencia europea, con un sistema político emergente que reproducía en un solo partido a una sola gran hacienda en la que todos los mexicanos cabían en una nueva “familia revolucionaria” (eslogan genial para vender al pueblo de nuevo el gato como liebre), el poder expansionista de los Estados Unidos encontró en México un terreno propicio para colonizar, vía el comercio, lo que antes se había colonizado con la cruz y con la espada. Desde entonces lo han hecho con eficiencia: Primero el control del petróleo, a través de una expropiación que les favoreció al perder los europeos sus concesiones, luego la dependencia. Hoy comerciamos con ellos el 85% de nuestras exportaciones, dependemos de su inversión en un 75%, controlan más de la mitad de todo nuestro sistema financiero y de servicios. Si bien es cierto que en algunos terrenos hemos podido desarrollar verdadero intercambio de beneficios, en lo general, los poderosos del norte dicen a qué son hemos de bailar y, sin su visto bueno, no hay poder político o económico que pueda aspirar a progresar en nuestro territorio.

¿Independencia entonces? Quizá sólo de nuestra conciencia enraizada en nuestra herencia y tradiciones, (comida, folclor y etnias que perviven como hace siglos) y claro, en el arte, en nuestra literatura, pintura y música, ahí donde el espíritu no es presa fácil.

En todo lo demás: en lo político, en lo económico, en lo espiritual, seguimos siendo dependientes y, peor aún, co-dependientes, ya que al parecer no podemos vivir, ni funcionar, si no es bajo el estigma del sistema que oprime.

2. Somos un país traumatizado

Los mexicanos, sin darnos cuenta, arrastramos en nuestro inconsciente toda esa frustración histórica, producto de la supresión española de una cosmogonía propia y de los sueños de libertad y progreso sistemáticamente mutilados, tanto en los grandes momentos de nuestra historia como en los ciclos que cada seis años se instauraron para, perversamente, restaurar el hambre de mito y de caudillo de un pueblo menesteroso e ingenuo.

Toda esa explotación y frustración acumuladas han generado en cada uno de nosotros, en mayor o menor grado, un ser dependiente que goza de la guía paternalista, que prefiere la seguridad de saberse sometido al reto de asumirse responsable; que no enfrenta los problemas y se evade siempre en la simulación, esa que lo lleva a usar una máscara sobre otra haciéndolo, como bien lo ha sentenciado Octavio Paz, indescifrable. Un ser cerrado que no se muestra, (especialmente nosotros los varones), que no se “raja” y, por lo tanto, se aísla en una soledad laberíntica de la que no puede escapar, pues, no se da cuenta que él mismo es el laberinto.

Y lo peor: esa frustración se ha convertido en desilusión, en vacío. Y no es gratuito: más de dos siglos luchando por ver caer los privilegios, esperando que las leyes se apliquen y respeten, que se cumpla la palabra, que la historia de México deje de ser, como lo sentenció genialmente Fuentes Mares, “La Historia de las Traiciones” y sólo ver que nada esencialmente cambia; contemplar la misma escena siempre, sólo modificados los actores.

La consecuencias de esa desilusión, de ese descrédito con el que miramos nuestras instituciones —no así nuestros símbolos históricos, llámense Virgen de Guadalupe, o Bandera Nacional—, se traducen en corrupción generalizada, negligencia, apatía, ineficiencia, carencia de espíritu de cooperación, énfasis en el beneficio individual sobre el colectivo, falta de fe en el futuro.

Ni siquiera los avances democráticos recientes han significado una mejora significativa respecto a esos traumas y esas dependencias. Incluso los exponen aún más: Hoy en día que tenemos un presidente menos poderoso que antaño, hoy que vemos que no se da un paternalismo recalcitrante desde el ejecutivo, añoramos la fuerza del Tlatoani, su poder; añoramos al gran “seductor de la patria”, ese que, desde el olimpo sexenal, nos decía que debíamos prepararnos para “administrar la abundancia”, o el que nos hacía creer que “volábamos”, literalmente, al primer mundo. Ese que nos vendía la droga en la que el imaginario colectivo se evadía cada seis años, para despertar en la terrible cruda que bautizamos como crisis, en la que siempre el responsable de todo es aquel que antes entronizamos, pues, es más fácil culpar a otros que asumir nuestra responsabilidad.

3. La Propuesta

Y en esta palabra me atrevo a señalar la clave para nuestra cura colectiva: Responsabilidad. Debemos hacernos conscientes de lo que implica este término para nuestro futuro y para nuestro destino. Debemos re-conceptualizarla, dejar de limitarla a sinónimo de obediencia o cumplimiento del trabajo (como la vemos actualmente) y dimensionarla como sinónimo de compromiso, cuidado de nuestros recursos, desarrollo de nuestros talentos para transformar nuestro entorno, reconocimiento de nuestros errores, sentido autocrítico permanente, independencia y defensa de nuestras ideas, aunque no sean soportadas ni aplaudidas por los demás.

Mientras no nos hagamos cabalmente responsables, seguiremos añorando ese territorio seguro del poder absoluto, seguiremos cediendo nuestra libertad a los que decidieron que somos culpables de no se cuantos pecados que ni siquiera cometimos; seguiremos añorando la vuelta al pasado, o incluso, repitiendo eternamente nuestra castrante historia, hasta que de la nación solo quede lo alegórico, o cuando mucho las fiestas y estallidos colectivos disfrazados de partido de futból o carnaval, que servirán sólo como válvulas de escape, o cuando mucho, de expresiones de una cultura sepultada e inoperante.

En fin, como lo comenté alguna vez con nuestro “jefe de embarques del muelle” Tio Joe: “México requiere terapia a nivel inconsciente colectivo”. Hoy reafirmo esa creencia, convencido de que no es una terapia de psicoanálisis lo que necesitamos (esa ya la han realizado con esmero y tino los estudiosos de lo mexicano: Samuel Ramos, Antonio Caso, José Vasconcelos, Leopoldo Zea, y desde luego, Octavio Paz). Lo que ahora requerimos es una terapia orientada por la filosofía de la escuela gestalt, esa que nos libera de la autocompasión; esa que plantea que la cura de cualquier trauma radica en librar un escollo principal: Culpar siempre a lo exterior de lo que nos sucede, incluso a nuestra historia y nuestra cultura de nuestro retrazo material y espiritual, como si ha ellas estuviéramos, cual reos de muerte, condenados.

Hoy, insisto, requerimos de una terapia donde se fomente y se redimensione el sustantivo “responsabilidad” en cada acto, en cada idea; una terapia que se instrumente en cada hogar, cada aula y cada oficina; donde se asuman los errores, se deje de señalar culpables, dejemos de poner pretextos a nuestros fracasos e incumplimientos, y aceptemos la confrontación productiva; en la que asumamos la superación como algo propio, que no depende de nadie, ni de nada. Una terapia que nos enseñe a ver el interés colectivo sobre el individual, a dejar de tener dobles discursos, a reconocer cuál es nuestra voz y cuál la que hemos adoptado para complacer a todos, menos a nosotros.

Una terapia si, que reconozca que podemos seguir siendo fiesteros, alegres, ingeniosos, hasta desmadrosos, y al mismo tiempo ser eficientes, comprometidos, competitivos y cooperativos, honestos, leales además de cabales. Es decir, complejos y no acomplejados.

¿Cómo instrumentar esa terapia? La respuesta no es sencilla, requiere de una toma de conciencia colectiva primero, y de la coparticipación creativa a todos los niveles. Esta debería, y puede ser, una de las prioridades de la nación, tan importante como la lucha contra la pobreza y la inseguridad.

Debemos ante todo, independientemente de cómo resolvamos nuestro trauma, creer que es posible, que es viable, asumiendo que el futuro ya no está en el exterior, sino en nuestras manos, y que la cultura e historia que nos han frenado, pueden ahora ser —convertidas en nuestra paradoja definitiva y catalítica—, las que finalmente nos transformen.


