Carnaval

Oficialmente los burócratas no trabaja en estos días. Los niños no tienen escuela. La ciudad entra en un paréntesis. Muchos aprovechan estos días para huir del puerto. Son 5 días en los que todo parece suspenderse, menos la música, el bullicio y el consumo de cerveza.

Esta fiesta tiene dos facetas: por una parte está toda la tradición anual, los rituales coloridos y elegantes que culminan con la elección de una reina y posteriormente con un desfile lleno de carros alegóricos que luchan siempre por preservar el prestigio histórico de este añejo festejo. Esta faceta del carnaval es, hasta cierto punto glamorosa, pero es una parte que no he vivido de cerca. No puedo describirla más allá de lo que llega a mi conocimiento por fotografías, testimonios de gente cercana a mí que han sido protagonistas, personas que se caracterizan por su garbo y elegancia.

Por otra parte, está el carnaval que se mezcla con mi vida, que obstaculiza el acceso a mi departamento, que me obliga a dormir en el cuarto de los niños para poder conciliar el sueño; el carnaval del folclor callejero; del grupo musical que mienta madres en sus letras y que, entre canciones, sugiere a la multitud que las vírgenes levanten la mano, para luego decir que mienten, que son demasiadas. Este es el carnaval que se mezcla con la realidad de vivir en el centro histórico, el carnaval que se cuela por mis ventanas.

En estos días la ciudad se vuelve una gigantesca cantina familiar. La zona de Olas Altas —donde vivo—, está cercada, dejando accesos en ciertas calles específicas, concentrando así la pachanga en este perímetro. Se han montado unas espantosas estructuras negras de triplay que sirven como taquillas, donde se cobran 20 pesos por el acceso a esta inmensa área de fiesta y música. Hay otras estructuras, igualmente espantosas, pero más grandes, que sirven como baños públicos. El acceso a la playa en esta zona está clausurado (cosa que me parece prudente). Hay 5 escenarios montados en distintos puntos a lo largo del malecón, donde varias bandas o agrupaciones hacen sonar su música popular.

Todas las noches el bullicio, el estruendo de tantas bandas tocando al unísono, se apodera de la atmósfera. El flujo de los ríos humanos encuentran su cauce dentro de las calles de esta zona del centro y culmina frente al mar. No se puede negar que el Carnaval de Mazatlán es el segundo en importancia del país, peleando siempre el puesto con el del puerto más importante: Veracruz.

Pero, yo no he sido más que un espectador pasivo en estos días. Intento mantenerme ajeno, pero falta aún el segundo desfile, y quiero ver si esto es como el último carnaval que viví aquí cuando tenía 19 años. La idea de meterme a Olas Altas no me convence del todo: no es la música que a mi me mueve, y allí se religan algunos de los recuerdos que tengo de los excesos que se viven en un carnaval.

Carnaval (Carnelevare, de carne, y levare, quitar), preludio de los cuarenta días. El pueblo celebra sin restricciones, sintiendo de cerca los cuerpos en las calles atiborradas, bebiendo, bailando, tratando de llevarse algo antes de que comience la cuaresma, donde vienen los ayunos y los viernes sin carne.

Puestos en la calle con mercaderes que vienen del centro de la república, el estruendo de una música omnipresente que me obliga por las noches a refugiarme en el cuarto más hermético, días de trabajo que no lo parecen, pero tampoco se prestan para el descanso pleno. En estos cinco días, Mazatlán navega a medio motor. Después de las advertencia que había recibido de los que por aquí viven, pensé que no lo toleraría, pero la verdad es que no me molesta. La ciudad está viva. Vibra —como todo el año—, al ritmo de la música. Esta ciudad es bullanguera. En carnaval, simplemente, los decibeles alcanzan su punto más elevado.

Cenicienta
El domingo, en el silencio de la mañana, lo primero que noté al salir del edificio, justo en la entrada, fue el rastro de una cenicienta ¿La doncella perdida en una noche carnavalera? Minutos después, el servicio de limpieza no dejó rastro alguno, .




Stuck in a moment...

Suena el teléfono en repetidas ocasiones. Lo contesto y escucho un escándalo. Como acabo de colgar con un amigo que estaba en un lugar público, deduzco que es él. Pero el teléfono vuelve a sonar, lo levanto y cuelgo. Debe estarse disparando el celular de Giuseppe.
Suena de nuevo. Escucho con más atención.

