El rapto de la TV

La siguiente serie de ensayos que me permito compartir en el Muelle, surgen de dos realidades: Una, el momento histórico determinante que vivimos cuando por primera vez en la historia de nuestro país está por votarse una nueva legislación de radio y televisión, que replantearía la posesión de las frecuencias, democratizando la participación en los medios, y acotando privilegios, especialmente el de las dos televisoras —que conforman de facto un oligopolio—, abriendo un espacio enorme para el desarrollo de canales regionales, estatales, además de generar y obligar a una mayor y mejor producción nacional. La otra realidad, es el trabajo que realizo en la maestría que curso, y que ahora, coincidentemente, se centró en la televisión como materia de análisis.

Reflexionando sobre la importancia de comprender más lo que está por venir, para valorar el papel que deberemos jugar como audiencias responsables y comprometidas con el verdadero proceso de la construcción democrática del país —se apruebe o no la nueva propuesta de ley—, comparto esta secuencia de dos o tres trabajos sobre el medio masivo por excelencia, basándome en las contribuciones de diferentes teóricos y de algunos visionarios sobre el futuro que, paradójicamente, ya está aquí.

Va el primero, basado en el tapatío e investigador ( en ese orden claro ) de nuestra Universidad de Guadalajara, Guillermo Orozco.


La utopía televisiva: hacia una pedagogía de las audiencias

Comprender la televisión hoy en día requiere reconocer a la televisión, no como un medio lineal, es decir, como algo que por el simple hecho de transmitir un mensaje produce un efecto en los receptores; esa visión además de simplista, es obsoleta y corresponde a los discursos sociales del funcionalismo, que asumían que la sociedad es sólo una masa informe que no procesa en absoluto lo que recibe. No, hoy debemos asumir que la televisión es panorámica, es decir: un medio deconstruido en sus mediaciones, entiéndase sus interacciones con elementos del entorno sociocultural, como intermediarios o —válgase el neologismo— mediarios entre los mensajes y las audiencias.

Este planteamiento tiene su origen en el siempre mal comprendido Marchal Maculhan Marchall, que planteó en su libro La aldea global aquella siempre mal interpretada frase de "el medio es el mensaje", refiriéndose no al medio de comunicación sino al medio social, con sus mediaciones; así si el medio es pobre, en lo espiritual, en lo educativo, en sus interacciones y diálogos, aún teniendo medios ricos en contenidos y alcances, los mensajes serán pobres.

Sólo conociendo estas mediaciones se puede —tal y como lo ha planteado Orozco en su trabajo: Audiencias, televisión y educación: una deconstrucción pedagógica de la televidencia y sus mediaciones, publicado en la Revista Iberoamericana de Comunicación— lograr una "educación de las audiencias", en términos de que se pueda aspirar a un nivel de consciencia respecto a las agendas y mensajes televisivos que permitan propiciar un diálogo social constructivo que enriquezca la mirada, pero también el objeto susceptible de ser visto en la TV.

Esta, como la denomina Orozco, “utopía mediática”, o utopía televisiva, debe tener el mismo peso que las utopías de democracia y justicia social, si es que aspiramos a una verdadera sociedad desarrollada, además de plural.

Y el eje para lograr esa construcción, que paradójicamente requiere de una reconstrucción —en un sentido que se antoja “rilkeano”, ya que el planteamiento sugiere, parafraseando al filósofo alemán, que para construir un mundo hay que reconstruir el existente— necesita de la comprensión y análisis de las mediaciones que conforman el medio televisivo en su totalidad, y de forma especial las instituciones que configuran dichas mediaciones, ya que ellas son las que activan o frenan los procesos de evolución o involución social.


"Las instituciones son las mediadoras, entre el medio y las audiencias", parece sugerir todo el trabajo de Orozco, y la tesis parece congruente si reflexionamos cómo el gobierno, la familia, la iglesia, la escuela, juegan un papel determinante en la conformación de audiencias a partir de la decodificación o no de mensajes, es decir, en su receptividad crítica frente a lo que se consume frente al medio, en este caso la televisión.

