Pausa

La pausa en el DVD sirve para ver con detalle alguna escena, para detenidamente observar un momento determinado. Así, en estos días de pausa, podemos revisar la imagen del año que está terminando. No es que estas semanas sean para meditar ineludiblemente, pero, en verdad, sirven para hacer un balance y tratar de obtener una perspectiva más serena.

No es obligatorio hacerlo (ni los calzones rojos, ni el monedero, ni las maletas detrás de la puerta lo son), simplemente, el calendario nos ayuda a ver esto como la oportunidad de recomenzar... una vez más. El inicio del año como una referencia, el punto de partida de nuevas intenciones o votos renovados.

Fin de la pausa: Play.

Tio Joe

Hombre al agua

El pobre nunca supo lidiar con el alcohol. Decía que a él no le gustaba el agua, que eso estaba bien para las mulas y los cochis, pero no para él. Él sólo bebía cheve, aguardiente, tequila, ron, jerez; todo lo que le produjera un estado de atolondramiento y euforia.

Es verdad que yo así lo conocí, y así llegué a quererlo a montones. Supongo que su buen corazón y gran sentido del humor empequeñecían esos detalles. No me importó que fuera un bruto en todo lo demás, incluso en eso de la bebida. A mí sólo me interesaba que era un buen hombre, uno trabajador —y que entre broma y caricia— me hacía felices los días.

Luego de su muerte, todos en el pueblo me echaron la culpa. ¿Pero qué querían que yo hiciera? Si cuando se emborrachaba no hacía caso de nada ni nadie. Y si hubiera amarrado mejor al caballo, o lo hubiera escondido fuera del establo, de todos modos se las había arreglado para salir de ahí a todo galope. Como aquella vez en que, embrutecido, le robó su potrillo a Don Jacinto y no regresó sino hasta una semana después, con el alazán tan flaco que daba pena nomás mirarlo.

Mi Cuco fue un buen hombre, pero la maldita botella pudo más que el amor que todo el que lo conocía le profesaba, incluyéndome a mí, que con hartas ganas lo quise.

Nunca olvidaré esa noche. Cumplíamos ya ocho años de casados, lo esperaba en la casa con tremendas ansias de verle, pero nunca se apareció. Al día siguiente, que no llegó a dormir, me enteré que había agarrado festejo desde temprano. Me lo dijo el cantinero que era muy amigo suyo, y no tengo razón para dudarlo.

Días después, el compadre Ramiro se apareció en la casa, venía con el caballo de mi marido. Yo me emocioné al reconocer al animal, que se veía más flaco de cuando Cuco se pilló al de Don Jacinto, y rápido pregunté por mi esposo. Pero el compadre no me supo decir nada de eso. Al caballo lo encontraron la noche anterior pastando cerca del río.

Quizá hubiera sido mejor dejarlo así, pensar que el muy canijo andaba nomás por ahi, de vivo, entreteniendo a alguna muchacha con el carisma con que contaba sus historias, sus mentiras que tan gratos momentos provocaba el escucharlas.

Pero no fue así. Creo que era una tarde de abril cuando me dieron la fatal noticia. Habían hallado el cuerpo de mi Cuco, o más bien, lo que el mar había dejado de él. Sus restos deambulaban a placer de la marea, entre las piedras más cercanas a la orilla que formaban el profundo desfiladero. Al menos el caballo no fue tan bruto para ir a parar a esa odiosa fosa.

Desde entonces han pasado sus años. Yo nunca me volví a casar. Nomás pa’ andar en las mismas... no le vi el caso.

Aquí, en éste barranco que conduce al mar, construyeron una bardita de piedra, según pa’ evitarse asuntos tan trágicos.

Vengo a visitarte, como cada año, mi Cuco querido, para festejar nuestro aniversario. Aunque sé muy bien que, en donde te encuentres, no debes estar pasándola mal. ¡Pero mira bruto, que venirte a morir aquí, atragantándote en agua!... sabiendo muy bien que eso a ti no te gusta.

Kinema



Le faltan muelles a la Web o navegante no hay camino…

Internet llegó para modificar nuestros patrones de percepción y manejo de información, así como para extrapolar o exogenar aquellos que subyacen en nuestros mecanismos mentales; en concreto: el pensamiento. No es exagerado comentar que, al ver una página Web, un sitio en la red, sin darnos cuenta, estemos contemplando una representación holística u holográfica de nuestro campo semántico mental. Contemplamos nuestra propia forma de pensar, simbolizar y abstraer.