¿Eres tú acaso desde el Estadio Azteca? ¿Es U2 el estruendo que alcanzo a escuchar por este breve instante?

Quiero emocionarme, pero no estoy seguro. Ya me lo dirás mañana. Goza, goza la música que tanto disfrutamos. Tu esfuerzo parece que ha valido la pena... Si Larry, Adam, the Edge y Bono tan sólo supieran.

It´s a beautiful day.

En busca de lo remoto

En estos últimos días en los que se cumplieron 5 meses de vivir en el puerto, la búsqueda de balances es algo que ronda mi mente con cierta frecuencia. Pongo y quito cosas mientras la balanza se mece en ese rango cercano al equilibrio.

Es un hecho que los niños han accedido a otra calidad de vida. Han entrado en contacto con espacios más libres, con una ciudad donde (no me canso de repetirlo) las mejores vistas son para todos un regalo de este enclave geográfico, no un valor agregado para reducidos espacios con acceso privilegiado.

El departamento tiene sus ventajas en cuanto a la ubicación. Tim, nuestro vecino, acaba de conocer nuestro austero departamento antes de regresar a los EUA a trabajar, y ha salido encantado. "¡La vista!, ¡puedes ver a tus hijous caminar hasta su escuela, se ve el mar!".

Por otra parte, el mecánico me ha dicho "tiene que mover el auto, aunque sea una vuelta a la cuadra, todos los días". Significativo su comentario. Aquí, al igual que en Guadalajara, caminamos más que el promedio de la gente. Veo, ahora, que es algo que siempre hemos hecho por gusto, sólo que aquí nadie supone nada al verte en la calle caminando. Yoss se conecta de distinta forma con su nueva ciudad. Se mueve con más soltura en una zona que tiene todo cerca, salvo los grandes almacenes.

Los amigos... es igual que en Guadalajara. Es una de las sorpresas que me he llevado. No se ven con la frecuencia que uno hubiera imaginado. Aquí también se enclaustran algunos en el trabajo y quedan rendidos los fines de semana. Otros llevan un bioritmo inverso al mío, y al que me siento poco afín. Por otro lado, hay amigos que saben que estoy aqui, desde mi llegada, y es hora que no los veo. Tito, mi místico colega, y un servidor, no hemos tenido pláticas de "aquellas", de las de antaño, a pesar de vernos los viernes en la radio. Don Paleto, realmente está atiborrado de trabajo.

Sin embargo, hay un sentimiento de cercanía. No falta ocasión para encontrarse a un conocido en la calle o sentirse rodeado de cierta familiaridad. El sábado, el policía que cuida el museo de las artes tocó al tiembre para avisarnos que el auto estaba estorbando en un evento oficial. "Va a llegar el dictador" espetó uno de los oficiales, mientras yo encendía el auto para moverlo de lugar, aludiendo al presidente municipal.

(Yoss acaba de entrar por la puerta diciendo "mágico vivir aquí". La neblina difumina el paisaje en corto, cubriendo todo de una blancura especial. Estos son los meses en los que del océano llega una densa niebla).

En lo personal, me he ido reencontrando por momentos, a través de sensaciones y pensamientos, con una parte de mi espíritu perdido. Por instantes siento que aún puedo recuperar al aventurero que se perdió en lo cotidiano. La parte que hace que la balanza se mueva sobre su eje, dejándome expectante, viendo si se va a detener en el punto de equilibrio, es el lugar común; ese que seguramente puedes intuir. Me cansa. Algunos días más que otros.

Esta semana emprendo un nuevo esfuerzo por recuperar mi tiempo y mis espacios, por generar ese equilibrio que me hace falta para poderme sentar en el muelle más seguido. Tiro varios anzuelos, como dice mi padre, y uno de ellos es la apuesta por el trabajo remoto. Esa posibilidad futura que no termina por mezclarse con el presente mexicano. Esa posibilidad de poner el talento al servicio de cualquiera que lo solicite, sin tener que renunciar a una calidad de vida. Eso que muchos ya hacen, pero que muchos todavía no alcanzan a asimilar aún.

Tim dejó Mazatlán el fin de semana, para regresar a Portland. Prestó su departamento. Fue a trabajar. Se quedó sin proyectos aquí. No me gusta estar allá, lo ideal sería trabajar desde aquí, me expresó en un tono de lamento, aludiendo al anhelo por cumplir con su profesión de Ingeniero ambiental, trabajando desde donde él quiere estar.