Pensamientos contradictorios

–Tenés que ayudarme –me dice Gustavo por teléfono–. Vos conocés de minas.
Por un instante siento el eco lejano de mi ego, sonriendo de oreja a oreja. Pero cuando una sombra vela mis ojos, sacudo la cabeza.
–Bueh... como conocer, lo que se dice conocer...
Gustavo se apura.
–No seas boludo. Vos estuviste casado, tuviste mujer, tenés dos hijos.
–Y, pero eso no significa nada. Ojalá supiera tanto de minas. Vos sabés, negro, que yo quería ser agente secreto.
–Dejate de joder con eso otra vez. Te estoy pidiendo ayuda en serio y vos siempre jodiendo con todo.
–No es una joda, boludo. En serio yo quería ser agente secreto.
–¡Me podés escuchar, carajo! –La voz de mi amigo suena angustiada, casi quebrada, y de repente me doy cuenta de que me lo dice en serio. –Ayudame, no puedo más, no puedo más.
Compongo la voz. ¿Cuántas “minas” tuve en mi vida? Que haya querido, que haya amado, una sola. Todavía la amo, a veces espero verla parada al lado de mi ventana, bajo la luna. Llegué a desearlo. Que se manifestara. Pero “minas”... esas que uno conoce, probando relaciones, tratando de encontrar la otra mitad del alma... quién sabe. Un montón. Fracasos. Hermosos, tibios fracasos, pero fracasos al fin. ¿Cómo puedo ayudar así?
–Bueno, tranquilo, papá. Decime en qué te puedo ayudar –Me envalentono.
–Estoy loco por la flaca –empieza. “La flaca” es su novia de toda la vida, la que lucha con él por ser felices desde hace una década. –Me dijo que se quiere ir, que necesita tiempo.
El eco en mi cabeza llega rebotando. Viejos recuerdos, vidas pasadas. Me había ocurrido, claro. ¡Pero qué lomo que tenía esa colorada! Era una guacha. Le faltaba un diente.
–¿Te dijo que está confundida? –pregunto, apenas sorprendido y sabiendo la respuesta.
–Sí, sí... me dijo que está confundida. ¿Cómo puede ser? Hace años que estamos juntos, y ahora se quiere ir. Yo le di todo. Te juro que no puedo ni dormir.
–Hay otro.
El silencio al otro lado de la línea parece infinito. En ese espacio de tiempo detenido, lo único que se oye es el latido de mi corazón, pegándome en el pecho como si estuviera cometiendo un crimen.
–No, no, no me entendés. Ella me pide tiempo, dice que se va a la casa de su vieja unos días, que tiene que pensar, que quiere poner las cosas en claro en su cabeza...
–Hay otro, man –insisto, mirando un mosquito que aterriza en la pared, enfrente de mi nariz–. Cuando una mujer dice que está confundida, es porque hay otro tipo.
–No, Dan, escuchame un poco.
–Si querés que te ayude, escuchame vos. Hay otro. La flaca tiene alguien en mente, alguien que la “confunde”. No le busqués más vueltas. No digo que se haya acostado con el otro, ni que seas un cornudo, pero de que otro tipo anda dando vueltas, te lo aseguro.
–Andá a la mierda.

–Hola, Dan.
–¿Qué querés ahora, negro? ¿Me vas a mandar a la mierda de nuevo?
–No, no; tenías razón. No podía dormir, al final la encaré. Primero se me negó como que hay Dios, lloró un montón, pero terminó confirmando lo que decías la otra noche.
–Hay otro.
–No sé quién es el hijo de puta. No quiere hablar de eso, se hace la boluda. Y lo peor es que se fue y yo la dejé ir. ¡La dejé ir, entendés! Soy un boludo yo... Le rogué, le pedí casi de rodillas.
–Qué boludo.
–No man, debe andar por ahí perdida, llena de vergüenza, pensando qué hacer. Decí que la conozco, sino capaz que la agarra el pelotudo ese y se la voltea.
Esta vez el silencio viene de mi lado de la línea. ¿Qué hago? ¿Lo dejo así, o trato de ayudarlo? De ayudarlo, quizás nunca más me vuelva a hablar. Decido ayudarlo.
–Gustavo, no anda por ahí perdida y llorando, boludo. Está feliz con el otro, muerta de risa.
–Va a volver, estoy seguro que va a volver.
–Mejor que no vuelva, me parece. Vos perdoname pero no te quiere. Si te quisiera no te habría dejado. Yo sé que es difícil de aceptar, pero creéme.
–La voy a llamar para decirle que vuelva.
–No la llamés. No vuelvas a hablarla.
–Yo pensé que me querías ayudar.
–Vos querías que te ayude. Y si te tengo que ayudar, tengo que abrirte los ojos. Ya le suplicaste, ¿no?
–Sí.
–Mirá, las minas son así. Cuando dicen sí, es no. El no es sí. El jamás es tal vez. El quizás es sí. El puede ser es nunca.
–¿Qué carajo me decís?
–Las minas, negro, piensan opuesto a nosotros, pero dicen lo contrario a lo que piensan. Por lo que dicen, pareciera que usan una lógica similar a la nuestra. Y es justo, justo al revés. Por eso son tan difíciles de entender. Vos dale, pedazo de infeliz, rogale que vuelva. Es lo peor que podés hacer. Sabe que te tiene de la corbata y no va a volver, se va a ir feliz a acostarse con el turro ese, con tal si fracasa te tiene a vos. No le llores, no hay peor cosa para una mujer que un pelotudo llorón y blando. Más le llorás, más lejos se va a ir.
Silencio.
–No te entiendo.
–No le pidas que vuelva, ya te humillaste demasiado. Dejá que se vaya si la querés recuperar.
–¿Que la deje irse si la quiero recuperar?
–Exacto. Vos necesitás hacerle saber, con hechos, no con palabras, que podés vivir tu vida sin ella, quizás mejor. Que sos amable, simpático, y ladino. Eso va a disparar su instinto femenino. Te va a ver viril, y no mariconeando y arrastrándote. La va a atacar su inseguridad, y va a empezar a preguntarse qué cagada se mandó. Si acaso es suficientemente bella para vos (aunque vos sos más feo que agarrarse los huevos con una puerta, negro). Si tu vida es mejor sin ella. ¡Si se está perdiendo algo! Hasta se va a preguntar, ella, si no tendrás otra mujer.

DAN

(Dan vuelve a colaborar de nuevo en el muelle, desde La Trastienda, en Argentina).