Zuripanto



No me busques

No me busques. Pero si así fuera, puedes venir a mí; aquí estoy, pregúntame lo que quieras que yo sabré confundirte (en tu confusión hallarás la respuesta).

No me busques; no te pido que lo hagas. Pero, si permaneces terco, sabes dónde encontrarme. En realidad no existo, resido sólo en tu imaginación. Soy lo que tú piensas que soy. Soy lo que tú quieres que sea (el resultado de una percepción en tu cabeza).

No me busques; evita mis pasos; pierdes tu tiempo. Y, si logras hablar conmigo, sentirás que te engaño (estás en lo cierto).

Yo no prometo verdades, ni tan siquiera conozco el significado de una promesa. Porque —¿sabes?— no me interesa apropiarme de la vida de alguien más.

No me busques, te digo (ni trates de imitarme), porque soy el único, el original: gurú de nadie.

Kinema



Mensaje en la Botella

Hace siglos, alguien aislado (quizá solo en la mente del novelista en turno) como una de sus pocas opciones, revelaba su localización aproximada y un mensaje desesperado para ser ubicado, rescatado, y reinstalado en la sociedad de su añoranza (nunca nos contaron si semanas después de ser rescatado alquiló un bote para regresar a su soledad).

La mayor intención de este náufrago, era que su mensaje fuese encontrado por un igual, y que éste fuese impelido a actuar; pero otra menor, era la esperanza de comunicación. El simple hecho de arrojar la botella lo hacia imaginar un sin número de respuestas, y esta miríada de opciones le evitaban el perder contacto consigo mismo.

Bueno, sirva este paralelismo como introducción para iniciar mi recorrido por alguna de las exposiciones que se presentan actualmente en la ciudad de Guadalajara.

Francisco Toledo, maestro oaxaqueño, presenta actualmente sus “Cuadernos de la Mierda” en el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara. Esta colección de dibujos sobre papel fue una dación en pago que hizo Toledo a la SHCP, hace algunos años. Más allá del título como indicador de acción, nos muestra a un Toledo en un espectro amplio de comunicación, minucioso en sus líneas y atento del desparpajo que sufre el agua en el papel. Una actividad íntima, y vergonzante al ser expuesta (como la intimidad misma), sirve como interconexión entre mortales y su propia mitología. Cuidando forma y símbolo Toledo revela el hombre sencillo, cuyas sencillas actividades pueden rasgar por accidente el manto de lo divino.

No me gusta sonar como crítico de arte, primero porque no lo soy, y segundo porque criticar arte me parece tan relevante como poder agarrar pedos con la mano, pero en mi apreciación personal, si tienen oportunidad de visitarla, háganlo, vale la pena comentarlo y compartirlo.

“Las Vanguardias artísticas, sus experimentos formales, su principio de abstracción, la ruptura con la tradición histórica que las define, y de manera particular sus programas civilizatorios son un paradigma central de la modernidad, y han configurado a lo largo de sus experiencias las formas modernas de percepción del mundo”.

Por todo lo antes dicho, a mover las nalgas, e interactuemos con el arte.


JC Pelayo




Nadie contesta

Los coyotes aúllan
Los perros responden
Hay tensión en la luz azul
de la media luna
Las estrellas vigilan
El viento murmura
entre las hojas
y despierta al búho
que llama
Nadie contesta
El silencio se espesa

Mike Honey
De su serie Pro Natura
Poemario Bilingüe



Impermanence

A white dust road
cuts into the yellow grass
as it moves away
towards the hot horizon
The wild land is tame
Now the animals and trees
are afraid


Mike Honey
De su serie Pro Natura,
poemario bilingüe




El Olor

El olor, abstracto como la música,
logra evocar, burlar, y finalmente
desnudar al “tiempo”.
Lo desnuda
de todos los conceptos harapientos
en los cuales lo hemos enredado.
No puedo decir/decidir
Si fuí antes o después
Si mis memorias me preceden o anteceden
Si alguna vez fui ajeno a esto.

El olor de mi madre
en su almohada

El olor después de
la lluvia

El olor del puerto
a la entrada.

El olor del anciano
en su estancia

El olor de albahaca
recién cortada

El olor de la brisa
salada

El olor de sexo
en la piel

El fresco olor
de mi hijo

El olor de una casa
cerrada

El olor de un bar
por la mañana

El olor de pan
en el horno

El olor de la muerte
cercana.

El olor de tu cuerpo
en la cama.

JC Pelayo

Un Barrio Global

— ¡Qué lindo se escucha! — dijo mi hermana, al percibir claramente el llanto de un bebé, proveniente de uno de los departamentos, contiguo a la casa de mis padres.

— Es el bebé de los japoneses. Está recién nacido — Dijo mi madre — Tienen pocos días de haber llegado, viven en el departamento donde vivía la hermana de Lola Beltrán.

— ¿Japoneses? ¿Y qué hacen unos japoneses aquí en el barrio? —, pregunté.

— Pues, no sé. Me di cuenta hace unos días. Están bien jovencitos; el bebé debe de tener como 2 meses, solamente. Los vi entrar a comprar en el abarrote de la esquina. La pobre muchacha miraba como asustada la comida que había, terminó comprando tan solo leche y algo de arroz. Nos dio risa que al pagar nos saludó con uno de esos saludos de por allá.

— Una reverencia—, le dije

— Eso —, me contestó.

— Se inclinó al saludarnos a cada una de las que estábamos ahí mirándola. Debe haberse cohibido la pobrecita. Me dio lástima.

— Que diferencia con el Mike, que se lleva de casa en casa como mitotero. Ni parece gringo; parece vieja verdulera y se lleva comiendo hot dogs. ¡Qué pronto se acopló! — Las risas no se hicieron esperar.

“El Mike” es un jubilado calvo y regordete que vive en uno de los departamentos arriba de la tortillería de la esquina. Lleva viviendo en el barrio aproximadamente 2 años y ya es parte de la comunidad.

— ¿Ya se dieron cuenta como hay extranjeros viviendo en el barrio? — Dijo mi hermana — Quien sabe que le verán.

— Le han de encontrar su encanto. Por algo están aquí — Dijo mi mamá.

— El otro señor y su esposa, ¿cómo se llaman?… Ralph y Angie (el Ral, le dicen), se llevan arreglando las plantas del parque junto con el jardinero del municipio. Creo que hasta son padrinos de su hijo. Son de por allá, de Canadá.

— No vayas tan lejos, ¿y el profesor Recombenni? Es de Buenos Aires, habla bien chistoso y es “mamilas”, como buen Argentino.

— El alemán que está de intercambio con los Alarcón no se quiere regresar. Es más, se trajo a un amigo suyo, el otro güero pelos parados que estaba de intercambio en Morelia y se aburría mucho. Vinieron sus papás por él hace como cuatro meses y no se quiso regresar para Alemania. Anda de novio con la gordita del abarrote, lo trae tontito. Le ha de dar té de calzón de tres días de añejamiento — El comentario desató las carcajadas, de nuevo.

— Y el negrito… el que se lleva jugando básquet en la cancha del parque, ¿cómo se llama? — Nehru —, dijo mi sobrino — creo que es de Zambia o Senegal, un lugar de esos, por allá en África. Da clases en el Tec. Dicen que es bien chingón. La otra vez nos contó que su país esta bien jodido y que batalló mucho para estudiar y poder llegar hasta acá. Se iba a ir a Estados Unidos pero aquí le gustó mucho y se quedó. Quiere traer a su familia.

— Y la Dalila Laoufi, nuestra huésped parisina, directita de Les Champs-Elysees... tan bonita ella. Mira que venir de tan lejos para subirse a un camión destartalado de la ruta Chololos para irse al Tec. Al igual que ellos suspira por Mazatlán y está ahorrando para quedarse aquí.