Esas mediaciones suelen ser contradictorias, como sucede con la familia mexicana, especialmente la más conservadora, que rechaza contenidos supuestamente “inmorales” de algunos productos televisivos, como los talk shows o realitys pero solapa y tolera los valores impuestos por las telenovelas a la televisa, donde el chantaje lacrimógeno impera y es adoptado como forma de coerción, por más de alguna estructura familiar.

Bajo esa comprensión de la conexión de la televisión con las instituciones Orozco concluye, con mucho tino, que la primera es también una institución, es decir: Parte de los sustentos de la estructura social, por lo tanto, debe evolucionar junto las segundas, de forma que se consiga una audiencia menos sometida a los defectos o vicios de la conformación institucional.

Y el camino para lograrlo, haciendo una síntesis de los planteamientos de Orozco, parece estar en dos vías, la primera denominada: Ética de la pluralidad, que implica que la TV no se limite a ser un medio de los macrosegmentos, de “infopobres e inforricos”, derivados de la óptica restringida en que se configura la programación televisiva y considere a minorías, tales como indígenas, indigentes, personas de la tercera edad, entre otros grupos, de forma que se termine con la etiqueta de televisión o comercial para generar una televisión universal. Y la segunda, que se puede resumir en una palabra: Diálogo, que consiste en generar procesos para que las audiencias se motiven a hablar de la televisión, "comentarla, repensarla, y usarla para sus propios fines, así como hablar de si mismos en tanto sujetos televidentes", según lo expresa el mismo Orozco.

Generar ese diálogo requiere una serie de modificación estructurales que impacten en las instituciones: Requiere crear asociaciones de televidentes, crear además medios que analicen y critiquen a los propios medios, foros, seminarios y una gran labor que no se limite a lo académico —en donde por lo general se circunscribe el análisis— y trascienda a lo social.

Requiere de una modificación de las leyes claro está, pero acompañada de instrumentación estratégica en lo social que impulse la transformación institucional (la leyes son la base, no el edificio), ya que leyes sin acción social son terreno baldío, desperdicio…. de lo contrario los cambios no serán ni de canal.


Zuripanto

Fin, el buen Fin.

Si traes ganas de ver una buena película ve y renta The Station Agent (Yo me topé con ella en Blockbuster). Se agradece una película presentada con tan exquisita sencillez, propia de aquellos que dominan lo que hacen. Este es un buen ejemplo de que no hay que hacer gran alharaca para mantener la atención del espectador. El único requisito: saber contar una historia.

No es de lo más práctico buscarla por su título en inglés; es necesario dar pistas del guión para encontrarla por su título en español (por alguna razón —que no entiendo—, las personas encargadas de traducir los títulos al español se esmeran en revelarnos algo de la trama en sus estúpidas y, a veces, ofensivas traducciones).

"Descubriendo la amistad". Buen cine, sin quebrarse la cabeza, para terminar bien febrero.

stationagent

Tio Joe


Sólo

Soy sólo yo
a tu espalda
desgastándote la piel
en recorridos eternos

soy sólo tú
fuera de tí

Soy sólo yo
frente al espejo
respirándote a mi lado
en movimientos serenos

soy sólo tú
sin reflejo

Soy sólo yo
inmóvil, quieto
agazapado en un vientre
envolviéndome en tus dentros

Soy sólo tú
en silencio.

Soy sólo yo
encima de las palabras
por debajo de tu aliento
bebiéndome el pensamiento

Soy sólo tú
en campo abierto.

JC Pelayo



La hora rosa

No recordaba cómo ni porqué, ni mucho menos cuándo había sido la primera vez que sus ojos la descubrieron a ella –toda candor y vida, esplendor y serenidad–, resaltar de entre las piedras besadas por la brisa y la sal arenosa, como lo hubiera hecho un agudo cacto enhiesto sobre el duro hielo polar.

Eso en verdad no importaba, sí lo hacía, por otra parte, la obcecación que sobre él ejercía aquella melena dorada, contada en cada uno de sus hilos por el viento, su nariz perfectamente angulada –para no parecer demasiado orgullosa ni que se notara extraña–, emergiendo de entre ese par de mejillas muy irrigadas que sostenían sus tibios ojos color ámbar, lo suficientemente arriba, para ser disfrutados por todos; celando caprichosas su tesoro más preciado: unos labios finos, de un sutil rosa humedecido que le dibujaban la sonrisa.
Verla así, admirarla cada tarde, pareciéndole más bella cada vez, hacía que la pensara –a ella, su musa– como una flor valiente e inapreciable que se eleva en terreno infértil para su naturaleza, ajena a toda posibilidad de vida.