Sí, el pensamiento es como una página Web: utiliza símbolos que refieren a diferentes connotaciones y denotaciones; no es lineal, se mueve en direcciones impredecibles, según busque conexiones o caiga en ellas accidentalmente —como cuando una palabra, aroma, sonido o símbolo nos mueve de una idea a otra, o nos remite a una experiencia: La última charla con la pareja, por ejemplo—, y sobre todo, renombra y abstrae significados complejos sobre el propio individuo. El pensamiento, como la Web, crea una percepción específica de sí mismo que suele representarse en nombres-clave. Así, si decimos de nosotros: soy soñador, audaz, aventurero, loco, místico, realista, en la web nos renombramos adquiriendo una nueva identidad, que por lo general, se expresa de múltiples formas (en nuestro identificador del messenger por ejemplo), siendo esta una forma de descorporeización, de representarnos sin forma física, sólo como un concepto, un pre-diseño de algo que queremos ser.

Si comprendemos entonces que la Web es una extensión inconsciente de nuestro pensamiento en la búsqueda de una identidad, debemos repensar ésta como lenguaje complejo que sirve para representar la conciencia profunda, abstracta del individuo. Esto implica, en si mismo, todo un reto, ya que sin el conocimiento y conciencia plena de ese lenguaje, es imposible ordenarlo en términos de identificación con los usuarios de la red, como ha señalado Javier Echevarría: "El ciberespacio existe según la conciencia que tenemos de el: La implicación del diseño en los problemas de comunicación de estos sistemas debe estar presente en todas las fases de planificación de cualquier proyecto para Internet".

Así, al visualizar la Web como un problema de diseño para conseguir la identidad con el usuario, debemos concebir a la red no sólo como una tecnología, sino como un lenguaje que coexiste con otros en nuestro entorno social, y entender, como Javier Echeverría, que “tanto el espacio, como el ciberespacio son construcciones culturales y lingüísticas del ser humano”. Quizá, esta falta de apreciación de las Web como un lenguaje que representa una extensión del pensamiento, es lo que ha generado la pobreza e ineficacia del diseño de tantos sitios y páginas de la Internet.

¿ Cómo diseñar la identidad Web?

El diseño de una página Web debe, entonces, considerar el dominio del lenguaje que le es propio. Ese lenguaje se expresa en dos niveles: Lo visual y lo funcional. El primero debe representar un universo estético y dinámico acorde a las referencias culturales del individuo: una página plana, sin movimiento, por lo general, alejará al 90% de los usuarios al ver una incongruencia de ese mundo con el suyo, más dinámico y configurado en otra estética. Por otra parte, lo funcional, tendrá que ver con las herramientas, conexiones y experiencias que ponemos a disposición del usuario. Si el sitio permite hacer interacciones, encontrar información, entretener y propiciar retroalimentación, el emisor-soporte de la página, el usuario, creará vínculos que se traducen en identidad.

Ahora bien, el manejo de ese lenguaje, implica el conocimiento y dominio del alfabeto, códigos de la Web que, por lo general, pertenecen a tres dimensiones: Lo visual, compuesto por el alfabeto -idioma de referencia y lo pictográfico (en ese sentido la red regresa al ser humano a su origen de representación simbólica que se representó en los jeroglíficos en gran parte de su proceso civilizador). Lo sonoro: sonidos, música, que se vuelven identificadores, conectores y componentes de mensaje. Y por último: lo secuencial, que implica imágenes en movimiento y, sobre todo, la hipertextualidad.

Comprender el concepto de hipertextualidad es esencial para dimensionar el lenguaje del Internet en toda su extensión: Cuando leemos un libro nos referimos a lo textual, es decir, a lo lineal, seguimos un texto siempre en un orden pre-establecido, leemos de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo; sólo algunas formas poéticas rompen este esquema creando un hipertexto, donde el lector es el que construye el camino a seguir de su lectura. La página Web funciona igual: El texto lo configura el lector, el hipertexto es en si la secuencia que él crea para crear su propio texto. De aquí se desprende un concepto casi axiomático: Si el diseño de la Web no permite una construcción dinámica y hasta heurística entonces el diseño es pobre, entonces es imposible, tal y como se define: Navegar. Navegante no hay camino pues….

