Sabiduría urbana

Estando en Culiacán, en mi viaje del mes pasado, discutíamos sobre la belleza femenina en aquella ciudad, capital de este estado. El fenómeno es notorio. En Culiacán hay muchas mujeres muy bellas y de cuerpos muy bien "hechecitos". Un taxista me decía que, para él, lo mejor de todo era que las mujeres de la localidad eran amistosas. "Si platican con uno".

Ya en la oficina de un respetable empresario de la localidad, conversaba con su hijo y David (ese David es un buen amigo). David sostenía que en Culiacán había muchachas más bonitas que en el puerto de Mazatlán. Hubo un intercambio de opiniones. David endureció su postura ante las dudas manifestadas por Ricardo y un servidor. "¡Aquí las muchachas están más buenas que en Mazatlán!" afirmó con vehemencia. A lo que Ricardo respondió para finalizar la discusión "Si, cabrón, pero allá andan en bikini y aquí no".

TIO JOE

La respuesta de Joaquín

En días pasados hice un viaje de tres días a Culiacán, Sinaloa. En el viaje de regreso, abordé un autobús y me tocó sentarme al lado de un carpintero. Era Don Guillermo, hombre de campo, hombre de estas tierras, que, por azares del destino, emigró a Guadalajara en busca de una mejor vida.

Irónicamente –o coincidentemente– me decía que estaba considerando seriamente regresar a su tierra, pues, más allá de la ilusión de las grandes avenidas y de los seductores centros comerciales, no encontraba razón para quedarse en una ciudad a la cual consideraba más insegura que cuando llegó a ella en 1975. Me decía que acababa de ser robado y que sospechaba que la misma policía del barrio estaba involucrada. La herramienta de su trabajo, toda, había desaparecido en su ausencia. Alrededor de 150 mil pesos en valor tenía lo que ahí había acumulado con gran esfuerzo durante los últimos años. "Lloré" me confesó de forma evidentemente sincera, mientras su mirada se perdía en el paisaje de su infancia. "Vengo de Phoenix. Fui a sacar dinero al otro lado, para rehacerme de mis herramientas".

—Mire— me dijo—, por allí aprendí a usar el tractor. Por aquí sembrábamos todo antes de que llegaran con la tecnología y esto comenzara a civilizarse. Con los gringos aquí, el gobierno comenzó a meter orden.

El trayecto por la autopista entre Culiacán y Mazatlán es de 2 horas, por lo que tuvimos oportunidad de entrar en detalles y hurgar en los recuerdos. Así, el me señalaba un plantío de tomates donde yo veía unos matorrales; me especificaba que aquel grupo de árboles que yo veía como un bello montón de árboles era, en realidad, un huerto de frutales; cuando veía el perfecto trazado del arado, el me explicaba cómo es que alcanzaban esa perfección con tan sólo tomar un punto de referencia en el horizonte y conducir el tractor sin perder de vista esa referencia.

La parte más escabrosa de la charla rondó en torno a la muerte. Un relato en especial fue el que me impactó: Don Guillermo me decía que en la zona del campo donde vivía se mataba para robar. "En aquel entonces no había ley". Y fue así como me relató del hallazgo que hizo una mañana, a la edad de 6 años, según recordó. "Iba caminando cuando me encontré al panadero colgado de un árbol. Lo habían asaltado para robarle el pan". Para mi, el relato ya era lo suficientemente escabroso como para entrar en más detalles. " Lo que más me impresionó fue ver que de aquí pa´bajo se le veían los huesos" me dijo, haciendo una seña con la mano que indicaba de la cintura hacia abajo. "Las liebres se lo habían comido". Oiga, le dije, pero las liebres no comen carne. "No, si, eran liebres".

Me quedé perplejo al imaginarme esa época no tan remota del México del monte, del México sin ley. Me quedé pensando si el recuerdo de un niño de 6 años no estaría dramatizado por el encuentro cercano con la muerte espantosa de un conocido de las rancherías.

La charla y los recuerdos siguieron a lo largo del trayecto. Este hombre, de aproximadamente 1.90 mts. de estatura, fuerte, de tez morena y cabello blanco, parecía alegrarse como el niño que algún día fue, cuando me mostraba los rincones que bien reconocía a lo largo de las costa sinaloense.

Finalmente, nos despedimos en la estación de Mazatlán. Se bajó contento a comprar música. "Aquí hay una tienda que vende música que allá no encuentro", me dijo en lo que se dirigía a un local frente a la central camionera. Oiga, Don Guillermo, le dije antes de que se fuera, tengo un compadre que tiene una fábrica de muebles allá en Guadalajara. En ocasiones necesita gente trabajadora y de confianza. Dicho esto, sacó su cartera y me extendió una tarjeta de presentación. El amor a su tierra natal quedaba en evidencia al verla. La alegría de sus remembranzas quedaba coherentemente engarzada con el nombre de su carpintería allá en la gran ciudad: Carpintería y terminados Sinaloa.

Ya encarrilado en mi rutina, hace unos días, me acerqué a Don Nacho —el de la tienda de abarrotes—, para preguntarle algo que seguía rondando mi mente desde hacía casi un mes. Oiga Don Nacho, usted conoce bien el campo, usted es de San Ignacio. Dígame, ¿las liebres pueden llegar a comer carne? porque hasta donde yo sé, no son animales carnívoros. "Si, si, como no, si pueden comer carne, son carroñeros". ¿Está seguro? "Si, si, si", me respondió, para mi total sorpresa. "Si quieres le preguntamos a Joaquín, el es gente de campo, también".

Salimos en busca del vecino de Don Nacho y, la verdad, hubiera preferido no haberle preguntado nada a Joaquín.

TIO JOE