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— No encuentro a Andrés. No está en su recámara — Así, con esas palabras, desperté a mi mujer. Eran las 7:15 a.m. Buscamos por todos lados. Despertamos a los vecinos. Ellos lo buscaron, también. Andrés apareció circunspecto, a corta distancia, mientras un ciclista que pasaba frente al departamento le gritaba a la vecina, quien miraba en todas direcciones, en un estado de alerta visible, — ¡Señora, su hijo viene allá atrás!—. Ya en casa, hubo un intercambio de palabras.
— Andrés ¿por qué no avisaste?
— Si avisé mamá. Te dejé una nota en la cocina.
El más pequeño de mis hijos se dirigió a la cocina y nos entregó en mano un diminuto mensaje. Lo leímos. Mi mujer y yo nos miramos a los ojos, sin emitir palabra alguna.

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