Balas de goma en la frontera

Hace ya algunos meses se desató gran polémica por un asunto en nuestra frontera norte. Los noticieros bombardeaban a la opinión pública con la imagen de un fornido guardia fronterizo siendo sacudido en la totalidad de sus lonjas por una andanada de proyectiles que, finalmente, lo hacían doblarse del dolor y en su rostro se podía leer claramente un “hay cabrooón como duelen estas mierdas”

Tristemente se confirmaba de esta forma que — con anuencia del “n” veces heróico gobierno de la república de Tin-Tan —, nuestros neuróticos vecinos del norte habían declarado oficialmente abierta la temporada de caza, y bajo el lema de “no los maten, nomás tarántenlos “ (sugerido por su brillante asesor en derechos humanos y líder de los conservadores en el senado), la migra había sido autorizada para disparar balas de goma sobre las hordas de hambrientos animalitos del sur para los que morir de hambre, balazos, o a pedos, pa`l caso ya no hubiese diferencia; esto es, para los que se aventurasen a cruzar la frontera.

Debo decir que inicialmente este fue mi tema de reflexión, pero poco a poco y a fuerza de ver la imagen del panzón retorciéndose del dolor una y otra vez, mis cavilaciones se volvieron más introspectivas. Cuántas veces no hemos hecho esto con nosotros mismos; cuántas veces no nos hemos disparado estas “balas de goma” con las que detenemos, atemorizamos y resquebrajamos nuestros proyectos personales.

No, las balas de goma no aniquilan, no fueron desarrolladas con ese fin; su propósito es descorazonar en el sentido literal de la palabra; quitar el corazón de acciones, relaciones y palabras; conferir la categoría de objeto inanimado a los blancos sobre los que se disparan; practicar pequeños suicidios que nunca matarán a nadie; solo duelen lo suficiente para mantener en la toma de decisiones al “putito” (con respeto para los homo) que todos llevamos dentro,

“El Kybalion” nos dice que se puede inferir lo grande a partir de lo pequeño, y lo interior de lo exterior. Los eventos y procesos que tienen lugar a kilómetros de distancia suceden paralelamente en nuestras historias personales. Entenderlo así, es una forma de integrarnos y generar una inercia empática con el tiempo y espacio que nos tocó vivir. La amargura de la guerra o el triunfo del corredor ciego tienen lugar en nuestros dentros. Asi pues, las fronteras que nosotros mismos delimitamos, la migra, y las balas de goma que nos resquebrajan y detienen, me gustan como pa´ que vayan y ch...

JC Pelayo



El sombrero, la hielera y el misticismo

elsombrero

El sombrero, la hielera y el misticismo © 1993
Alessandro Volpì



El Éxodo

Mazatlán, Sinaloa, México. 1963.

— ¡Margot!, ¡Margot!, ¡Compadre! ¡despierten, Compadre!

— Qué pasa doña Chuy, ¿ocurre algo?

— ¡Rápido compadre, levántense y despierte a las criaturas, que se sale el mar!

— …¿Qué?

— ¡Sí, escuchó bien!, ¡Ahí viene un maremoto! ¡Que se va a salir el mar, andan anunciando las patrullas y la radio!.

— ¡Ándele, reaccione, no es broma! Abra la puerta para ayudarles a sacar cosas ¡Apúrese!

Mi padre abrió la puerta desconcertado por lo que había escuchado y mi abuela entró a la casa hecha una tromba.

— ¡Qué pasa mamá! ¿Por qué esa grita?, —dijo mi madre al salir al encuentro de mi abuela — ¿Quién se murió?, ¿le pasó algo a mi hermano?.

— Los muertos vamos a ser nosotros si nos quedamos aquí paradotes ¡Se va a salir el mar!, ya todo el mundo anda huyendo. Tu hermano Félix fue a traer una camioneta grande para subir las cosas.

Mi madre se quedó parada, incrédula.

— ¡Reacciona muchacha!

— No puede ser — dijo mi madre en voz baja. Mi abuela la tomó por el brazo y la llevó hasta la puerta.

La calle Zaragoza — una de las principales de la ciudad —, registraba un inusual movimiento de gente que iba y venía presurosa; eran las 2:00 a.m. - ¡Entonces es cierto, Dios mío! - espetó mi madre.

— Pues claro, ¿no se te hace suficiente para ser broma?

