Navego...

Navego
soy la barca
con el casco abierto
y la proa partida
inerme
a todos los vientos

Navego hacia un mar obscuro
aterradoramente ciego

Navego
aún cuando mi puerto era seguro
y en el me sabía amado, cierto...

Navego
sabiendo que en cada tormenta
todo me lo juego
y que cada día aún en la luz,
es cada vez más negro

Navego
quizá nada encuentre, nada gane
en esta apuesta-viaje
donde todo lo arriesgo

( Incluso, a ti, amor, mi puerto )

Al fin, a cambio, de saberme tan solo,
tan sólo
en el inmenso mar-destino:

Capitán de mi propio ser-abismo

marinero eterno de tu ser

ya no la barca

que hace de ti puerto

y no toda la mar en abundancia

Navego....



Zuripanto







La urgente terapia de México*

Para comprender lo mexicano debemos comprender nuestra historia, es decir, esas raíces que como un gran árbol poseemos, aunque en realidad no las conozcamos. Sólo entonces, con ese conocimiento, podemos definir en su totalidad el fenómeno al que nombramos “cultura mexicana”, que no es sino el resultado de una combinación genética específica —muy compleja por cierto—, con factores ambientales y circunstancias históricas determinadas que nos hacen, para bien y para mal, un ser (psique) y una forma de ser (cultura).

Si ignoramos quiénes somos y por qué somos, entonces poco podemos hacer por crear las condiciones propicias para nuestro desarrollo. Y para conocernos más debemos sacar del inconsciente nuestro propio espejo enterrado. Miremos:

1. No hemos salido de la conquista y la colonización

Los mexicanos seguimos atávicos a la dominación, seguimos siendo un pueblo conquistado y dominado por fuerzas políticas y espirituales. Además, vivimos presas de terribles y constantes paradojas que enturbian nuestras conquistas históricas: La independencia la consuma un ex realista con el apoyo del clero; ese mismo que sirvió, mientras le convino, a la corona española. Así, una vez independientes, quedamos a expensas de una neo-monarquía jerárquica añorante de lo europeo que además pactó con la iglesia católica un monopolio de opresión espiritual sobre un pueblo explotado, dividido por castas y agotado en la pobreza. Ninguna independencia ganamos, sólo la obtuvieron quienes ahora podían oprimir sin necesitar aval alguno de la corona.

Hoy en día, a pesar de la lucha de Juárez, Lerdo y otros que intentaron crear un país de leyes y sin privilegios, seguimos atestiguando como pesa más en México una posición política, económica o religiosa que las leyes que costaron sangre y miles de vidas al país.

Por otra parte, la revolución mexicana nace como un gran estallido desde las mismas entrañas de una esencia contenida. Fue, en sí, un gran parto doloroso de la mexicanidad; fue un justo reclamo no de pan (entonces había menos pobres que ahora), pero si de identidad, de justicia y de autodeterminación. Fue, la voz del campesino y del caudillo que reclamaron derechos ancestrales sobre la tierra de los que se sabían depositarios y ultrajados. Sin embargo, como si sufriéramos la eterna condena de repetir lo que ya hemos padecido, la bandera de la revolución es tomada de nuevo por intereses ajenos, y no restituye en lo material nada a los desposeídos; en lo espiritual al menos deja una conciencia colectiva imborrable (algo que nunca pudo hacer la colonia española en 400 años, ni las múltiples guerras por defender la patria frente al invasor extranjero en el siglo XIX) que se traduce en un gran arte que nos aglutina como nación, cuya principal insignia es El Muralismo.

A pesar de esa herencia invaluable de la revolución, quienes más han usufructuado sus aportes han sido nuestros vecinos del norte. Libre México de la presencia europea, con un sistema político emergente que reproducía en un solo partido a una sola gran hacienda en la que todos los mexicanos cabían en una nueva “familia revolucionaria” (eslogan genial para vender al pueblo de nuevo el gato como liebre), el poder expansionista de los Estados Unidos encontró en México un terreno propicio para colonizar, vía el comercio, lo que antes se había colonizado con la cruz y con la espada. Desde entonces lo han hecho con eficiencia: Primero el control del petróleo, a través de una expropiación que les favoreció al perder los europeos sus concesiones, luego la dependencia. Hoy comerciamos con ellos el 85% de nuestras exportaciones, dependemos de su inversión en un 75%, controlan más de la mitad de todo nuestro sistema financiero y de servicios. Si bien es cierto que en algunos terrenos hemos podido desarrollar verdadero intercambio de beneficios, en lo general, los poderosos del norte dicen a qué son hemos de bailar y, sin su visto bueno, no hay poder político o económico que pueda aspirar a progresar en nuestro territorio.