— Japoneses, americanos, canadienses, argentinos, alemanes, africanos, franceses, ¡bien pudiéramos hacer unas olimpiadas en el parque!

Mazatlán desarrolla un particular proceso de inmigración, en el que las comunidades de extranjeros se han salido del molde tradicional: ya no lo conforman solamente personas de la tercera edad provenientes de Estados Unidos y Canadá, mismos que se ubican en el sector turístico de la ciudad y se organizan en grupos. Hoy, provienen de muchos países y buscan integrarse; asimilar la forma de vida local allí donde se desarrolla verdaderamente: en los barrios tradicionales. Los medios de comunicación actuales, como la televisión por cable y el Internet, los mantienen en contacto con lo que sucede en sus lugares de origen.

Llama la atención que ahora los norteamericanos compran propiedades en las colonias populares de la ciudad; aquellas que, incluso, carecen de servicios básicos. Allí, con su presencia, aparte de traer su cultura, introducen mejoras en el entorno, elevando la calidad de vida. La gente aprecia eso y facilita su proceso de integración. La forma de ser abierta y confianzuda de los locales es un atractivo muy especial para ellos.

En el caso de cada uno de los inmigrantes que conozco, pudiera asegurarse que lo que los atrajo inicialmente fue el mar, pero lo que los mantiene arraigados es el barrio donde habitan; el tipo de vida al que tienen acceso y la sincera calidez de la gente con quien comparten, conformando con esto, una simbiosis muy particular: un barrio global (así le llamo).

El paisaje, el bello centro histórico y la magia de las bulliciosas calles, llenas de niños jugando, hacen el resto.

Andrés


Balas de goma en la frontera

Hace ya algunos meses se desató gran polémica por un asunto en nuestra frontera norte. Los noticieros bombardeaban a la opinión pública con la imagen de un fornido guardia fronterizo siendo sacudido en la totalidad de sus lonjas por una andanada de proyectiles que, finalmente, lo hacían doblarse del dolor y en su rostro se podía leer claramente un “hay cabrooón como duelen estas mierdas”

Tristemente se confirmaba de esta forma que — con anuencia del “n” veces heróico gobierno de la república de Tin-Tan —, nuestros neuróticos vecinos del norte habían declarado oficialmente abierta la temporada de caza, y bajo el lema de “no los maten, nomás tarántenlos “ (sugerido por su brillante asesor en derechos humanos y líder de los conservadores en el senado), la migra había sido autorizada para disparar balas de goma sobre las hordas de hambrientos animalitos del sur para los que morir de hambre, balazos, o a pedos, pa`l caso ya no hubiese diferencia; esto es, para los que se aventurasen a cruzar la frontera.

Debo decir que inicialmente este fue mi tema de reflexión, pero poco a poco y a fuerza de ver la imagen del panzón retorciéndose del dolor una y otra vez, mis cavilaciones se volvieron más introspectivas. Cuántas veces no hemos hecho esto con nosotros mismos; cuántas veces no nos hemos disparado estas “balas de goma” con las que detenemos, atemorizamos y resquebrajamos nuestros proyectos personales.

No, las balas de goma no aniquilan, no fueron desarrolladas con ese fin; su propósito es descorazonar en el sentido literal de la palabra; quitar el corazón de acciones, relaciones y palabras; conferir la categoría de objeto inanimado a los blancos sobre los que se disparan; practicar pequeños suicidios que nunca matarán a nadie; solo duelen lo suficiente para mantener en la toma de decisiones al “putito” (con respeto para los homo) que todos llevamos dentro,

“El Kybalion” nos dice que se puede inferir lo grande a partir de lo pequeño, y lo interior de lo exterior. Los eventos y procesos que tienen lugar a kilómetros de distancia suceden paralelamente en nuestras historias personales. Entenderlo así, es una forma de integrarnos y generar una inercia empática con el tiempo y espacio que nos tocó vivir. La amargura de la guerra o el triunfo del corredor ciego tienen lugar en nuestros dentros. Asi pues, las fronteras que nosotros mismos delimitamos, la migra, y las balas de goma que nos resquebrajan y detienen, me gustan como pa´ que vayan y ch...

JC Pelayo



El sombrero, la hielera y el misticismo

elsombrero

El sombrero, la hielera y el misticismo © 1993
Alessandro Volpì



El Éxodo

Mazatlán, Sinaloa, México. 1963.

— ¡Margot!, ¡Margot!, ¡Compadre! ¡despierten, Compadre!

— Qué pasa doña Chuy, ¿ocurre algo?

— ¡Rápido compadre, levántense y despierte a las criaturas, que se sale el mar!

— …¿Qué?

— ¡Sí, escuchó bien!, ¡Ahí viene un maremoto! ¡Que se va a salir el mar, andan anunciando las patrullas y la radio!.

— ¡Ándele, reaccione, no es broma! Abra la puerta para ayudarles a sacar cosas ¡Apúrese!

Mi padre abrió la puerta desconcertado por lo que había escuchado y mi abuela entró a la casa hecha una tromba.

— ¡Qué pasa mamá! ¿Por qué esa grita?, —dijo mi madre al salir al encuentro de mi abuela — ¿Quién se murió?, ¿le pasó algo a mi hermano?.

— Los muertos vamos a ser nosotros si nos quedamos aquí paradotes ¡Se va a salir el mar!, ya todo el mundo anda huyendo. Tu hermano Félix fue a traer una camioneta grande para subir las cosas.

Mi madre se quedó parada, incrédula.

— ¡Reacciona muchacha!

— No puede ser — dijo mi madre en voz baja. Mi abuela la tomó por el brazo y la llevó hasta la puerta.

La calle Zaragoza — una de las principales de la ciudad —, registraba un inusual movimiento de gente que iba y venía presurosa; eran las 2:00 a.m. - ¡Entonces es cierto, Dios mío! - espetó mi madre.

— Pues claro, ¿no se te hace suficiente para ser broma?

— ¡Doña Chuy, Doña Chuy!. — Gritaba una vecina desde enfrente — ¡Ya nos vamos, no podemos esperar más, tenemos que pasar por la Lupe, y vive lejos. Le encargo por favor si ve llegar al Roberto le entregue las llaves!.

— Pero mujer, ¡cómo se te ocurre! ¿A poco crees que voy a estar esperando a que llegue tu hijo?. Si ya nos vamos nosotros.

Todo sucedió tan rápido. En ese ambiente de confusión y caos, mi mamá regresó inmediatamente a despertar a mis hermanas. Mi papá, que ya se había dado cuenta también de lo que sucedía, preguntaba detalles de la situación a un vecino que subía cosas a su auto.

— Entonces es cierto — decía mi papá.

— Lo han estado anunciando desde hace 40 minutos. Ya se corrió la voz por todo Mazatlán, ¿qué no escuchaban? Tiene mucho rato pase y pase gente corriendo por todos lados. Dicen que viene una ola gigante directito para acá. Hay que huir, ¡apúrense!, no vaya a ser que los agarre el agua aquí.

— ¡Andrés! — se escucho un grito desde el interior de la casa — ¡Ayúdame con las cosas, por Dios, hay que subirlas al carro!.

Corriendo a toda prisa hacia la casa, se unió a mi madre en la tarea de decidir qué pertenencias llevarse: Ropa, alimentos, medicinas, papeles importantes. Nunca habían pensado en el dilema de tener que decidir qué cosas llevarse en una situación así. Es más, ni en sueños hubieran pensado que esto pudiera llegar a ocurrir.

— ¿Dónde están los papeles de la casa?, ¿dónde los pusiste?, ¡Por Dios, deja eso; hace mucho bulto!.

Una a una seguían sacando cosas acumuladas a lo largo de los años. Una corbata vieja, unos zapatos del abuelo, un chal, vestidos de gala. Nada que tuviera prioridad.