— ¡Doña Chuy, Doña Chuy!. — Gritaba una vecina desde enfrente — ¡Ya nos vamos, no podemos esperar más, tenemos que pasar por la Lupe, y vive lejos. Le encargo por favor si ve llegar al Roberto le entregue las llaves!.

— Pero mujer, ¡cómo se te ocurre! ¿A poco crees que voy a estar esperando a que llegue tu hijo?. Si ya nos vamos nosotros.

Todo sucedió tan rápido. En ese ambiente de confusión y caos, mi mamá regresó inmediatamente a despertar a mis hermanas. Mi papá, que ya se había dado cuenta también de lo que sucedía, preguntaba detalles de la situación a un vecino que subía cosas a su auto.

— Entonces es cierto — decía mi papá.

— Lo han estado anunciando desde hace 40 minutos. Ya se corrió la voz por todo Mazatlán, ¿qué no escuchaban? Tiene mucho rato pase y pase gente corriendo por todos lados. Dicen que viene una ola gigante directito para acá. Hay que huir, ¡apúrense!, no vaya a ser que los agarre el agua aquí.

— ¡Andrés! — se escucho un grito desde el interior de la casa — ¡Ayúdame con las cosas, por Dios, hay que subirlas al carro!.

Corriendo a toda prisa hacia la casa, se unió a mi madre en la tarea de decidir qué pertenencias llevarse: Ropa, alimentos, medicinas, papeles importantes. Nunca habían pensado en el dilema de tener que decidir qué cosas llevarse en una situación así. Es más, ni en sueños hubieran pensado que esto pudiera llegar a ocurrir.

— ¿Dónde están los papeles de la casa?, ¿dónde los pusiste?, ¡Por Dios, deja eso; hace mucho bulto!.

Una a una seguían sacando cosas acumuladas a lo largo de los años. Una corbata vieja, unos zapatos del abuelo, un chal, vestidos de gala. Nada que tuviera prioridad.

— Baja ese baúl del closet, por favor.

— Cómo…¿Piensas llevarte el vestido de novia?.

— ¡Claro! ¿cómo, crees que lo iba a dejar?

— Apenas lo puedo creer.

Afuera se escuchaban los gritos de mi abuela que discutía abiertamente con alguien, no se de qué cosa.

— ¡Apúrense por Dios! Nosotros ya estamos listos aquí; ya acomodamos todo en el carro.

El fastidio de estar escuchando a mi abuela, más que las prisas del momento, hicieron decidir por algunas cosas, al fin. Esto, aquello, aquello otro, esto y esto. — Listo, apúrate, sube a las niñas al carro, llena estas botellas de agua y nos vamos.

La espera para el llenado de las botellas se hizo eterna. El viejo filtro, con su leve chorrito, apenas llenaba una a la mitad.

— Deje eso compadre, ahí llevo yo agua para todos. ¡ Ya vámonos !

Mi padre cerró la llave y, presurosos, salieron mi abuela y él hacia la calle.

— ¿A dónde va compadre, pues, otra vez?

— ¡A cerrar la casa, Doña Chuy!

Una vez cerrada la casa, corrió hacia el auto para salir rápidamente. Abrió la portezuela, y vio que no había lugar ni para el chofer.

Mi abuela, tres tías, dos tíos, mis dos hermanas, mi madre y mi padre.

— Dios mío, a ver si camina esto.

— Claro que va a caminar — dijo mi abuela.

Encendió el automóvil y comenzó a avanzar.

— ¡Espera! — Se escuchó un grito.

— ¡La máquina, se me olvidó!

— ¿Cual máquina? — dijo mi abuela.

— La de coser — contestó mi madre — es nueva y no la quiero dejar.

— ¡Estas loca mujer! ¿Qué te pasa? Vámonos compadre no le haga caso. Qué máquina de coser ni que nada.

La familia partió con rumbo hacia una de las avenidas que llevan a las afueras de la ciudad.

— Tengo hambre — dijo uno de mis tíos — Muchacho condenado, ¿cómo que ya tienes hambre, si apenas vamos saliendo?. A ver, levanta ese bulto, si puedes. Abajo traigo una cazuela llena de capirotada.

Mi padre disminuyó la velocidad, a punto de entrar en el congestionamiento vial más grande que se conozca en la historia de Mazatlán. Una interminable fila de vehículos saturaba la única, y de por si, angosta avenida que llevaba a la salida sur.

