La utilidad de las cosas inútiles

Conforme transcurren los años se nos vuelve más y más difícil el poder asignar un valor cualquiera a aquella actividad que no redunde en algún tipo de resultado económico.

De pronto, descubrimos al hombre máquina viviendo el día, pero no un glorioso “carpe diem”, derritiéndolo en la boca para prolongar el sabor, sino más bien librando el día, cumpliendo la agenda, llevando a los niños a la escuela, pagando las tarjetas, visitando a los clientes, resolviendo un problema, comprando un vestido, escuchando el noticiero, arrancando penosamente el día del calendario y eventualmente bajándose los calzones antes de dormir (esto si niños y astros lo permiten).

Así entonces, propongo un ejercicio para quienes salimos de Mazatlán:

Imaginémonos, sentados en la fonda Santa Clara, viendo pasar carros con la misma prisa que llevan las gaviotas al vuelo. Y como las gaviotas, casi me atrevería a decir sin rumbo, una mirada vaga al frente delata un cielo rasgado en tonos naranja, atraído por un sifón mas allá del horizonte. Es esta la misma fuerza que atrae nuestros pensamientos a un punto aún por definir. No falta mucho para el ocaso y, quienes hemos estado ahí, sabemos que es momento de visitar nuestra intimidad más acendrada, para dar oportunidad a que cerveza y sonido de mar trabajen juntos entumeciendo extremidades y conciencia.

Existen cientos de formas de recordarnos que somos siempre más de lo que rebota del espejo en un momento determinado, que hay vida después de la rutina, y que, finalmente, la rutina es una decisión personal. La oportunidad de volvernos a ver en Diciembre no es otra cosa que una fogata en la playa, una invocación, un ritual de vida, porque aunque por momentos no lo parezca, es una realidad, ¡estamos vivos! Este tipo de reencuentros son, en primera instancia, con nuestros amigos (por lo general, los más íntimos) pero más importante, con nosotros mismos; con esos yoes despreocupados de diecisiete o dieciocho años; con los guerreros del “carpe diem” ante cuyos invisibles escudos de valemadrismo (triste el de la mujer maravilla) se hacia añicos cualquier tipo de mandato divino o terreno; son reencuentros con los sueños que hemos dejado descansar (que no morir) entre tibias sábanas de días sin pena ni gloria; son maravillosos reencuentros con la utilidad de las cosas inútiles.

Su amigo
J.C.Pelayo



Frente a la "Fonda Santa Clara".
Cortesía de Andrés Rentería (Creativa-Mente) Mazatlán, Sin. 2004.




No ser…

Me he quedado sólo, vacío, partido
queda sólo una grieta donde habitaban luciérnagas

y arrastro dormido la última utopía

La carne se me secó de ser arada
sin recibir semilla

los surcos son ahora pozos
sin polea
donde mueren los excesos
no vividos
como agua subterránea
que a mayor deseo de ser bebida
se vuelve más inalcanzable

Así, abro una y otra, y otra vez
las puertas del anden que no he de cruzar
y me convierto en el pasajero que nunca aborda
su destino

Mi nombre es indecisión y punto muerto
y mi esencia vivir la paradoja
de no ser
al no ir ni quedarme, en ningún sitio
sólo por la necedad de oponerme
a toda fuerza
que no sea la de una gravedad ausente de peso y contenido

que sin embargo me habita y me sostiene

Vanidad de probar al límite las reservas
y la paciencia
de un Dios que tolera demasiado

aún a quien no le tolera suficiente


Lo cierto es que siempre veo otra hora en los relojes
y me quedo detenido en una fecha inexistente
donde los días no tienen que llegar a cumplir el holocausto
de una sentencia encadenada

sin que nada se complete

Así construyo este absurdo cosmos
de ironías
en el que me erijo rey de mi propio territorio
aunque sea un reino hueco y desolado

Corte donde la muerte no tiene compromisos
y se burla al ver la inutilidad de su oficio
dejando al verdugo por un bufón imaginario
de un trono sin palacio

ya que no se mata lo ya extinto

y no se da la vida donde ya se ha ido

la propia existencia….en un, no ser

impenetrable.



Zuripanto
"Más que un poema es un desahogo compartido
de una realidad experimentada, o... ya ni se".