— Baja ese baúl del closet, por favor.

— Cómo…¿Piensas llevarte el vestido de novia?.

— ¡Claro! ¿cómo, crees que lo iba a dejar?

— Apenas lo puedo creer.

Afuera se escuchaban los gritos de mi abuela que discutía abiertamente con alguien, no se de qué cosa.

— ¡Apúrense por Dios! Nosotros ya estamos listos aquí; ya acomodamos todo en el carro.

El fastidio de estar escuchando a mi abuela, más que las prisas del momento, hicieron decidir por algunas cosas, al fin. Esto, aquello, aquello otro, esto y esto. — Listo, apúrate, sube a las niñas al carro, llena estas botellas de agua y nos vamos.

La espera para el llenado de las botellas se hizo eterna. El viejo filtro, con su leve chorrito, apenas llenaba una a la mitad.

— Deje eso compadre, ahí llevo yo agua para todos. ¡ Ya vámonos !

Mi padre cerró la llave y, presurosos, salieron mi abuela y él hacia la calle.

— ¿A dónde va compadre, pues, otra vez?

— ¡A cerrar la casa, Doña Chuy!

Una vez cerrada la casa, corrió hacia el auto para salir rápidamente. Abrió la portezuela, y vio que no había lugar ni para el chofer.

Mi abuela, tres tías, dos tíos, mis dos hermanas, mi madre y mi padre.

— Dios mío, a ver si camina esto.

— Claro que va a caminar — dijo mi abuela.

Encendió el automóvil y comenzó a avanzar.

— ¡Espera! — Se escuchó un grito.

— ¡La máquina, se me olvidó!

— ¿Cual máquina? — dijo mi abuela.

— La de coser — contestó mi madre — es nueva y no la quiero dejar.

— ¡Estas loca mujer! ¿Qué te pasa? Vámonos compadre no le haga caso. Qué máquina de coser ni que nada.

La familia partió con rumbo hacia una de las avenidas que llevan a las afueras de la ciudad.

— Tengo hambre — dijo uno de mis tíos — Muchacho condenado, ¿cómo que ya tienes hambre, si apenas vamos saliendo?. A ver, levanta ese bulto, si puedes. Abajo traigo una cazuela llena de capirotada.

Mi padre disminuyó la velocidad, a punto de entrar en el congestionamiento vial más grande que se conozca en la historia de Mazatlán. Una interminable fila de vehículos saturaba la única, y de por si, angosta avenida que llevaba a la salida sur.

Por un lado, y caminando, los más desafortunados de siempre: los pobres. Lentamente, como en una procesión, unos cargados de cosas, otros apresurados, algunos corriendo, en carretas, a caballo y en burros. Un extraño ruido de fondo podía escucharse; mezcla de rezos, ruido de motores y gritos.

Aquello era el caos, pues, algunas personas intentaban pasar por delante de los vehículos haciendo más lento el tránsito en aquella noche.

— ¡Miren! ¡Un elefante! ¡una jirafa!

— ¿Qué?

— ¡Sí! ¡Ahí van caminando! — dijo una de mis tías.

Los animales, parte de las atracciones de un circo que visitaba la ciudad, eran arreados lentamente por un grupo de ayudantes del mismo, haciendo que la escena adquiriera un toque de surrealismo.

— ¡Allí va mi madrina Sonia! — dijo el más pequeño de mis tíos.

— ¡Madrina! ¡Madrina! — gritó.

— Cállate muchacho. Voltéense para el otro lado. Hagan como que no la vieron. No vaya a ser que se quieran subir con nosotros y ya no cabemos.

— ¡Chuy, Chuy! — gritaba la madrina. No tuvo mi abuela mas que voltear hacia el lugar de donde venía el grito.

La comadre se dió cuenta del disimule de mi abuela, pero muy consciente de la situación solo dijo — Chuy, solo vamos a llegar hasta el cerro colorado, ahí ya veremos que sucede, porque no hay manera de avanzar más. Si ves a la Petrita, mi nuera, por el camino, le dices que allí vamos a estar, por favor.

— Claro, comadre — le dijo mi abuela, con un nudo en la garganta.

Lentamente, otra vez, la fila de coches comenzó a avanzar, dejando atrás a la comadre Sonia — Dios la Bendiga, dijo mi abuela en voz baja.

Se hizo el silencio. Tal vez todos meditando en cómo es el comportamiento humano en esas situaciones. Una de mis tías, rompió el silencio:

— ¡Hay que rezar!

Mientras tanto, el motor consumía las últimas gotas de gasolina del maltrecho carro de mi padre.

A la misma hora — lejos, en el Océano Pacifico—, avanzaba hacia la costa una pared de agua de más de 40 metros de altura, resultado de un gran terremoto submarino.

Una hora más tarde ésta impactó la costa, arrasando todo a su paso, con una fuerza de devastación nunca antes vista. Los poquísimos testigos presenciales dieron testimonio del más grande desastre natural en las costas cercanas… pero de Anchorage, Alaska.



Andrés



Arnaccio



El Arnaccio es un pequeño río cerca de Livorno, al norte de Italia. Cuando observo ésta imagen no puedo evitar preguntarme: ¿puede una fotografía reflejar el estado anímico de su autor? ¿pueden las imágenes de un paisaje ser el espejo de lo que sucede en su interior?. O, simplemente, ¿será que el fotógrafo se ve atraído por aquello que es afín a su estado anímico, de una manera un tanto inconsciente?

Alessandro se sincera en el Muelle y nos confiesa que, en el momento de captar ésta imagen, extrañaba a una extranjera. En su estilo particular define la foto como "la melancolia en su esencia".

Se volvió un extranjero para poder vivir con aquella mujer... ahora su esposa.

Gracias Alessandro por compartir imágenes de tu archivo personal.

Para conocer más de Alessandro y su extranjera,
visita su Bottega Fotografica.

Tio Joe

Arnaccio, Livorno, Italia © 1989. Alessandro Volpi

El Ser Humano

Me siento como el clavadista en La Quebrada de Acapulco, justo en ese momento en el que hace el cálculo de su caída; el viento y la corriente son factores a considerar; toma en cuenta dónde está parado y se imagina dónde va a caer, pero no sabe cómo le va a ir en realidad, o si va a salir bien librado. Tratar de definir a alguien imprevisible propicia esa sensación.

Convivir con él requiere de apertura mental: hay que estar preparado para una bomba verbal en cualquier momento, o la sugerencia de una idea hasta ese momento absolutamente impensada. Para poder describirlo, me veo tentado a usar palabras de nuestra jerga y cedo a la tentación. No podría acercarme a esta verdad si no hago uso de ellas.

Sus auto-descripciones son un reto para aquellos que se jactan de aceptarse verdaderamente así mismos. Para reírse de uno se requiere, obviamente, de sentido del humor, pero para poderlo hacer, debe de haber una aceptación honesta (resignación no significa lo mismo).

Hay muchas anécdotas que me pueden ayudar a esbozar su personalidad.

En una ocasión, un señor maduro, un desconocido, lo detuvo en plena calle. El individuo se disculpa por distraerle de su camino y le felicita por ser tan alegre. Lo felicita por verlo tan contento y silbando en plena calle. Le recuerda que ya no se ve gente así. Fin de la conversación. Ambos siguen sus caminos.

Un oscuro personaje que cruzó nuestras vidas de forma pasajera (de esos que creen que pueden descubrir la totalidad de una persona con tan sólo verla a los ojos quince segundos) me dijo: "ve cómo camina, se nota que es un hombre feliz".