Por un lado, y caminando, los más desafortunados de siempre: los pobres. Lentamente, como en una procesión, unos cargados de cosas, otros apresurados, algunos corriendo, en carretas, a caballo y en burros. Un extraño ruido de fondo podía escucharse; mezcla de rezos, ruido de motores y gritos.

Aquello era el caos, pues, algunas personas intentaban pasar por delante de los vehículos haciendo más lento el tránsito en aquella noche.

— ¡Miren! ¡Un elefante! ¡una jirafa!

— ¿Qué?

— ¡Sí! ¡Ahí van caminando! — dijo una de mis tías.

Los animales, parte de las atracciones de un circo que visitaba la ciudad, eran arreados lentamente por un grupo de ayudantes del mismo, haciendo que la escena adquiriera un toque de surrealismo.

— ¡Allí va mi madrina Sonia! — dijo el más pequeño de mis tíos.

— ¡Madrina! ¡Madrina! — gritó.

— Cállate muchacho. Voltéense para el otro lado. Hagan como que no la vieron. No vaya a ser que se quieran subir con nosotros y ya no cabemos.

— ¡Chuy, Chuy! — gritaba la madrina. No tuvo mi abuela mas que voltear hacia el lugar de donde venía el grito.

La comadre se dió cuenta del disimule de mi abuela, pero muy consciente de la situación solo dijo — Chuy, solo vamos a llegar hasta el cerro colorado, ahí ya veremos que sucede, porque no hay manera de avanzar más. Si ves a la Petrita, mi nuera, por el camino, le dices que allí vamos a estar, por favor.

— Claro, comadre — le dijo mi abuela, con un nudo en la garganta.

Lentamente, otra vez, la fila de coches comenzó a avanzar, dejando atrás a la comadre Sonia — Dios la Bendiga, dijo mi abuela en voz baja.

Se hizo el silencio. Tal vez todos meditando en cómo es el comportamiento humano en esas situaciones. Una de mis tías, rompió el silencio:

— ¡Hay que rezar!

Mientras tanto, el motor consumía las últimas gotas de gasolina del maltrecho carro de mi padre.

A la misma hora — lejos, en el Océano Pacifico—, avanzaba hacia la costa una pared de agua de más de 40 metros de altura, resultado de un gran terremoto submarino.

Una hora más tarde ésta impactó la costa, arrasando todo a su paso, con una fuerza de devastación nunca antes vista. Los poquísimos testigos presenciales dieron testimonio del más grande desastre natural en las costas cercanas… pero de Anchorage, Alaska.



Andrés



Arnaccio



El Arnaccio es un pequeño río cerca de Livorno, al norte de Italia. Cuando observo ésta imagen no puedo evitar preguntarme: ¿puede una fotografía reflejar el estado anímico de su autor? ¿pueden las imágenes de un paisaje ser el espejo de lo que sucede en su interior?. O, simplemente, ¿será que el fotógrafo se ve atraído por aquello que es afín a su estado anímico, de una manera un tanto inconsciente?

Alessandro se sincera en el Muelle y nos confiesa que, en el momento de captar ésta imagen, extrañaba a una extranjera. En su estilo particular define la foto como "la melancolia en su esencia".

Se volvió un extranjero para poder vivir con aquella mujer... ahora su esposa.

Gracias Alessandro por compartir imágenes de tu archivo personal.

Para conocer más de Alessandro y su extranjera,
visita su Bottega Fotografica.

Tio Joe

Arnaccio, Livorno, Italia © 1989. Alessandro Volpi

El Ser Humano

Me siento como el clavadista en La Quebrada de Acapulco, justo en ese momento en el que hace el cálculo de su caída; el viento y la corriente son factores a considerar; toma en cuenta dónde está parado y se imagina dónde va a caer, pero no sabe cómo le va a ir en realidad, o si va a salir bien librado. Tratar de definir a alguien imprevisible propicia esa sensación.

Convivir con él requiere de apertura mental: hay que estar preparado para una bomba verbal en cualquier momento, o la sugerencia de una idea hasta ese momento absolutamente impensada. Para poder describirlo, me veo tentado a usar palabras de nuestra jerga y cedo a la tentación. No podría acercarme a esta verdad si no hago uso de ellas.

Sus auto-descripciones son un reto para aquellos que se jactan de aceptarse verdaderamente así mismos. Para reírse de uno se requiere, obviamente, de sentido del humor, pero para poderlo hacer, debe de haber una aceptación honesta (resignación no significa lo mismo).

Hay muchas anécdotas que me pueden ayudar a esbozar su personalidad.