¿Independencia entonces? Quizá sólo de nuestra conciencia enraizada en nuestra herencia y tradiciones, (comida, folclor y etnias que perviven como hace siglos) y claro, en el arte, en nuestra literatura, pintura y música, ahí donde el espíritu no es presa fácil.

En todo lo demás: en lo político, en lo económico, en lo espiritual, seguimos siendo dependientes y, peor aún, co-dependientes, ya que al parecer no podemos vivir, ni funcionar, si no es bajo el estigma del sistema que oprime.

2. Somos un país traumatizado

Los mexicanos, sin darnos cuenta, arrastramos en nuestro inconsciente toda esa frustración histórica, producto de la supresión española de una cosmogonía propia y de los sueños de libertad y progreso sistemáticamente mutilados, tanto en los grandes momentos de nuestra historia como en los ciclos que cada seis años se instauraron para, perversamente, restaurar el hambre de mito y de caudillo de un pueblo menesteroso e ingenuo.

Toda esa explotación y frustración acumuladas han generado en cada uno de nosotros, en mayor o menor grado, un ser dependiente que goza de la guía paternalista, que prefiere la seguridad de saberse sometido al reto de asumirse responsable; que no enfrenta los problemas y se evade siempre en la simulación, esa que lo lleva a usar una máscara sobre otra haciéndolo, como bien lo ha sentenciado Octavio Paz, indescifrable. Un ser cerrado que no se muestra, (especialmente nosotros los varones), que no se “raja” y, por lo tanto, se aísla en una soledad laberíntica de la que no puede escapar, pues, no se da cuenta que él mismo es el laberinto.

Y lo peor: esa frustración se ha convertido en desilusión, en vacío. Y no es gratuito: más de dos siglos luchando por ver caer los privilegios, esperando que las leyes se apliquen y respeten, que se cumpla la palabra, que la historia de México deje de ser, como lo sentenció genialmente Fuentes Mares, “La Historia de las Traiciones” y sólo ver que nada esencialmente cambia; contemplar la misma escena siempre, sólo modificados los actores.

La consecuencias de esa desilusión, de ese descrédito con el que miramos nuestras instituciones —no así nuestros símbolos históricos, llámense Virgen de Guadalupe, o Bandera Nacional—, se traducen en corrupción generalizada, negligencia, apatía, ineficiencia, carencia de espíritu de cooperación, énfasis en el beneficio individual sobre el colectivo, falta de fe en el futuro.

Ni siquiera los avances democráticos recientes han significado una mejora significativa respecto a esos traumas y esas dependencias. Incluso los exponen aún más: Hoy en día que tenemos un presidente menos poderoso que antaño, hoy que vemos que no se da un paternalismo recalcitrante desde el ejecutivo, añoramos la fuerza del Tlatoani, su poder; añoramos al gran “seductor de la patria”, ese que, desde el olimpo sexenal, nos decía que debíamos prepararnos para “administrar la abundancia”, o el que nos hacía creer que “volábamos”, literalmente, al primer mundo. Ese que nos vendía la droga en la que el imaginario colectivo se evadía cada seis años, para despertar en la terrible cruda que bautizamos como crisis, en la que siempre el responsable de todo es aquel que antes entronizamos, pues, es más fácil culpar a otros que asumir nuestra responsabilidad.

3. La Propuesta

Y en esta palabra me atrevo a señalar la clave para nuestra cura colectiva: Responsabilidad. Debemos hacernos conscientes de lo que implica este término para nuestro futuro y para nuestro destino. Debemos re-conceptualizarla, dejar de limitarla a sinónimo de obediencia o cumplimiento del trabajo (como la vemos actualmente) y dimensionarla como sinónimo de compromiso, cuidado de nuestros recursos, desarrollo de nuestros talentos para transformar nuestro entorno, reconocimiento de nuestros errores, sentido autocrítico permanente, independencia y defensa de nuestras ideas, aunque no sean soportadas ni aplaudidas por los demás.

