El puño de dios

Me eduqué en un colegio católico. Teníamos misa el primer viernes de cada mes, y una materia Religión, con una profesora que nos hablaba del “centro solar” y sus “siete” planetas. También había crucifijos en las paredes, en las aulas. Eso era todo, no había más.

La existencia de Jesús y los apóstoles sólo parecía tener importancia para las chicas, ya que ése era su pretexto predilecto para no irse a la cama. Al menos conmigo. Y eso que todas decían que tenía cara de ángel.

Afuera de las aulas, afuera de las parroquias y catedrales, altas, imponentes, con enormes vitreaux europeos y altares revestidos de oro puro, los argentinos desaparecían merced a la Dictadura. La Curia guardaba silencio. ¿Por qué consentía? En mi hogar, mi madre me enseñaba a orar antes de dormir. Recuerdo que lo hice muchas noches. También recuerdo el profundo grado de conmoción mística que sentí la mañana en que me confirmé en mi religión, católica, apostólica, romana. Aunque, pese a ello, sólo asistí a misa un domingo más, y así todo quedó aparentemente en la nada, durante 25 años.

No volví a confesar mis pecadillos (robé una naranja, dije muchas mentiras y traté de acostarme hasta con mis primas, sin éxito) ni fui a misa salvo cuando había un bautismo o un casamiento. Afuera de mí, el mundo cambiaba y se modernizaba. Terminó la Dictadura Militar y llegó el Destape. Hasta entonces ver una teta era poco menos que un acto heroico; de repente las veías por todas partes, en la televisión y en los puestos de revistas. En los pocos años que siguieron, y aunque estaba caliente como una pava y gastaba mis pocos duros en revistas, logré a duras penas recibirme de analista programador. La informática era lo nuevo, Internet un lejano país de las maravillas que cada vez se aproximaba más. Empezábamos a globalizarnos.
No necesitábamos dioses.

Y el mundo siguió su rumbo entre las estrellas, tejido de cables y pantallas. La violencia y la guerra se confirmaron en su propia fe de acero. La Iglesia se quedó en el tiempo, prohibiendo cosas, señalando con el dedo, a veces dando el mal ejemplo. En mi interior, dejé de creer en ella, no sé si en Dios, pero sí en la estructura y en el templo. Criticaba a sus integrantes. Los encontraba inútiles y corruptos. Estaba seguro que los monaguillos eran la cría de curas y monjas.

Cuando mi esposa enfermó de cáncer, estando embarazada de seis meses, mi mundo sin dioses se destruyó. Fue una época dura, terriblemente dura. Aun así seguí fiel a mi convicción de que la Iglesia no sirve de nada. Alguna que otra noche me esforcé en recordar el Padrenuestro. Mi hija nació por cesárea a los ocho meses, forzada a salir al mundo para que su mamá pudiera someterse a radioterapia. Fue otra etapa de mucho miedo y agonía. A los cuatro meses de vida, la pequeña estaba enferma también, se convulsionaba, lloraba sin parar y no comía. Pronto, era un vegetal; no veía, no escuchaba, no se movía. Para entonces, yo sabía el Padrenuestro hasta en la versión moderna. Mi esposa moría, gota a gota, y mi hija agonizaba. Así que, una noche larga de esas, en las que no dormía para ayudar, mirando el sueño de mi hijo más grande, tan plácido e inocente, comprendí que cuando mi esposa no estuviera, el mejor camino era arrojarme desde el cuarto piso donde vivía, con mi hija en brazos. Mi hijo me odiaría, pero su vida no sería lo espantosa que amenazaba ser. Yo no tendría perdón, pero no me importaba. Iría en persona a romperle la nariz a puñetazos a este dios ciego, sordo y mudo. A este dios ignorante, dormido, muerto.

Pero mientras mi esposa aún vivía, mi hija de seis meses se repuso un poco. Entonces la llevábamos, mi esposa y yo, al Hospital de Niños de mi ciudad, al departamento de rehabilitación. Mi hija necesitaba aprender a caminar, a comer, a mover las manos. Allí veíamos a muchos niños con problemas. Cabezas enormes, o muy pequeñas, muchos sin piernas, sin dedos, con la mirada perdida, en sillas de ruedas, o en brazos. Síndrome de Down, Síndrome de West, Síndrome del Angel. La lista es interminable.

Entonces conocí madres y padres que viven en ese otro lugar, el del enorme sacrificio, donde la desesperación da paso al infierno. Para ellos, el resto de mundo parece hecho de niebla, viven alejados de todo, la gente común que camina con una sonrisa puede sorprender a alguien que está atravesando un momento límite. Ellos lo saben, lo comentan con una sonrisa amarga, mientras esperan a que lleguen los médicos.