Otra anécdota que me parece muy útil es la de aquella ocasión en la que, para recordarle a las personas que no hay que dejar de sonreír, se puso una nariz de payaso —si, de esas bolas rojas— y estuvo trabajando un viernes con la nariz puesta todo el tiempo: al conducir su camioneta pick up, al visitar clientes, al entrar a su taller, a todos lados. Hace un par de días salió a colación esto y se acordó que aún tiene dos narices guardadas en su casa.

En una ocasión, a principios de los noventa, acordamos hacer unas pláticas los sábados, donde cada uno de los miembros de la oficina contribuiría con un tema que le apasionara y los demás se podrían enriquecer de cada aportación. La primera charla le tocó a él. Recuerdo que llegué 15 minutos después de la hora pactada. Me sorprendió sobremanera encontrarlo hablando solo. Al final, le cuestioné por este detalle, a lo que me respondió: "Pendejo, esto es serio y dijimos una hora. Yo me arranqué a la hora que quedamos". Estuvimos él y yo, creo que Eduardo llegó mas tarde.

En 1993 o 94 (no recuerdo bien) él y Eduardo organizaron unos happenings en el Colegio de Arquitectos y me invitaron a hacerme cargo del aspecto técnico. El evento aún se recuerda: Mexitli, El Ombligo de la Luna.

La presentación abrió con una música introspectiva, en medio de una obscuridad total. De pronto, apareció de frente, desnudo, cubierto por la proyección de la imagen de uno de sus cuadros. Se sentó en el piso y comenzó a declamar. Terminó, dió la espalda y salió de escena. Su papá, personaje digno de un libro de cuentos, había invitado a un grupo de sus amigos conservadores, sin saber cómo es que conocerían a su hijo.

También le gusta pintar. Kandinski, Pollock, son pintores influyentes en él. Su pintura es una aventura personal.

Recuerdo un evento de arte efímero, era la inauguración de la exposición Bichi: una mujer de muy buen cuerpo aceptó su propuesta de posar desnuda, rodeada de bloques de hielo, rosas, clavos y madera. Una escultura que se derritió en minutos.

En otra ocasión, platicábamos con él en la oficina (fuimos socios). Alguien decía que la chica con la que estaba saliendo en aquel entonces era más alta que él. Yo le decía "te saca tanto así", a lo que él me respondió sin aspavientos: "Lo que ella me saca yo se lo meto". Carcajadas interminables.

Todos recuerdan la anécdota de su tarjeta de presentación, donde, debajo de su nombre aparecía su título: Ser humano.

Un libro se podría escribir con sus ocurrencias, pero no sólo esto es lo memorable de su persona. Hay un lado culto y profundo que es pasado por alto, ante la sorpresa que causa su forma tan honesta de ser. Se puede ir a fondo en filosofía, arte, lo que sea. Puede danzar al ritmo de unos tambores o escuchar ópera.

Los que hemos transitado etapas de premura económica sabemos de su generosidad y su altruismo.

Aunque fuimos socios la primera mitad de la década de los noventa, el fracaso económico de aquella aventura no hizo mella en nuestra amistad. Si en los tiempos difíciles se conoce a los amigos, entonces puedo afirmar que le conozco y le he reconocido más veces.

Es controversial para algunos, pero para el que logra convivir cerca de él y tiene la capacidad de ver 15 segundos más allá de su mirada, comenzará a descubrir a una persona que detrás de las bromas posee una sensibilidad muy peculiar y una tolerancia con un umbral muy alto. Alguien que se atreve a ser él mismo, despojarse de las máscaras impuestas por la sociedad (hay que ver “1 Giant Leap”) y ser verdaderamente auténtico. Conozco muchos que intentan imitarlo; vano e inútil.

Diseñó y construyó su casa, de la misma forma que lo hace con su destino. Sabe dónde quiere estar. Sabe que hay un tiempo para exprimir la vitalidad de los años. Está logrando con madurez sortear la etapa de “empresario”, porque sabe que habrá otra etapa para completar los viejos anhelos, los sueños postergados. Encara la vida con humor, porque sabe que en un mundo tan frágil no hay que tomarse tan en serio.

Hay quienes han tenido la fortuna de verlo llorar frente a alguna expresión de belleza, aún así, todos los que le conocen bien y lo recuerdan tienden a sonreír, inevitablemente.


Pp

Edward y Dios

Con este título, que antecede el testimonio que ahora voy a compartir, esbozo dos sonrisas a modo de gratitud y goce espiritual. Una para Milán Kundera que escribió un cuento homónimo, que es el texto del género corto que más he gozado, además de ser el que más me ha revelado sobre como se las gasta el que firmamos con D mayúscula. Y otra para Giorgi (el Tio Joe), que con su “Verdadero Divorcio de Edward” me regaló una verdadera instantánea y matizada visión de mi zuripanta esencia que ahora se que abarca mucho más que correrías nocturnas; ya que es en si toda una apuesta por ser el actor vivo de mi propia trascendencia. Y aquí me tiene en este promiscuo muelle, abriéndome y dejando que me lleguen y entrando en otros…(que rico), al fin como dice el poeta, antes mucho antes de todo lo creado, ya éramos…pues a darle:

Todo este preámbulo para soltar amarras de una historia-testimonio, con ese dual sentido de dar validez a un hecho, a la par que se comparte una revelación. Y como en toda revelación Dios es el que participa — para los que creemos en él, o al menos, encuadramos el concepto en esa categoría, como dirían los semióticos — esta es la historia de un encuentro con Dios.

El se vale de métodos extraños, pero generalmente de las conciencias más puras. Fue así como un día, domingo por cierto, en que estaba literalmente destrozado — más que eso: cansado de darle vueltas al molino de la vida, pasando una vez y otra la misma película en la que después de haberme hecho un harakiri público, de esos que duelen más porque en lugar de espantarse los espectadores se cagan literalmente de la risa del pobre diablo que se incendia delante de todos, por culpas y causas que no le corresponden — fue así, caminando de la mano con mi pequeña Carolina por el centro de Xalapita la bella, rumbo a una función de teatro infantil, cuando de repente, al pasar por el templo expiatorio, ella me jaló hacia el interior del pasillo central del recinto, con una determinación que sólo puede existir en quien sabe realmente lo que necesitas, aunque lo ignores.

Acudieron a mi una mezcla de sensaciones muy extrañas: sorpresa, miedo, y hasta vergüenza, ¿Qué chingados hacia yo ahí y cómo era que Caro me había metido, si en 5 años la única vez que la había llevado a una iglesia fue para casarme con su mamá? pensé. Lo único que alcancé a balbucearle fue un “¿Por qué Caro?”. Y ella con la transparencia de sus ojitos rasgados, por los que se filtran las luces invisibles de la picardía celestial, respondió con la impecabilidad propia de los niños, que no han superado los filósofos: “Se me antojó”.

La respuesta a mi pregunta vino muy pronto… apenas terminó Caro de contestarme y encoger sus hombritos como rúbrica de sabia inocencia, cuando, jalado por una presencia que venía de lo alto, levanté la vista: Encontré un Cristo sobrio que desde una gran altura dominaba la escena en una soledad absoluta, ya que, curiosamente, la iglesia estaba vacía. Nunca había tenido una sensación como aquella ni en mis años de niño que me “llevaban” a la Iglesia; El Cristo literalmente me miraba...sacudí la cabeza como para acomodar el campo visual interior que se asume alterado y justo cuando me disponía mecánicamente a persignarme para salir- en cierta medida huyendo- escuché, si, literalmente escuché, una voz que me decía con fuerza, y al mismo tiempo con cierta camaradería:

“Siéntate Cabrón”

No lo podía creer; en realidad estaba escuchando por primera vez en mi vida que Dios, en la figura de Jesús, el de Galilea, me hablaba, y peor aún, me puteaba…

Pasmado obedecí. Caro, cómplice sin saberlo de aquello, hacía lo propio a mi lado, mientras pensaba “Dios me habla y me putea”... antes de terminar el “tea” volví a escuchar: “Si, te puteo, y ¿que tiene de extraño que lo haga? ¿No hablas tu así?, ¿Por qué chingados no te puedo hablar yo como tu lo haces?”


