febrero 07, 2005

Página 28

La primera vez que leí este libro, me causó una grata impresión. Tanto así que me di el gusto de regalárselo a algunos amigos.

Sin embargo, es tan sólo un párrafo lo que me gustaría citar. Un párrafo que, al leerlo por primera vez, sentí como si yo hubiese sido capaz de escribirlo de mi puño y letra (guardando toda proporción justa con el autor). O quizá, en el fondo, haya sido la sensación, el deseo oculto de haber sido yo quien lo escribiese.
"Ni el amor, ni los encuentros verdaderos, ni siquiera los profundos desencuentros, son obra de las casualidades, sino que nos están misteriosamente reservados. ¡Cuántas veces en la vida me ha sorprendido cómo, entre las multitudes de personas que existen en el mundo, nos cruzamos con aquellas que, de alguna manera, poseían las tablas de nuestro destino, como si hubiéramos pertenecido a una misteriosa organización secreta, o a los capítulos de un mismo libro! nunca supe si se los reconoce porque ya se los buscaba, o se los buscaba porque ya bordeaban los aledaños de nuestro destino".*
He vuelto a este párrafo en un par de ocasiones. Personas aparecen y desaparecen en nuestras historias, pero hay siempre un pequeño y selecto grupo de almas que permanece marcado en nuestra memoria, como la cicatriz del ombligo, que nos recuerda toda la vida que, sin los demás, no podemos llegar a ser; que hay alguien que nos nutre y nos enriquece, en lo que estamos listos para poder repetir el círculo, en la espiral de la vida.

Son los verdaderos protagonistas de la historia personal, de los que tanto gusto me da hablar, personajes auténticos, sinceros. Cómo quisiera listarlos, pero sería de lo más injusto. Prefiero repasar sus caras y sus nombres, cada vez que leo este párrafo, en la página dónde aparece cuatro veces la palabra destino.

*La Resistencia, Ernesto Sabato. P.28 (Seix Barral).

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