La Nave



Alessandro creció junto al mediterráneo y su vínculo con el mar me hace recordar que aquellos que crecemos junto a él, de alguna u otra forma, quedamos marcados (El poeta español Rafael Alberti describe muy bien ese sentimiento en "Marinero en tierra").

Acabamos de charlar por teléfono y le he preguntado sobre esta fotografía. De nuevo nos remitimos al mar y la diversidad de significados que entraña. El mar como enlace. Se ha reconectado con su historia: "Es el único lugar donde puedo pensar ciertas cosas…Es mi religión" Me llamó la atención que lo definiera como religión, pero tiene sentido. Religa los recuerdos, sensaciones e historia de esa relación casi ritual. Es un lugar de comunión e introspección.

Trabaja en el silencio. Es riguroso y serio con su trabajo. Cuando se involucra en un proyecto es a morir. Podría decir, sin temor a equivocarme, que es de lo mejor en Guadalajara. Y una cosa se puede esperar cuando se le pide una opinión: siempre dirá lo que piensa, tal cual, sin cortapisa.


Tio Joe


La Nave. Livorno, Italia © 1999. Alessandro Volpi.


El Sibarita

El guía perfecto para disfrutar la ciudad. En cierta forma, podría decir que la idea de disfrutar de las cosas que la vida ofrece parecía ser el motor principal de sus acciones, por lo que estar cerca de él se convertía en una experiencia citadina muy agradable. Si el lugar o la atmósfera no eran de su agrado, no tardaba más de 5 minutos en reubicar su humanidad en uno distinto, para realinear las cosas y estar mas cerca del placer. Por lo mismo, no era extraño que en medio de una plática se le escuchara decir con total desfachatez "ya me aburriste" y, acto seguido, marcharse. En un principio su frase no me parecía en lo más mínimo graciosa, pero terminé por aceptar que era una parte de su emotiva personalidad.

Cuando su "home office" estaba en actividad, el teléfono no dejaba de sonar y cada llamada traía consigo algún tipo de consulta: Desde a dónde ir a comer, hasta en qué lugar se podían encontrar mejores precios para un papel. El tipo es una guía perfecta para conocer y aprovechar Guadalajara. Varias veces discutimos seriamente la idea de que dirigiera un negocio turístico.

Tolera todo tipo de música, pero se siente como pez en el agua cuando esta rodeado de una atmósfera mas cálida y latina. La música cubana, los "tablaos", un buen trío, lo ponen en su mejor frecuencia para una charla y para mover "el bote" de la manera rítmica en que lo hace.

Un día estaba yo bastante harto del trabajo y en eso me telefoneó:

- ¿Qué onda, compadre?
- Nada, aquí nomás.... hasta el gorro.
- Ahorita paso por usted. ¿Que onda, unas cervezas?
- Ya estas.

Cuando llegó, mi mujer contestó el interfon. Dice mi compadre que viene por ti para llevarte a un "table". Nos reímos porque siempre es ocurrente y dicharachero. Minutos mas tarde él y yo estábamos en un "table dance". Para amenizar escogió la mesa que estaba frente a uno de los tubos. Nos sentamos, pedimos unas modelos (que quede claro que eran unas cervezas) y comenzamos a platicar en lo que reconocíamos la atmósfera que, ciertamente, no podría haber sido catalogada como sórdida. Bien decía que era "un teibol muy calmado".

El momento de la verdad: La mujer se acerca al tubo y yo me siento incómodo. Mi compadre voltea coquetón y le da su repasada a la fulana con la sonrisa de un niño con juguete nuevo. Yo, como vil principiante, esquivo las miradas y, por increíble que parezca la confesión, no volteo a ver el aparador. Más tarde, la estrella de la noche, "Palestina", nos enseñó lo que es manejar el negocio. Literalmente nos puso una bailada. Nos hizo ver que ni la timidez puede mantenerlo a uno abstraído cuando la feminidad se maneja con soltura. La tía tenía muchos kilómetros de carretera a pesar de su juventud. Tres bailarinas, tres cervezas y de vuelta a casa. Suficiente para diluir la densidad de aquel día.