Sucedía que, en más de una ocasión, cruzaba por su mente la idea de acercarse a ella, formular alguna pregunta francamente estúpida, un comentario vago con qué llamar su atención aunque fuera por un instante. Con suerte y durante esos breves segundos, ella sabría que él la admiraba como a nadie, que se acercaba hasta su figura núbil, hasta ese torcido jirón de playa –cada tarde, a la hora rosa– con la misma esperanza: queriéndose tornar viento marino para recorrerla a sus anchas, brisa ligera para lamer su piel trigueña y refrescarla; la piedra y el musgo que su regazo abrazan.

Pero más que nada, queriéndose volver sol. Sol para dar a luz a sus pupilas, para regalarle todo cuanto de bello se admira y que sin él nada de bello admirara.

* * *

Ella, por su parte, disfrutaba enormemente las horas transcurridas a la postre del mar tranquilo, el único que se sabe comportar frente a una dama, el de la hora rosa. Como recorrieran las olas su vasto e incalculable camino para llegar hasta ese pedazo de costa, recorrían aquellos sus dedos espigados las páginas del grueso libro que consigo siempre portaba, como símbolo inequívoco de su amor por la lectura.

Muy cierto que ella, joven hermosa de candidez extraordinaria, había olvidado fecha exacta en que encontró de buen agrado gastar sus tardes al cobijo de las piedras que rompen y desgarran olas, irrumpiendo ella con mucha menor violencia en las páginas saladas de su libro.

Recordaba, eso sí, desde un principio, a ese joven apacible, ensimismado en su alma de artista, de pintor atareado en imprimir honrosamente lo que el mar hasta su lienzo lleva.

Pidiendo ella también, después de mucho verle y mucho acostumbrarse a su asistencia, de admirar su temple y sensibilidad estética, de casi amarle, de quererle como se quiere lo que –irrazonablemente– no nos pertenece sólo debido a nuestra incapacidad exploradora; pidiendo ella también que el mar hasta él la arrojase, y que plasmara su estival belleza, que era tanto o mayor a la del ocaso estivo.

* * *

Otra cosa hubiera sido, si el buen muchacho, el joven pintor que para sí tanto deseaba, para satisfacer su hambre de belleza, alguna vez hubiese sacrificado su arte en pos del amor que no espera. O si la eterna distante, en su lasitud de beldad sin mácula, logrado hubiera desprenderse de su frivolidad de Venus marmórea, si se hubiera golpeado un segundo con las rocas –aunque sangrara la vida– para regresar a la realidad que duele y dirigir una sonrisa afable al retraido pintor que expectante la amaba.

hora.rosa

Quizá entonces, otro cosa fuera éste relato. Tal vez se hubieran dejado de engaños, porque el arte es un bribón que a todos engaña. Y al acercarse el uno al otro, descubierto habrían que el grueso libro de ella siempre en blanco perecía; que el lienzo inacabable de él, contenía la efigie de su amor perdido, nunca buscado.



Pero eso nunca sucedió, sí, en cambio, lo otro: que en una de aquellas lábiles tardes, con el cielo plañidero y una luna recortada –finísima, pendiendo endeble de su cuerno–; uno de ellos, oscuros amantes, se cansó (porque ya bien he dicho que el amor no conoce de esperas), dejando al otro un sabor más amargo que la sal entre uno y otro labio, ahí, donde se acomoda el beso. Se cansó de que el amor se negara siempre, siempre a la hora rosa.

Kinema



Cupido acoplado

Me platica mi hijo que en su preparatoria se han organizado para recabar fondos, aprovechando el 14 de febrero, y es por esto que tienen un "puesto" (es una mesa) con flores y tarjetas a la venta. Cualquier alumno o alumna puede acercarse, comprar una rosa y pedirle a alguna de las chicas "cupido" que hagan llegar su mensaje de amor o amistad a la chica o chico de su elección. La chica "cupido", que trae sus alas puestas y una aureola, se dirige al salón en busca de cumplir cabalmente su encomienda.