Mientras no nos hagamos cabalmente responsables, seguiremos añorando ese territorio seguro del poder absoluto, seguiremos cediendo nuestra libertad a los que decidieron que somos culpables de no se cuantos pecados que ni siquiera cometimos; seguiremos añorando la vuelta al pasado, o incluso, repitiendo eternamente nuestra castrante historia, hasta que de la nación solo quede lo alegórico, o cuando mucho las fiestas y estallidos colectivos disfrazados de partido de futból o carnaval, que servirán sólo como válvulas de escape, o cuando mucho, de expresiones de una cultura sepultada e inoperante.

En fin, como lo comenté alguna vez con nuestro “jefe de embarques del muelle” Tio Joe: “México requiere terapia a nivel inconsciente colectivo”. Hoy reafirmo esa creencia, convencido de que no es una terapia de psicoanálisis lo que necesitamos (esa ya la han realizado con esmero y tino los estudiosos de lo mexicano: Samuel Ramos, Antonio Caso, José Vasconcelos, Leopoldo Zea, y desde luego, Octavio Paz). Lo que ahora requerimos es una terapia orientada por la filosofía de la escuela gestalt, esa que nos libera de la autocompasión; esa que plantea que la cura de cualquier trauma radica en librar un escollo principal: Culpar siempre a lo exterior de lo que nos sucede, incluso a nuestra historia y nuestra cultura de nuestro retrazo material y espiritual, como si ha ellas estuviéramos, cual reos de muerte, condenados.

Hoy, insisto, requerimos de una terapia donde se fomente y se redimensione el sustantivo “responsabilidad” en cada acto, en cada idea; una terapia que se instrumente en cada hogar, cada aula y cada oficina; donde se asuman los errores, se deje de señalar culpables, dejemos de poner pretextos a nuestros fracasos e incumplimientos, y aceptemos la confrontación productiva; en la que asumamos la superación como algo propio, que no depende de nadie, ni de nada. Una terapia que nos enseñe a ver el interés colectivo sobre el individual, a dejar de tener dobles discursos, a reconocer cuál es nuestra voz y cuál la que hemos adoptado para complacer a todos, menos a nosotros.

Una terapia si, que reconozca que podemos seguir siendo fiesteros, alegres, ingeniosos, hasta desmadrosos, y al mismo tiempo ser eficientes, comprometidos, competitivos y cooperativos, honestos, leales además de cabales. Es decir, complejos y no acomplejados.

¿Cómo instrumentar esa terapia? La respuesta no es sencilla, requiere de una toma de conciencia colectiva primero, y de la coparticipación creativa a todos los niveles. Esta debería, y puede ser, una de las prioridades de la nación, tan importante como la lucha contra la pobreza y la inseguridad.

Debemos ante todo, independientemente de cómo resolvamos nuestro trauma, creer que es posible, que es viable, asumiendo que el futuro ya no está en el exterior, sino en nuestras manos, y que la cultura e historia que nos han frenado, pueden ahora ser —convertidas en nuestra paradoja definitiva y catalítica—, las que finalmente nos transformen.


Zuripanto



No me busques

No me busques. Pero si así fuera, puedes venir a mí; aquí estoy, pregúntame lo que quieras que yo sabré confundirte (en tu confusión hallarás la respuesta).

No me busques; no te pido que lo hagas. Pero, si permaneces terco, sabes dónde encontrarme. En realidad no existo, resido sólo en tu imaginación. Soy lo que tú piensas que soy. Soy lo que tú quieres que sea (el resultado de una percepción en tu cabeza).

No me busques; evita mis pasos; pierdes tu tiempo. Y, si logras hablar conmigo, sentirás que te engaño (estás en lo cierto).

Yo no prometo verdades, ni tan siquiera conozco el significado de una promesa. Porque —¿sabes?— no me interesa apropiarme de la vida de alguien más.

No me busques, te digo (ni trates de imitarme), porque soy el único, el original: gurú de nadie.

