febrero 28, 2005

El rapto de la TV

La siguiente serie de ensayos que me permito compartir en el Muelle, surgen de dos realidades: Una, el momento histórico determinante que vivimos cuando por primera vez en la historia de nuestro país está por votarse una nueva legislación de radio y televisión, que replantearía la posesión de las frecuencias, democratizando la participación en los medios, y acotando privilegios, especialmente el de las dos televisoras —que conforman de facto un oligopolio—, abriendo un espacio enorme para el desarrollo de canales regionales, estatales, además de generar y obligar a una mayor y mejor producción nacional. La otra realidad, es el trabajo que realizo en la maestría que curso, y que ahora, coincidentemente, se centró en la televisión como materia de análisis.

Reflexionando sobre la importancia de comprender más lo que está por venir, para valorar el papel que deberemos jugar como audiencias responsables y comprometidas con el verdadero proceso de la construcción democrática del país —se apruebe o no la nueva propuesta de ley—, comparto esta secuencia de dos o tres trabajos sobre el medio masivo por excelencia, basándome en las contribuciones de diferentes teóricos y de algunos visionarios sobre el futuro que, paradójicamente, ya está aquí.

Va el primero, basado en el tapatío e investigador ( en ese orden claro ) de nuestra Universidad de Guadalajara, Guillermo Orozco.


La utopía televisiva: hacia una pedagogía de las audiencias

Comprender la televisión hoy en día requiere reconocer a la televisión, no como un medio lineal, es decir, como algo que por el simple hecho de transmitir un mensaje produce un efecto en los receptores; esa visión además de simplista, es obsoleta y corresponde a los discursos sociales del funcionalismo, que asumían que la sociedad es sólo una masa informe que no procesa en absoluto lo que recibe. No, hoy debemos asumir que la televisión es panorámica, es decir: un medio deconstruido en sus mediaciones, entiéndase sus interacciones con elementos del entorno sociocultural, como intermediarios o —válgase el neologismo— mediarios entre los mensajes y las audiencias.

Este planteamiento tiene su origen en el siempre mal comprendido Marchal Maculhan Marchall, que planteó en su libro La aldea global aquella siempre mal interpretada frase de "el medio es el mensaje", refiriéndose no al medio de comunicación sino al medio social, con sus mediaciones; así si el medio es pobre, en lo espiritual, en lo educativo, en sus interacciones y diálogos, aún teniendo medios ricos en contenidos y alcances, los mensajes serán pobres.

Sólo conociendo estas mediaciones se puede —tal y como lo ha planteado Orozco en su trabajo: Audiencias, televisión y educación: una deconstrucción pedagógica de la televidencia y sus mediaciones, publicado en la Revista Iberoamericana de Comunicación— lograr una "educación de las audiencias", en términos de que se pueda aspirar a un nivel de consciencia respecto a las agendas y mensajes televisivos que permitan propiciar un diálogo social constructivo que enriquezca la mirada, pero también el objeto susceptible de ser visto en la TV.

Esta, como la denomina Orozco, “utopía mediática”, o utopía televisiva, debe tener el mismo peso que las utopías de democracia y justicia social, si es que aspiramos a una verdadera sociedad desarrollada, además de plural.

Y el eje para lograr esa construcción, que paradójicamente requiere de una reconstrucción —en un sentido que se antoja “rilkeano”, ya que el planteamiento sugiere, parafraseando al filósofo alemán, que para construir un mundo hay que reconstruir el existente— necesita de la comprensión y análisis de las mediaciones que conforman el medio televisivo en su totalidad, y de forma especial las instituciones que configuran dichas mediaciones, ya que ellas son las que activan o frenan los procesos de evolución o involución social.


"Las instituciones son las mediadoras, entre el medio y las audiencias", parece sugerir todo el trabajo de Orozco, y la tesis parece congruente si reflexionamos cómo el gobierno, la familia, la iglesia, la escuela, juegan un papel determinante en la conformación de audiencias a partir de la decodificación o no de mensajes, es decir, en su receptividad crítica frente a lo que se consume frente al medio, en este caso la televisión.

Esas mediaciones suelen ser contradictorias, como sucede con la familia mexicana, especialmente la más conservadora, que rechaza contenidos supuestamente “inmorales” de algunos productos televisivos, como los talk shows o realitys pero solapa y tolera los valores impuestos por las telenovelas a la televisa, donde el chantaje lacrimógeno impera y es adoptado como forma de coerción, por más de alguna estructura familiar.

Bajo esa comprensión de la conexión de la televisión con las instituciones Orozco concluye, con mucho tino, que la primera es también una institución, es decir: Parte de los sustentos de la estructura social, por lo tanto, debe evolucionar junto las segundas, de forma que se consiga una audiencia menos sometida a los defectos o vicios de la conformación institucional.

Y el camino para lograrlo, haciendo una síntesis de los planteamientos de Orozco, parece estar en dos vías, la primera denominada: Ética de la pluralidad, que implica que la TV no se limite a ser un medio de los macrosegmentos, de “infopobres e inforricos”, derivados de la óptica restringida en que se configura la programación televisiva y considere a minorías, tales como indígenas, indigentes, personas de la tercera edad, entre otros grupos, de forma que se termine con la etiqueta de televisión o comercial para generar una televisión universal. Y la segunda, que se puede resumir en una palabra: Diálogo, que consiste en generar procesos para que las audiencias se motiven a hablar de la televisión, "comentarla, repensarla, y usarla para sus propios fines, así como hablar de si mismos en tanto sujetos televidentes", según lo expresa el mismo Orozco.

Generar ese diálogo requiere una serie de modificación estructurales que impacten en las instituciones: Requiere crear asociaciones de televidentes, crear además medios que analicen y critiquen a los propios medios, foros, seminarios y una gran labor que no se limite a lo académico —en donde por lo general se circunscribe el análisis— y trascienda a lo social.

Requiere de una modificación de las leyes claro está, pero acompañada de instrumentación estratégica en lo social que impulse la transformación institucional (la leyes son la base, no el edificio), ya que leyes sin acción social son terreno baldío, desperdicio…. de lo contrario los cambios no serán ni de canal.


Zuripanto

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