En una ocasión, un señor maduro, un desconocido, lo detuvo en plena calle. El individuo se disculpa por distraerle de su camino y le felicita por ser tan alegre. Lo felicita por verlo tan contento y silbando en plena calle. Le recuerda que ya no se ve gente así. Fin de la conversación. Ambos siguen sus caminos.

Un oscuro personaje que cruzó nuestras vidas de forma pasajera (de esos que creen que pueden descubrir la totalidad de una persona con tan sólo verla a los ojos quince segundos) me dijo: "ve cómo camina, se nota que es un hombre feliz".

Otra anécdota que me parece muy útil es la de aquella ocasión en la que, para recordarle a las personas que no hay que dejar de sonreír, se puso una nariz de payaso —si, de esas bolas rojas— y estuvo trabajando un viernes con la nariz puesta todo el tiempo: al conducir su camioneta pick up, al visitar clientes, al entrar a su taller, a todos lados. Hace un par de días salió a colación esto y se acordó que aún tiene dos narices guardadas en su casa.

En una ocasión, a principios de los noventa, acordamos hacer unas pláticas los sábados, donde cada uno de los miembros de la oficina contribuiría con un tema que le apasionara y los demás se podrían enriquecer de cada aportación. La primera charla le tocó a él. Recuerdo que llegué 15 minutos después de la hora pactada. Me sorprendió sobremanera encontrarlo hablando solo. Al final, le cuestioné por este detalle, a lo que me respondió: "Pendejo, esto es serio y dijimos una hora. Yo me arranqué a la hora que quedamos". Estuvimos él y yo, creo que Eduardo llegó mas tarde.

En 1993 o 94 (no recuerdo bien) él y Eduardo organizaron unos happenings en el Colegio de Arquitectos y me invitaron a hacerme cargo del aspecto técnico. El evento aún se recuerda: Mexitli, El Ombligo de la Luna.

La presentación abrió con una música introspectiva, en medio de una obscuridad total. De pronto, apareció de frente, desnudo, cubierto por la proyección de la imagen de uno de sus cuadros. Se sentó en el piso y comenzó a declamar. Terminó, dió la espalda y salió de escena. Su papá, personaje digno de un libro de cuentos, había invitado a un grupo de sus amigos conservadores, sin saber cómo es que conocerían a su hijo.

También le gusta pintar. Kandinski, Pollock, son pintores influyentes en él. Su pintura es una aventura personal.

Recuerdo un evento de arte efímero, era la inauguración de la exposición Bichi: una mujer de muy buen cuerpo aceptó su propuesta de posar desnuda, rodeada de bloques de hielo, rosas, clavos y madera. Una escultura que se derritió en minutos.

En otra ocasión, platicábamos con él en la oficina (fuimos socios). Alguien decía que la chica con la que estaba saliendo en aquel entonces era más alta que él. Yo le decía "te saca tanto así", a lo que él me respondió sin aspavientos: "Lo que ella me saca yo se lo meto". Carcajadas interminables.

Todos recuerdan la anécdota de su tarjeta de presentación, donde, debajo de su nombre aparecía su título: Ser humano.

Un libro se podría escribir con sus ocurrencias, pero no sólo esto es lo memorable de su persona. Hay un lado culto y profundo que es pasado por alto, ante la sorpresa que causa su forma tan honesta de ser. Se puede ir a fondo en filosofía, arte, lo que sea. Puede danzar al ritmo de unos tambores o escuchar ópera.

Los que hemos transitado etapas de premura económica sabemos de su generosidad y su altruismo.

Aunque fuimos socios la primera mitad de la década de los noventa, el fracaso económico de aquella aventura no hizo mella en nuestra amistad. Si en los tiempos difíciles se conoce a los amigos, entonces puedo afirmar que le conozco y le he reconocido más veces.

Es controversial para algunos, pero para el que logra convivir cerca de él y tiene la capacidad de ver 15 segundos más allá de su mirada, comenzará a descubrir a una persona que detrás de las bromas posee una sensibilidad muy peculiar y una tolerancia con un umbral muy alto. Alguien que se atreve a ser él mismo, despojarse de las máscaras impuestas por la sociedad (hay que ver “1 Giant Leap”) y ser verdaderamente auténtico. Conozco muchos que intentan imitarlo; vano e inútil.