Kinema



Mensaje en la Botella

Hace siglos, alguien aislado (quizá solo en la mente del novelista en turno) como una de sus pocas opciones, revelaba su localización aproximada y un mensaje desesperado para ser ubicado, rescatado, y reinstalado en la sociedad de su añoranza (nunca nos contaron si semanas después de ser rescatado alquiló un bote para regresar a su soledad).

La mayor intención de este náufrago, era que su mensaje fuese encontrado por un igual, y que éste fuese impelido a actuar; pero otra menor, era la esperanza de comunicación. El simple hecho de arrojar la botella lo hacia imaginar un sin número de respuestas, y esta miríada de opciones le evitaban el perder contacto consigo mismo.

Bueno, sirva este paralelismo como introducción para iniciar mi recorrido por alguna de las exposiciones que se presentan actualmente en la ciudad de Guadalajara.

Francisco Toledo, maestro oaxaqueño, presenta actualmente sus “Cuadernos de la Mierda” en el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara. Esta colección de dibujos sobre papel fue una dación en pago que hizo Toledo a la SHCP, hace algunos años. Más allá del título como indicador de acción, nos muestra a un Toledo en un espectro amplio de comunicación, minucioso en sus líneas y atento del desparpajo que sufre el agua en el papel. Una actividad íntima, y vergonzante al ser expuesta (como la intimidad misma), sirve como interconexión entre mortales y su propia mitología. Cuidando forma y símbolo Toledo revela el hombre sencillo, cuyas sencillas actividades pueden rasgar por accidente el manto de lo divino.

No me gusta sonar como crítico de arte, primero porque no lo soy, y segundo porque criticar arte me parece tan relevante como poder agarrar pedos con la mano, pero en mi apreciación personal, si tienen oportunidad de visitarla, háganlo, vale la pena comentarlo y compartirlo.

“Las Vanguardias artísticas, sus experimentos formales, su principio de abstracción, la ruptura con la tradición histórica que las define, y de manera particular sus programas civilizatorios son un paradigma central de la modernidad, y han configurado a lo largo de sus experiencias las formas modernas de percepción del mundo”.

Por todo lo antes dicho, a mover las nalgas, e interactuemos con el arte.


JC Pelayo




Nadie contesta

Los coyotes aúllan
Los perros responden
Hay tensión en la luz azul
de la media luna
Las estrellas vigilan
El viento murmura
entre las hojas
y despierta al búho
que llama
Nadie contesta
El silencio se espesa

Mike Honey
De su serie Pro Natura
Poemario Bilingüe



Impermanence

A white dust road
cuts into the yellow grass
as it moves away
towards the hot horizon
The wild land is tame
Now the animals and trees
are afraid


Mike Honey
De su serie Pro Natura,
poemario bilingüe




El Olor

El olor, abstracto como la música,
logra evocar, burlar, y finalmente
desnudar al “tiempo”.
Lo desnuda
de todos los conceptos harapientos
en los cuales lo hemos enredado.
No puedo decir/decidir
Si fuí antes o después
Si mis memorias me preceden o anteceden
Si alguna vez fui ajeno a esto.

El olor de mi madre
en su almohada

El olor después de
la lluvia

El olor del puerto
a la entrada.

El olor del anciano
en su estancia

El olor de albahaca
recién cortada

El olor de la brisa
salada

El olor de sexo
en la piel

El fresco olor
de mi hijo

El olor de una casa
cerrada

El olor de un bar
por la mañana

El olor de pan
en el horno

El olor de la muerte
cercana.

El olor de tu cuerpo
en la cama.

JC Pelayo

Un Barrio Global

— ¡Qué lindo se escucha! — dijo mi hermana, al percibir claramente el llanto de un bebé, proveniente de uno de los departamentos, contiguo a la casa de mis padres.

— Es el bebé de los japoneses. Está recién nacido — Dijo mi madre — Tienen pocos días de haber llegado, viven en el departamento donde vivía la hermana de Lola Beltrán.

— ¿Japoneses? ¿Y qué hacen unos japoneses aquí en el barrio? —, pregunté.

— Pues, no sé. Me di cuenta hace unos días. Están bien jovencitos; el bebé debe de tener como 2 meses, solamente. Los vi entrar a comprar en el abarrote de la esquina. La pobre muchacha miraba como asustada la comida que había, terminó comprando tan solo leche y algo de arroz. Nos dio risa que al pagar nos saludó con uno de esos saludos de por allá.