Más allá del diseño: El contenido

Si bien es cierto que un diseño adecuado en cuanto a lo visual, lo funcional y el hipertexto conducen a la identidad, tanto de la página como de las marcas representadas en la red, ( que por cierto se democratizan, al participar como identidades simétricas, no importa su poder económico o político, una empresa pequeña y la trasnacional pueden tener una participación similar en la red ), generalmente la identidad que está produciendo Internet, es una Identidad vacía, sin sustancia y por lo tanto, en la mayoría de los casos: Trivial.

Lo anterior se debe fundamentalmente a la canalización de la información de la red, misma que proviene de una de sus principales cualidades, pero a su vez, uno de sus principales defectos: La velocidad. Todo es tan rápido y fácil en la red, que nadie se detiene a valorar, analizar y reflexionar sobre el valor y pertinencia de la información. La información de la Internet se entrecruza, se disipa, se combina, pero a tal velocidad, que perdemos la perspectiva ante el peso de las cosas, ante el entorno en que nos movemos física y culturalmente.

La paradoja del Internet reside en el hecho de que si bien el agregar más velocidad a los mensajes tiene su razón de ser en el plano funcional, tal velocidad ha reducido el contenido de los mismos, relegándolos a simples anuncios, o imágenes descontextualizadas además de trivializadas. Así, quien a marcado el tiempo de la red son las empresas y el mercado, y no el usuario que acaba modelado a imagen y semejanza de los primeros.

Y si bien es cierto que todo espacio cultural es un espacio para el consumo y para el diseño, la forma en que se diseñe y se consuma creara riqueza o pobreza cultural.

Aquí la red tiene, de cara a su agotamiento conceptual no tecnológico, un gran reto: Reconfigurarse a si misma, para crear más contenido, y repensarse como un espacio que genere menos trivialización, más riqueza, más peso, más fondo, y sobre todo más interacción conciente y constructiva de los individuos. Sitios como nuestro —me atrevo a llamarlo así— muelle 66, reivindican el sentido de la red, aportándole un valor cultural y lingüístico, que reclama, y merece la internet...hacen falta muchos muelles, reflexiono, para que el hipertexto deje de estar vacío.

Mientras esto no ocurra, no se cumplirá la profecía de Bill Gates que anuncia un futuro en que la red se equipare a la lectura como la segunda gran herramienta de progreso. Hoy, si bien a cambiado el mundo, todavía no ha cambiado a los hombres... los libros llevan más de un milenio haciéndolo con creces.

Zuripanto




Sin título. Alessandro Volpi © 2003



Mesa para dos

Simplemente sucedió. Había algo en ella que atrapaba el pensamiento y la mirada de una manera contundente y veloz. Ella es de esas mujeres que, a pesar de su corta edad y nula experiencia, saben muy bien como atraer a un hombre.

Lo mejor de todo es que ni si quiera se percata de su atracción, no es consciente de las potentes feromonas que va rociando a su paso, ni tampoco sabe lo encantadora que resulta su tímida e inocente voz.

Ella se paseaba con naturaleza por todo el lugar, inquiriendo amable y graciosamente por el platillo de preferencia del comensal. Yo esperaba mi turno con celestial paciencia; no me importaba que aún no se acercara a mi arrinconada mesa para pedirme la orden, puesto que yo estaba fascinado observando sus ires y venires, regalando pequeñas sonrisas al viento, que me servían de entremés.

“No puedo creerlo, pero si es tan sólo una tímida niña de pueblo”, decía la parte más consciente de mí, que —terca como siempre— no acreditaba que aquella juvenil e ingenua figura me tuviera tan embelesado.

Por fin llegó la hora: se acercó a mí y, no conforme con alterarme el cerebro con su gracia y sensualidad innatas, endulzando aún más su voz, se puso a mi entera disposición. Era increíble como llevaba a cabo esos efectos estimulantes sin perder ni un gramo de esa otra parte suya de timidez y recatamiento que terminaba envolviéndola en radiantes nimbos tan rosados y antojables como su tersa piel.

Hice lo que pude para alargar el proceso de mi comanda, misma que demoró otro rato considerable en traer hasta mí, pero ya había mencionado que ni el hambre ni el tiempo me importaban demasiado estando ella ahí para suavizar mis dolencias.
Comí l-e-n-t-a-m-e-n-t-e... todo fuera por regalarle un segundo más de sus inocuos ojos a los míos.

Al salir del lugar no recordaba ni qué me había engullido; cierto era que yo fui a cenármela a ella, y que había sido el platillo más exquisito que hubiera devorado en mucho tiempo.

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