Lo que más llamó mi atención del relato de "George" es que, según me comenta, hay también, chicas "cupido" con alas negras. Estas, me dice, cumplen la función de llevar mensajes de desamor. Literalmente me dijo: "ellas llevan las mentadas de madre".

Me causó mucha gracia. Le pregunté "¿Son sólo chicas? o ¿hay chavos cupido?, a lo que me contestó: "Son puras chicas... pero hay un chico gay "acoplado" con ellas".

Me agrada que los chavos le echen imaginación a estos días y a la forma en que recaban recursos para sus actividades. Me los puedo imaginar perfectamente: van y vienen con sus "alitas", llevan rosas o mentadas; es por un interés romántico o terapia de desahogo. Finalmente, es el corazón el que busca mantenerse sano. Me agrada que el cupido gay se incorpore sin pena a su actividad. Me entusiasma que todos lo acepten con una tolerancia que, según me pude percatar por la charla, es bastante sincera. Resulta genial.

Tio Joe

Secretos del mar

Pocos saben lo que el mar puede influir en uno. Su presencia seduce, encanta y subyuga. Lo marca a uno de por vida (Si pudiéramos preguntarle a Alberti).

El que no crece frente a él desconoce el efecto que puede llegar a tener el canto de sus sirenas, que embelesan, atrapan y llevan a la ruina. Lleva tiempo aprender a moverse en sus corrientes.

Y, aún conociéndole, resulta indescifrable lo que el mar tiene, que induce a un estado tan peculiar y único; que empuja, llevándose con su fuerza, a aquel ávido de nuevas experiencias, envuelto en los melodiosos cantos de sus sirenas.

Pero, "si hay un mortal que pueda resistir su canto, las que mueren son ellas"... Quizá, esto explique su verdadera ausencia; por ello, quizá, el sexo frente al mar se reduce a una fantasía, o cuando mucho a uno que otro beso ocasional, en las noches en que mis oídos estaban, como los de Odiseo, cubiertos con cera.

Este es uno de los secretos que el mar guarda, oculto en sus profundidades, junto al naufragio de tantas aventuras fallidas: la verdad del tímido amante del mar, que nunca escuchó cantar a sirena alguna.

Tio Joe

Página 28

La primera vez que leí este libro, me causó una grata impresión. Tanto así que me di el gusto de regalárselo a algunos amigos.

Sin embargo, es tan sólo un párrafo lo que me gustaría citar. Un párrafo que, al leerlo por primera vez, sentí como si yo hubiese sido capaz de escribirlo de mi puño y letra (guardando toda proporción justa con el autor). O quizá, en el fondo, haya sido la sensación, el deseo oculto de haber sido yo quien lo escribiese.
"Ni el amor, ni los encuentros verdaderos, ni siquiera los profundos desencuentros, son obra de las casualidades, sino que nos están misteriosamente reservados. ¡Cuántas veces en la vida me ha sorprendido cómo, entre las multitudes de personas que existen en el mundo, nos cruzamos con aquellas que, de alguna manera, poseían las tablas de nuestro destino, como si hubiéramos pertenecido a una misteriosa organización secreta, o a los capítulos de un mismo libro! nunca supe si se los reconoce porque ya se los buscaba, o se los buscaba porque ya bordeaban los aledaños de nuestro destino".*
He vuelto a este párrafo en un par de ocasiones. Personas aparecen y desaparecen en nuestras historias, pero hay siempre un pequeño y selecto grupo de almas que permanece marcado en nuestra memoria, como la cicatriz del ombligo, que nos recuerda toda la vida que, sin los demás, no podemos llegar a ser; que hay alguien que nos nutre y nos enriquece, en lo que estamos listos para poder repetir el círculo, en la espiral de la vida.

Son los verdaderos protagonistas de la historia personal, de los que tanto gusto me da hablar, personajes auténticos, sinceros. Cómo quisiera listarlos, pero sería de lo más injusto. Prefiero repasar sus caras y sus nombres, cada vez que leo este párrafo, en la página dónde aparece cuatro veces la palabra destino.

*La Resistencia, Ernesto Sabato. P.28 (Seix Barral).