— Una reverencia—, le dije

— Eso —, me contestó.

— Se inclinó al saludarnos a cada una de las que estábamos ahí mirándola. Debe haberse cohibido la pobrecita. Me dio lástima.

— Que diferencia con el Mike, que se lleva de casa en casa como mitotero. Ni parece gringo; parece vieja verdulera y se lleva comiendo hot dogs. ¡Qué pronto se acopló! — Las risas no se hicieron esperar.

“El Mike” es un jubilado calvo y regordete que vive en uno de los departamentos arriba de la tortillería de la esquina. Lleva viviendo en el barrio aproximadamente 2 años y ya es parte de la comunidad.

— ¿Ya se dieron cuenta como hay extranjeros viviendo en el barrio? — Dijo mi hermana — Quien sabe que le verán.

— Le han de encontrar su encanto. Por algo están aquí — Dijo mi mamá.

— El otro señor y su esposa, ¿cómo se llaman?… Ralph y Angie (el Ral, le dicen), se llevan arreglando las plantas del parque junto con el jardinero del municipio. Creo que hasta son padrinos de su hijo. Son de por allá, de Canadá.

— No vayas tan lejos, ¿y el profesor Recombenni? Es de Buenos Aires, habla bien chistoso y es “mamilas”, como buen Argentino.

— El alemán que está de intercambio con los Alarcón no se quiere regresar. Es más, se trajo a un amigo suyo, el otro güero pelos parados que estaba de intercambio en Morelia y se aburría mucho. Vinieron sus papás por él hace como cuatro meses y no se quiso regresar para Alemania. Anda de novio con la gordita del abarrote, lo trae tontito. Le ha de dar té de calzón de tres días de añejamiento — El comentario desató las carcajadas, de nuevo.

— Y el negrito… el que se lleva jugando básquet en la cancha del parque, ¿cómo se llama? — Nehru —, dijo mi sobrino — creo que es de Zambia o Senegal, un lugar de esos, por allá en África. Da clases en el Tec. Dicen que es bien chingón. La otra vez nos contó que su país esta bien jodido y que batalló mucho para estudiar y poder llegar hasta acá. Se iba a ir a Estados Unidos pero aquí le gustó mucho y se quedó. Quiere traer a su familia.

— Y la Dalila Laoufi, nuestra huésped parisina, directita de Les Champs-Elysees... tan bonita ella. Mira que venir de tan lejos para subirse a un camión destartalado de la ruta Chololos para irse al Tec. Al igual que ellos suspira por Mazatlán y está ahorrando para quedarse aquí.

— Japoneses, americanos, canadienses, argentinos, alemanes, africanos, franceses, ¡bien pudiéramos hacer unas olimpiadas en el parque!

Mazatlán desarrolla un particular proceso de inmigración, en el que las comunidades de extranjeros se han salido del molde tradicional: ya no lo conforman solamente personas de la tercera edad provenientes de Estados Unidos y Canadá, mismos que se ubican en el sector turístico de la ciudad y se organizan en grupos. Hoy, provienen de muchos países y buscan integrarse; asimilar la forma de vida local allí donde se desarrolla verdaderamente: en los barrios tradicionales. Los medios de comunicación actuales, como la televisión por cable y el Internet, los mantienen en contacto con lo que sucede en sus lugares de origen.

Llama la atención que ahora los norteamericanos compran propiedades en las colonias populares de la ciudad; aquellas que, incluso, carecen de servicios básicos. Allí, con su presencia, aparte de traer su cultura, introducen mejoras en el entorno, elevando la calidad de vida. La gente aprecia eso y facilita su proceso de integración. La forma de ser abierta y confianzuda de los locales es un atractivo muy especial para ellos.

En el caso de cada uno de los inmigrantes que conozco, pudiera asegurarse que lo que los atrajo inicialmente fue el mar, pero lo que los mantiene arraigados es el barrio donde habitan; el tipo de vida al que tienen acceso y la sincera calidez de la gente con quien comparten, conformando con esto, una simbiosis muy particular: un barrio global (así le llamo).

El paisaje, el bello centro histórico y la magia de las bulliciosas calles, llenas de niños jugando, hacen el resto.

Andrés