Y la conversación, podría decir que un Dios muy jarocho a riesgo de ser localista, prosiguió más o menos así:

- “¿Y.. por qué me hablas?”

- “Por que ya quiero que dejes de hacerte pendejo”

- “¿Peeenndejo?”

El asombro ya no podía ser mayor; las palabras o el pensamiento se atoraban en mi mente o cuerpo o alma, o en las tres.

Entonces, respondió con una absoluta natural autoridad que ostenta sin ninguna violencia ya que el ha creado todo, hasta las groserías para buenos propósitos (que no siempre las usemos así, ya es otra historia )

- “Si pendejo”

- “¿Cómo?”

- “Mira, yo te creé para que ejerzas los dones que te di, para que seas quien eres: ¿Haz visto un corcel actuando de perico?, o ¿Un león cavando pozos para esconderse?”

“Te puse en el mundo para que brilles, para que con tu luz otros se sientan bien, tienes ese don, le sirves de inspiración a mucha gente, ven en ti una esperanza, devuelves a muchos la fe en la vida, y les haces ver que hay un buen motivo de vivir…”

Y continuó:

“Por eso te digo: Ya deja de hacerte pendejo y suelta tus dones al servicio de los demás, tienes brillo que ayuda a que otros brillen, ya necesito que te dejes de chingaderas, que dejes de estar decaído y dejes de hacerte el mártir que tiene que rescatar a la humanidad entera para luego padecerlo. Deja a cada quién con lo que le toca y simplemente: Se.”


La sensación que me llegó entonces era de un absoluto miedo…

“El, que todo lo ve, continuó: Deja de temer, le temes a tu ego... es cierto que suele ser grande y como tiene muchas necesidades no cubiertas y arrastra frustraciones, estas confundido: Hazme caso, sé lo que te digo, te necesito en el mundo para lo que te creé, necesito tu brillo y luz, entonces estarás sanado de todo lo que hoy te causa dolor....”

Y así, de golpe como habló de repente calló....para no hablar más. Después comprendí que lo haría, como lo ha hecho siempre, por otros medios, y que sólo recurre a medidas extremas, cuando de plano ve que para ciertas conciencias duras o más bien necias no queda otro camino.

He de comentar que la experiencia lejos de parecerme absurda me dejó una sensación de agrado, de proximidad con la fuerza superior, que, lejos de intimidarme, me hizo sonreír y volver, con muchas dificultades, a establecer una relación con Dios.

Los materiales, mensajes y señales que por diversos motivos han llegado a mí desde ese día confirmaron esa sensación. Hoy me queda claro que Dios no quiere seguidores ni “fieles” en el sentido de obediencia ciega, quiere amigos, socios, colaboradores, y que esa tarea sólo se logra estableciendo una relación con él; y toda relación, especialmente la amistad, tiene conflicto, lucha, acuerdo, búsqueda, confrontación. Por eso ahora entiendo también que El quiere a los que le gritan, se pelean y le increpan, o hasta lo cuestionan e ignoran, pero siguen creyendo en su poder sobre nosotros, ya que en realidad nos necesitamos ambos, creador y criaturas para colaborar en la evolución del universo hacia la realización del amor como energía suprema, que servirá para la creación quizá, del pleno universo (eso que muchos llaman paraíso). La historia del Cristianismo, por tomar nuestro referente cultural, está lleno de “renegados de Dios”, Abraham, Job, Agustín de Hipona, Ignacio de Loyola, David, el Rey, (que fue el que más se decía su amigo) hasta su descendiente Jesús, en algún momento le reclamaron algo, pero nunca dejaron en su interior de reconocer su poder, y sabiduría para mostrarnos nuestro propósito en el mundo y así poder colaborar con El en el gran propósito.

Termino compartiendo que el epílogo de esta historia-testimonio, es que aquí estoy con todos los conflictos, dudas y confusiones del mundo; batallando día a día, pero construyendo una relación con El. Aprendiendo que lo que antes creí que más nos alejaba, es en realidad lo que más nos aproxima… y sobre todo dejando fluir la energía del universo, para realizar aquí, en la gran pasión que es la vida, mi tarea, y ser conforme a lo que fui creado: alguien que aporta a los demás, que esa en si es la única encomienda....

Moraleja: Dios se vale de los niños, habla por su alma pura, escuchémosle ahí.

Xalapita, y a veces Xalaputa ( que ya nos antecede en el reino de los cielos) la bella, Veracruz a 28 de septiembre de 2004

Zuripanto


La utilidad de las cosas inútiles

Conforme transcurren los años se nos vuelve más y más difícil el poder asignar un valor cualquiera a aquella actividad que no redunde en algún tipo de resultado económico.

De pronto, descubrimos al hombre máquina viviendo el día, pero no un glorioso “carpe diem”, derritiéndolo en la boca para prolongar el sabor, sino más bien librando el día, cumpliendo la agenda, llevando a los niños a la escuela, pagando las tarjetas, visitando a los clientes, resolviendo un problema, comprando un vestido, escuchando el noticiero, arrancando penosamente el día del calendario y eventualmente bajándose los calzones antes de dormir (esto si niños y astros lo permiten).

Así entonces, propongo un ejercicio para quienes salimos de Mazatlán:

Imaginémonos, sentados en la fonda Santa Clara, viendo pasar carros con la misma prisa que llevan las gaviotas al vuelo. Y como las gaviotas, casi me atrevería a decir sin rumbo, una mirada vaga al frente delata un cielo rasgado en tonos naranja, atraído por un sifón mas allá del horizonte. Es esta la misma fuerza que atrae nuestros pensamientos a un punto aún por definir. No falta mucho para el ocaso y, quienes hemos estado ahí, sabemos que es momento de visitar nuestra intimidad más acendrada, para dar oportunidad a que cerveza y sonido de mar trabajen juntos entumeciendo extremidades y conciencia.

Existen cientos de formas de recordarnos que somos siempre más de lo que rebota del espejo en un momento determinado, que hay vida después de la rutina, y que, finalmente, la rutina es una decisión personal. La oportunidad de volvernos a ver en Diciembre no es otra cosa que una fogata en la playa, una invocación, un ritual de vida, porque aunque por momentos no lo parezca, es una realidad, ¡estamos vivos! Este tipo de reencuentros son, en primera instancia, con nuestros amigos (por lo general, los más íntimos) pero más importante, con nosotros mismos; con esos yoes despreocupados de diecisiete o dieciocho años; con los guerreros del “carpe diem” ante cuyos invisibles escudos de valemadrismo (triste el de la mujer maravilla) se hacia añicos cualquier tipo de mandato divino o terreno; son reencuentros con los sueños que hemos dejado descansar (que no morir) entre tibias sábanas de días sin pena ni gloria; son maravillosos reencuentros con la utilidad de las cosas inútiles.

Su amigo
J.C.Pelayo



Frente a la "Fonda Santa Clara".
Cortesía de Andrés Rentería (Creativa-Mente) Mazatlán, Sin. 2004.