Diseñó y construyó su casa, de la misma forma que lo hace con su destino. Sabe dónde quiere estar. Sabe que hay un tiempo para exprimir la vitalidad de los años. Está logrando con madurez sortear la etapa de “empresario”, porque sabe que habrá otra etapa para completar los viejos anhelos, los sueños postergados. Encara la vida con humor, porque sabe que en un mundo tan frágil no hay que tomarse tan en serio.

Hay quienes han tenido la fortuna de verlo llorar frente a alguna expresión de belleza, aún así, todos los que le conocen bien y lo recuerdan tienden a sonreír, inevitablemente.


Pp

Edward y Dios

Con este título, que antecede el testimonio que ahora voy a compartir, esbozo dos sonrisas a modo de gratitud y goce espiritual. Una para Milán Kundera que escribió un cuento homónimo, que es el texto del género corto que más he gozado, además de ser el que más me ha revelado sobre como se las gasta el que firmamos con D mayúscula. Y otra para Giorgi (el Tio Joe), que con su “Verdadero Divorcio de Edward” me regaló una verdadera instantánea y matizada visión de mi zuripanta esencia que ahora se que abarca mucho más que correrías nocturnas; ya que es en si toda una apuesta por ser el actor vivo de mi propia trascendencia. Y aquí me tiene en este promiscuo muelle, abriéndome y dejando que me lleguen y entrando en otros…(que rico), al fin como dice el poeta, antes mucho antes de todo lo creado, ya éramos…pues a darle:

Todo este preámbulo para soltar amarras de una historia-testimonio, con ese dual sentido de dar validez a un hecho, a la par que se comparte una revelación. Y como en toda revelación Dios es el que participa — para los que creemos en él, o al menos, encuadramos el concepto en esa categoría, como dirían los semióticos — esta es la historia de un encuentro con Dios.

El se vale de métodos extraños, pero generalmente de las conciencias más puras. Fue así como un día, domingo por cierto, en que estaba literalmente destrozado — más que eso: cansado de darle vueltas al molino de la vida, pasando una vez y otra la misma película en la que después de haberme hecho un harakiri público, de esos que duelen más porque en lugar de espantarse los espectadores se cagan literalmente de la risa del pobre diablo que se incendia delante de todos, por culpas y causas que no le corresponden — fue así, caminando de la mano con mi pequeña Carolina por el centro de Xalapita la bella, rumbo a una función de teatro infantil, cuando de repente, al pasar por el templo expiatorio, ella me jaló hacia el interior del pasillo central del recinto, con una determinación que sólo puede existir en quien sabe realmente lo que necesitas, aunque lo ignores.

Acudieron a mi una mezcla de sensaciones muy extrañas: sorpresa, miedo, y hasta vergüenza, ¿Qué chingados hacia yo ahí y cómo era que Caro me había metido, si en 5 años la única vez que la había llevado a una iglesia fue para casarme con su mamá? pensé. Lo único que alcancé a balbucearle fue un “¿Por qué Caro?”. Y ella con la transparencia de sus ojitos rasgados, por los que se filtran las luces invisibles de la picardía celestial, respondió con la impecabilidad propia de los niños, que no han superado los filósofos: “Se me antojó”.

La respuesta a mi pregunta vino muy pronto… apenas terminó Caro de contestarme y encoger sus hombritos como rúbrica de sabia inocencia, cuando, jalado por una presencia que venía de lo alto, levanté la vista: Encontré un Cristo sobrio que desde una gran altura dominaba la escena en una soledad absoluta, ya que, curiosamente, la iglesia estaba vacía. Nunca había tenido una sensación como aquella ni en mis años de niño que me “llevaban” a la Iglesia; El Cristo literalmente me miraba...sacudí la cabeza como para acomodar el campo visual interior que se asume alterado y justo cuando me disponía mecánicamente a persignarme para salir- en cierta medida huyendo- escuché, si, literalmente escuché, una voz que me decía con fuerza, y al mismo tiempo con cierta camaradería:

“Siéntate Cabrón”

No lo podía creer; en realidad estaba escuchando por primera vez en mi vida que Dios, en la figura de Jesús, el de Galilea, me hablaba, y peor aún, me puteaba…

Pasmado obedecí. Caro, cómplice sin saberlo de aquello, hacía lo propio a mi lado, mientras pensaba “Dios me habla y me putea”... antes de terminar el “tea” volví a escuchar: “Si, te puteo, y ¿que tiene de extraño que lo haga? ¿No hablas tu así?, ¿Por qué chingados no te puedo hablar yo como tu lo haces?”