El viejo departamento — en el mítico edificio de la calle Nelson —, donde vivía, tenía todo. Mi mujer y yo lo ayudamos a pintar el área de la sala, cuyo punto focal era una lámpara garigoleada que él mismo diseñó y armó con la ayuda de otro buen amigo mutuo: “Mr. Humboldt”. Había en la pared un cuadro de gran formato con una figura hecha de papel amate junto con varios cuadros de su amiga Lucía Maya, Fors y otros más. Tenía dos recámaras; estas con acceso a una terraza que las unía por el exterior y daba vista hacia la calle arbolada. En esa terraza había un artefacto para alimentar colibríes, unas sillas de plástico muy cómodas (mismas que heredé). En uno de los cuartos estaba su oficina, en el otro, su recámara con una cama muy cómoda para echarse a ver una televisión Sony de 29”. Casi todas las tardes acostumbraba darme la vuelta a tomar café y dedicar un prolongado rato a las disertaciones sobre la vida, mientras veíamos a la gente pasar o disfrutábamos el espectáculo de un buen aguacero, de esos que caen aquí en Guadalajara. En esos "piensos" comenzó a fraguarse su partida.

Los fines de semana eran básicos en nuestra amistad. Visita a algún lugar, por simple que este fuera. Podíamos ir a una exposición o subirnos a "Los Arcos" de Vallarta, simplemente para tener otra vista de la ciudad. Mis hijos también nos acompañaban en muchas de estas pequeñas aventuras urbanas. Mas tarde, unas "heladas" en algún bar o, si la economía estaba limitada, aquí en mi departamento, alternando en algunas ocasiones con la azotea.

Estaban, también, las caminatas por la ciudad. "Vámonos a caminar, para donde sople el viento". Domingo de pizza o sábado de enfrijoladas. En el peor de los casos era irnos a ver revistas al Sanborns (siempre caminando). Mi status de casado y con hijos jamás fue limitante para convivir con el soltero sin ataduras. El 90% de los restaurantes que conozco aquí los conocí en su compañía. Cómo disfruta el buen comer; se detiene en cada bocado para descifrar los ingredientes.

Por difícil que resultaba creerlo, un buen día – de Febrero, para ser más preciso –, dejó Guadalajara para irse a Santiago Ixcuintla, Nayarit. Desde allí pretendía rehacer su vida, después de años de exprimir la ciudad al máximo, consiguiendo mucha experiencia pero poca plata. La gran mayoría de sus amigos decían que no iba a durar mucho allá. Un "pata de perro" como él no podría sobrevivir un pueblo como Santiago, y menos con el calor que allí hace. El "abrigo de pelos" que le cubre su cuerpo no es precisamente lo ideal para aquellas latitudes (Cuando dice que no tiene pelos en la lengua no se equivoca, es el único lugar donde no tiene... bueno, y en una porción de la frente).

Tenía menos de un año en Santiago cuando se largó mes y medio a Europa. Así le cambió el panorama. La gran ciudad no le pudo dar esa vieja ilusión; el pueblo de la infancia le pagó rápido su fidelidad al hijo pródigo. No se podrá tener todo en la vida, pero por lo menos si calidad de vida (casi nada), aunque el precio sea aburrirse un poco, de vez en cuando.

Ya esta entrando en su tercer año allá y la vida es muy distinta a la que llevaba aquí. "Oiga, usted no para en todo el santo día", le dijo un taxista. Atiende su negocio familiar, al que le ha dado una nueva cara; da clases en una universidad tecnológica, se duerme y se levanta temprano. Todo lo contrario a su vida citadina.

Cuando se marchó, pasé tres semanas en adaptarme. La verdad es que su amistad se había convertido en una de las pocas que tengo en esta ciudad. Su ausencia dejó un vacío que tardé días en reconocer. Tres semanas transcurrieron hasta que me di cuenta de algo: Mi compadre (padrino de mi hijo Andrés) era el único de mis amigos que me buscaba a diario, y ese aprecio era bien correspondido: su teléfono era el número 1 en nuestra lista del servicio medido.

Fue el primer amigo que tuvo mi mujer en la universidad, cuando ella estaba recién desempacada de su querido Acapulco. Y fue a través de ella que nuestras vidas terminarían por coincidir repetidamente hasta que esa familiaridad se convertiría en una amistad. Al autodefinirse él mismo deja un espacio que cada quien llenaría diferente, porque no es monedita de oro, pero eso poco importa, pues, "después de belleza, arrogancia y simpatía..." queda el entrañable sibarita, el de las carcajadas tan fuertes como las mías. Mi vecina del 19 seguido nos decía a mi mujer y a mi: “cada vez que los oigo reír me dan ganas de gritarles ¡inviten!”.

Tio Joe