No ser…

Me he quedado sólo, vacío, partido
queda sólo una grieta donde habitaban luciérnagas

y arrastro dormido la última utopía

La carne se me secó de ser arada
sin recibir semilla

los surcos son ahora pozos
sin polea
donde mueren los excesos
no vividos
como agua subterránea
que a mayor deseo de ser bebida
se vuelve más inalcanzable

Así, abro una y otra, y otra vez
las puertas del anden que no he de cruzar
y me convierto en el pasajero que nunca aborda
su destino

Mi nombre es indecisión y punto muerto
y mi esencia vivir la paradoja
de no ser
al no ir ni quedarme, en ningún sitio
sólo por la necedad de oponerme
a toda fuerza
que no sea la de una gravedad ausente de peso y contenido

que sin embargo me habita y me sostiene

Vanidad de probar al límite las reservas
y la paciencia
de un Dios que tolera demasiado

aún a quien no le tolera suficiente


Lo cierto es que siempre veo otra hora en los relojes
y me quedo detenido en una fecha inexistente
donde los días no tienen que llegar a cumplir el holocausto
de una sentencia encadenada

sin que nada se complete

Así construyo este absurdo cosmos
de ironías
en el que me erijo rey de mi propio territorio
aunque sea un reino hueco y desolado

Corte donde la muerte no tiene compromisos
y se burla al ver la inutilidad de su oficio
dejando al verdugo por un bufón imaginario
de un trono sin palacio

ya que no se mata lo ya extinto

y no se da la vida donde ya se ha ido

la propia existencia….en un, no ser

impenetrable.



Zuripanto
"Más que un poema es un desahogo compartido
de una realidad experimentada, o... ya ni se".



La Nave



Alessandro creció junto al mediterráneo y su vínculo con el mar me hace recordar que aquellos que crecemos junto a él, de alguna u otra forma, quedamos marcados (El poeta español Rafael Alberti describe muy bien ese sentimiento en "Marinero en tierra").

Acabamos de charlar por teléfono y le he preguntado sobre esta fotografía. De nuevo nos remitimos al mar y la diversidad de significados que entraña. El mar como enlace. Se ha reconectado con su historia: "Es el único lugar donde puedo pensar ciertas cosas…Es mi religión" Me llamó la atención que lo definiera como religión, pero tiene sentido. Religa los recuerdos, sensaciones e historia de esa relación casi ritual. Es un lugar de comunión e introspección.

Trabaja en el silencio. Es riguroso y serio con su trabajo. Cuando se involucra en un proyecto es a morir. Podría decir, sin temor a equivocarme, que es de lo mejor en Guadalajara. Y una cosa se puede esperar cuando se le pide una opinión: siempre dirá lo que piensa, tal cual, sin cortapisa.


Tio Joe


La Nave. Livorno, Italia © 1999. Alessandro Volpi.


El Sibarita

El guía perfecto para disfrutar la ciudad. En cierta forma, podría decir que la idea de disfrutar de las cosas que la vida ofrece parecía ser el motor principal de sus acciones, por lo que estar cerca de él se convertía en una experiencia citadina muy agradable. Si el lugar o la atmósfera no eran de su agrado, no tardaba más de 5 minutos en reubicar su humanidad en uno distinto, para realinear las cosas y estar mas cerca del placer. Por lo mismo, no era extraño que en medio de una plática se le escuchara decir con total desfachatez "ya me aburriste" y, acto seguido, marcharse. En un principio su frase no me parecía en lo más mínimo graciosa, pero terminé por aceptar que era una parte de su emotiva personalidad.

Cuando su "home office" estaba en actividad, el teléfono no dejaba de sonar y cada llamada traía consigo algún tipo de consulta: Desde a dónde ir a comer, hasta en qué lugar se podían encontrar mejores precios para un papel. El tipo es una guía perfecta para conocer y aprovechar Guadalajara. Varias veces discutimos seriamente la idea de que dirigiera un negocio turístico.

Tolera todo tipo de música, pero se siente como pez en el agua cuando esta rodeado de una atmósfera mas cálida y latina. La música cubana, los "tablaos", un buen trío, lo ponen en su mejor frecuencia para una charla y para mover "el bote" de la manera rítmica en que lo hace.

Un día estaba yo bastante harto del trabajo y en eso me telefoneó:

- ¿Qué onda, compadre?
- Nada, aquí nomás.... hasta el gorro.
- Ahorita paso por usted. ¿Que onda, unas cervezas?
- Ya estas.

Cuando llegó, mi mujer contestó el interfon. Dice mi compadre que viene por ti para llevarte a un "table". Nos reímos porque siempre es ocurrente y dicharachero. Minutos mas tarde él y yo estábamos en un "table dance". Para amenizar escogió la mesa que estaba frente a uno de los tubos. Nos sentamos, pedimos unas modelos (que quede claro que eran unas cervezas) y comenzamos a platicar en lo que reconocíamos la atmósfera que, ciertamente, no podría haber sido catalogada como sórdida. Bien decía que era "un teibol muy calmado".

El momento de la verdad: La mujer se acerca al tubo y yo me siento incómodo. Mi compadre voltea coquetón y le da su repasada a la fulana con la sonrisa de un niño con juguete nuevo. Yo, como vil principiante, esquivo las miradas y, por increíble que parezca la confesión, no volteo a ver el aparador. Más tarde, la estrella de la noche, "Palestina", nos enseñó lo que es manejar el negocio. Literalmente nos puso una bailada. Nos hizo ver que ni la timidez puede mantenerlo a uno abstraído cuando la feminidad se maneja con soltura. La tía tenía muchos kilómetros de carretera a pesar de su juventud. Tres bailarinas, tres cervezas y de vuelta a casa. Suficiente para diluir la densidad de aquel día.

El viejo departamento — en el mítico edificio de la calle Nelson —, donde vivía, tenía todo. Mi mujer y yo lo ayudamos a pintar el área de la sala, cuyo punto focal era una lámpara garigoleada que él mismo diseñó y armó con la ayuda de otro buen amigo mutuo: “Mr. Humboldt”. Había en la pared un cuadro de gran formato con una figura hecha de papel amate junto con varios cuadros de su amiga Lucía Maya, Fors y otros más. Tenía dos recámaras; estas con acceso a una terraza que las unía por el exterior y daba vista hacia la calle arbolada. En esa terraza había un artefacto para alimentar colibríes, unas sillas de plástico muy cómodas (mismas que heredé). En uno de los cuartos estaba su oficina, en el otro, su recámara con una cama muy cómoda para echarse a ver una televisión Sony de 29”. Casi todas las tardes acostumbraba darme la vuelta a tomar café y dedicar un prolongado rato a las disertaciones sobre la vida, mientras veíamos a la gente pasar o disfrutábamos el espectáculo de un buen aguacero, de esos que caen aquí en Guadalajara. En esos "piensos" comenzó a fraguarse su partida.

Los fines de semana eran básicos en nuestra amistad. Visita a algún lugar, por simple que este fuera. Podíamos ir a una exposición o subirnos a "Los Arcos" de Vallarta, simplemente para tener otra vista de la ciudad. Mis hijos también nos acompañaban en muchas de estas pequeñas aventuras urbanas. Mas tarde, unas "heladas" en algún bar o, si la economía estaba limitada, aquí en mi departamento, alternando en algunas ocasiones con la azotea.

Estaban, también, las caminatas por la ciudad. "Vámonos a caminar, para donde sople el viento". Domingo de pizza o sábado de enfrijoladas. En el peor de los casos era irnos a ver revistas al Sanborns (siempre caminando). Mi status de casado y con hijos jamás fue limitante para convivir con el soltero sin ataduras. El 90% de los restaurantes que conozco aquí los conocí en su compañía. Cómo disfruta el buen comer; se detiene en cada bocado para descifrar los ingredientes.

Por difícil que resultaba creerlo, un buen día – de Febrero, para ser más preciso –, dejó Guadalajara para irse a Santiago Ixcuintla, Nayarit. Desde allí pretendía rehacer su vida, después de años de exprimir la ciudad al máximo, consiguiendo mucha experiencia pero poca plata. La gran mayoría de sus amigos decían que no iba a durar mucho allá. Un "pata de perro" como él no podría sobrevivir un pueblo como Santiago, y menos con el calor que allí hace. El "abrigo de pelos" que le cubre su cuerpo no es precisamente lo ideal para aquellas latitudes (Cuando dice que no tiene pelos en la lengua no se equivoca, es el único lugar donde no tiene... bueno, y en una porción de la frente).