Y la conversación, podría decir que un Dios muy jarocho a riesgo de ser localista, prosiguió más o menos así:

- “¿Y.. por qué me hablas?”

- “Por que ya quiero que dejes de hacerte pendejo”

- “¿Peeenndejo?”

El asombro ya no podía ser mayor; las palabras o el pensamiento se atoraban en mi mente o cuerpo o alma, o en las tres.

Entonces, respondió con una absoluta natural autoridad que ostenta sin ninguna violencia ya que el ha creado todo, hasta las groserías para buenos propósitos (que no siempre las usemos así, ya es otra historia )

- “Si pendejo”

- “¿Cómo?”

- “Mira, yo te creé para que ejerzas los dones que te di, para que seas quien eres: ¿Haz visto un corcel actuando de perico?, o ¿Un león cavando pozos para esconderse?”

“Te puse en el mundo para que brilles, para que con tu luz otros se sientan bien, tienes ese don, le sirves de inspiración a mucha gente, ven en ti una esperanza, devuelves a muchos la fe en la vida, y les haces ver que hay un buen motivo de vivir…”

Y continuó:

“Por eso te digo: Ya deja de hacerte pendejo y suelta tus dones al servicio de los demás, tienes brillo que ayuda a que otros brillen, ya necesito que te dejes de chingaderas, que dejes de estar decaído y dejes de hacerte el mártir que tiene que rescatar a la humanidad entera para luego padecerlo. Deja a cada quién con lo que le toca y simplemente: Se.”


La sensación que me llegó entonces era de un absoluto miedo…

“El, que todo lo ve, continuó: Deja de temer, le temes a tu ego... es cierto que suele ser grande y como tiene muchas necesidades no cubiertas y arrastra frustraciones, estas confundido: Hazme caso, sé lo que te digo, te necesito en el mundo para lo que te creé, necesito tu brillo y luz, entonces estarás sanado de todo lo que hoy te causa dolor....”

Y así, de golpe como habló de repente calló....para no hablar más. Después comprendí que lo haría, como lo ha hecho siempre, por otros medios, y que sólo recurre a medidas extremas, cuando de plano ve que para ciertas conciencias duras o más bien necias no queda otro camino.

He de comentar que la experiencia lejos de parecerme absurda me dejó una sensación de agrado, de proximidad con la fuerza superior, que, lejos de intimidarme, me hizo sonreír y volver, con muchas dificultades, a establecer una relación con Dios.

Los materiales, mensajes y señales que por diversos motivos han llegado a mí desde ese día confirmaron esa sensación. Hoy me queda claro que Dios no quiere seguidores ni “fieles” en el sentido de obediencia ciega, quiere amigos, socios, colaboradores, y que esa tarea sólo se logra estableciendo una relación con él; y toda relación, especialmente la amistad, tiene conflicto, lucha, acuerdo, búsqueda, confrontación. Por eso ahora entiendo también que El quiere a los que le gritan, se pelean y le increpan, o hasta lo cuestionan e ignoran, pero siguen creyendo en su poder sobre nosotros, ya que en realidad nos necesitamos ambos, creador y criaturas para colaborar en la evolución del universo hacia la realización del amor como energía suprema, que servirá para la creación quizá, del pleno universo (eso que muchos llaman paraíso). La historia del Cristianismo, por tomar nuestro referente cultural, está lleno de “renegados de Dios”, Abraham, Job, Agustín de Hipona, Ignacio de Loyola, David, el Rey, (que fue el que más se decía su amigo) hasta su descendiente Jesús, en algún momento le reclamaron algo, pero nunca dejaron en su interior de reconocer su poder, y sabiduría para mostrarnos nuestro propósito en el mundo y así poder colaborar con El en el gran propósito.

Termino compartiendo que el epílogo de esta historia-testimonio, es que aquí estoy con todos los conflictos, dudas y confusiones del mundo; batallando día a día, pero construyendo una relación con El. Aprendiendo que lo que antes creí que más nos alejaba, es en realidad lo que más nos aproxima… y sobre todo dejando fluir la energía del universo, para realizar aquí, en la gran pasión que es la vida, mi tarea, y ser conforme a lo que fui creado: alguien que aporta a los demás, que esa en si es la única encomienda....

Moraleja: Dios se vale de los niños, habla por su alma pura, escuchémosle ahí.

Xalapita, y a veces Xalaputa ( que ya nos antecede en el reino de los cielos) la bella, Veracruz a 28 de septiembre de 2004

Zuripanto