Tenía menos de un año en Santiago cuando se largó mes y medio a Europa. Así le cambió el panorama. La gran ciudad no le pudo dar esa vieja ilusión; el pueblo de la infancia le pagó rápido su fidelidad al hijo pródigo. No se podrá tener todo en la vida, pero por lo menos si calidad de vida (casi nada), aunque el precio sea aburrirse un poco, de vez en cuando.

Ya esta entrando en su tercer año allá y la vida es muy distinta a la que llevaba aquí. "Oiga, usted no para en todo el santo día", le dijo un taxista. Atiende su negocio familiar, al que le ha dado una nueva cara; da clases en una universidad tecnológica, se duerme y se levanta temprano. Todo lo contrario a su vida citadina.

Cuando se marchó, pasé tres semanas en adaptarme. La verdad es que su amistad se había convertido en una de las pocas que tengo en esta ciudad. Su ausencia dejó un vacío que tardé días en reconocer. Tres semanas transcurrieron hasta que me di cuenta de algo: Mi compadre (padrino de mi hijo Andrés) era el único de mis amigos que me buscaba a diario, y ese aprecio era bien correspondido: su teléfono era el número 1 en nuestra lista del servicio medido.

Fue el primer amigo que tuvo mi mujer en la universidad, cuando ella estaba recién desempacada de su querido Acapulco. Y fue a través de ella que nuestras vidas terminarían por coincidir repetidamente hasta que esa familiaridad se convertiría en una amistad. Al autodefinirse él mismo deja un espacio que cada quien llenaría diferente, porque no es monedita de oro, pero eso poco importa, pues, "después de belleza, arrogancia y simpatía..." queda el entrañable sibarita, el de las carcajadas tan fuertes como las mías. Mi vecina del 19 seguido nos decía a mi mujer y a mi: “cada vez que los oigo reír me dan ganas de gritarles ¡inviten!”.

Tio Joe



Las Palabras

Las palabras
a veces
muchas veces
me acorralan
y camino entre ellas
como en un campo minado

Trato de salvarme.

Pero a veces
muchas veces
es inútil
estallo con ellas,
la pirotecnia es maldita
me convierte en su vacío
de luces y colores
sin espejo

sirenas astutas cantan con mi voz
un canto
hueco.

Pero otras veces
pocas, muy pocas
ellas se van, parten

y encuentro el silencio
justo, medido
la pausa del sinfín
en la rueca de los días.

Y entonces, sólo entonces
las palabras caen a tierra
se desploman
dejan de estallar
no dan forma
no deforman

sólo entonces se dejan
y me dejan

ser

Zuripanto

El Verdadero Divorcio de Edward

Cuando le conocí me percaté, casi de inmediato, que las letras eran parte de su expresión personal innata. Me tocó, en aquellos tiempos, ver como se envolvía en ellas y se dejaba caer en el abismo infinito de la expresión, acentuando ese extraño enigma de la única e irrepetible individualidad del ser.

Formaba parte de un grupo literario y se daba el gusto de ser él mismo y dejarse seducir por las musas, que siempre le han cortejado.

Ya, en alguna ocasión, le hice saber mi personal percepción sobre su talento de escritor, en una etapa en la que, a mi parecer, estaba dejando de lado ese don, por darse la oportunidad de regodearse y experimentar otras facetas de las artes.

De él no me podría extrañar nada. Nada. Ni aún imaginando que pudiera intentar sorprendernos algún dia con la idea más descabellada sobre su vida sexual, o idea política, o alguna extraña expedición chamánica personal. Su esencia es así: espiritual, sutíl, inquieta, guerrera, tolerante, abierta, sincera. Suelo decir que es un alma muy grande, disfrazada con el cuerpo de un vikingo moderno. El término tan en boga de metrosexual se resquebraja absolutamente frente a él —quedando como un insulso adjetivo de orden cosmético—, al lado de la sensibilidad que le caracteriza y detrás de esa apariencia exótica de macho libanés importado.

Con él no se pueden sacar conclusiones; se aprende que hablar y tratar de definir a una persona de esas características en su ausencia es un ejercicio banal e inútil. El cambio y la evolución son características que no le abandonan. Es el mismo siempre, y no lo es. Aquello de la espiral ascendente podría ser una buena gráfica para tratar de dilucidar lo que sucede: verlo desde abajo es ver la espiral en una sola dimensión; verlo a la distancia es ver que es tridimensional y ascendente.

Pedirle hablar de algo implica traer tanque y visor; el snorckel no es suficiente. Invariablemente, se irá a las profundidades, porque solo allí encuentra algo que pueda explicar la superficie y le deje conforme.

Lo último que supe de él —por boca de otra persona—, fué muy chistoso. "Ayer pasé por un bar y lo ví besándose con dos viejas al mismo tiempo... es un descarado el cabrón". Es cierto, es descarado: se ha quitado las máscaras del actor, desde hace tiempo, para ser él mismo (como Alberto describe en "El Actor", aquí abajo). Podrá sentirse frío al andar con esa desnudez por la vida, pero definitivamente es mas cómodo para él.

Lo único que no logro comprender, a estas alturas, es por qué le sigue siendo infiel a Erato. Son muchos años de despreciarla. Siempre he creido que hay algo entre los dos, pero quizá he estado equivocado todos estos años. Su indiferencia hacia la musa me hace reconsiderar mis cavilaciones inútiles: si hubiera algo, no podría continuar un dia más con esta infidelidad, nada podría contenerlo de darse una escapadita para verse con ella a escondidas todos los días, en algún lugar secreto, donde ambos se diesen el placer de intercambiar, desenfrenadamente, sus afectos.

Tio Joe

Ancla Han Hai

En algún lugar, sobre la costa del Mar de Cortés, hay alguien que ve con especial escrutinio su entorno. No importa si es una idea o una imagen. Su lente, igual que su pensamiento, ven más allá de lo evidente.

Ancla Han Hai © 2002 Alberto Tirado

Muelle 66

Un golpe de viento fresco
frente al mar.

Sin sentirlos,
y aún así saber que están.

Sin pensarlos,
para poder pensar.


JC Pelayo

(Gracias Negro, por saltar al agua primero)



Un segundo embarque...

¿Por qué laceras
mi vientre para salir?
¿Por qué no brotas de mí
como júbilo o lamento?
Amárrate a mis costillas,
imposta mi imagen
con un mínimo de respeto.
Deja de penetrar
con ánimo de partirme en dos,
y aprópiate de mí
para hacer uno
tu silueta y mi silencio.
Soy tierra
para hacerte más completo,
para que te veneres en mi espejo
mudando de piel
cuando llegue el momento.
Para que disfrutes tranquilo
el instante de tu muerte,
y empieces a beber conmigo
el vino de los tiempos.


JC Pelayo



Nos vemos en el calderón

En la música siempre es grato descubrir algo que para uno resulta una novedad, aunque luego de la euforia te des cuenta que al Titanic ya lo encontraron hace años. Meshell Ndegeocello tiene rato circulando, pero me importa poco ser el último en enterarme. Para mí es como si hubiera salido ayer. Su album "Comfort Woman" son de esas sorpresas que siempre vienen bien. La desfachatosa "Come Smoke my Herb", es una rola definitivamente recomendable para estimular los sentidos sin la necesidad de ser un fumador. La melodía, la voz y el sutil bajo, que da la cadencia a la pieza, se encargarán de generar el efecto necesario, sin recurrir a ayudas externas. Definitivamente se pasa el antidoping después de haberla escuchado.

De su disco "Bitter" está el track "Beautiful". Nostalgia, melancolía, para soltar el cuerpo y dejarse arropar por el sentimiento musical de esta mujer (para sentarse en el muelle, leer un poco y ver el atardecer).

Meshell Ndegeocello

Tio Joe