Y en esas noches vi. Vi monjas, las monjas que poco se ven por las calles. Vi sacerdotes. A las dos, tres, cuatro de la mañana, recorriendo las salas llenas de pequeños enfermos. Los vi acercarse y darnos ánimos, a nosotros, a los padres perdidos en el dolor. Una sonrisa, una palabra, algo de pan, un puñado de azúcar, un poco de aliento, y un poco de fe. No fe en dios, sino en que las cosas saldrían bien.

Y es tan importante. Cuando uno está en su límite, cuando el muelle se aleja y el océano te empieza a jalar hacia abajo, es tan importante una simple palabra de aliento, y un poco de fe. Y así se obró el milagro para mí. Tal vez porque fui a ese colegio católico, tal vez por esas noches en que rezaba de pequeño, una tarde caí de rodillas en la Catedral. Fue como una explosión. Todo lo que cargaba adentro se derramó ahí, en ese silencio de ecos amplificados, bajo los vitrales y los crucifijos. Y pedí fuerzas. Fuerzas para aguantar lo que se venía. No digo que de repente amaba a Dios, no. Todavía lo odio, es un resentimiento muy grande. A pesar de que finalmente mi esposa pudo morir en paz, y mi hija se recuperó por completo, o eso parece, a pesar de que comprendí la inmensa importancia de la religión y la fe, y supe lo que pasa en las noches en los hospitales, mi pérdida es intolerable y algún día vamos a arreglar cuentas Él y yo.

DAN



Ecos del Dios...

Nexus reflexiona sobre el último post de Zuripanto aquí en el Muelle haciendo algunas observaciones desde su muy particular punto de vista —Qué mejor manera de comenzar la Semana "Santa"—.

No hace mucho leí, en esta misma bitácora, un muy interesante artículo de Zuripanto sobre el monoteísmo. Se titulaba: Del Dios de todos al Dios de unos cuantos: Orígenes de la crisis de identidad espiritual en la modernidad.

Sin embargo, desde mi punto de vista, el título no es preciso. Realmente no es un análisis de la crisis de identidad espiritual en la modernidad, sino una crisis de identidad religiosa en la modernidad, cosa que no es lo mismo. De hecho el mismo Zuripanto hace mención de esto en sus primeras líneas:

“Para poder comprender esta crisis de identidad religiosa de la modernidad será de especial importancia hacer una pequeña revisión de la crisis del pensamiento religioso, y en si de las instituciones religiosas de la actualidad, como producto de problemas ontológicos e históricos situados tanto en el origen como en la evolución histórica de las religiones monoteístas dominantes.”


Sin embargo, si nos referimos a crisis de la identidad espiritual, hablamos de un concepto diferente, no imputable, aunque si colindante y referente al tema religioso.

¿Hay diferencia entre identidad espiritual e identidad religiosa? Por supuesto. La identidad espiritual se remite y limita a la individualidad de la persona, no así la identidad religiosa, que como bien afirma más adelante, lo que busca es “integrar a los seres humanos”.

La experiencia espiritual es individual, aunque se pueda buscar apoyado en un grupo. Un ejemplo de esto es el chamanismo, una visión compartida por muchos sobre la relación del hombre, la naturaleza y el mundo “invisible”. El chamán cumple ciertos ritos, pero su experiencia espiritual es personal, no compartida por nadie más.

La experiencia religiosa puede conocerse, precisamente, en la religión y en el marco socio-cultural de ésta. Cuando nuestro amigo, el joven cantante Iglesias (no pudo haber mejor apellido para esto) canta que “es una experiencia religiosa” el chavo, realmente quiere decir que es una “experiencia mística”. La religión matiza la experiencia mística o espiritual ofreciéndole un entorno, lo cual es otra cosa.

La cuestión es que, muy probablemente, la experiencia mística o espiritual tenga un origen puramente biológico, pero no vamos a meternos en este problema porque nos distrae de los objetivos estipulados por este artículo.

Esta primera parte la concluyo, pues, señalando que no considero que la experiencia religiosa y la espiritual sean las mismas, por lo cual, considero también que el artículo de Zuripanto está encaminado a analizar el fenómeno religioso, que no el espiritual, como se señala en el título.

NEXUS

Nexus es en realidad el "Capitán Quasar".

El muro

La proposición ante el congreso de los Estados Unidos, encabezada por el Senador Republicano Sensenbrenner, entre otros, con el propósito de obtener los votos y el financiamiento para un doble muro a lo largo de la frontera México-Americana (aproximadamente 3000 kilómetros) con el propósito de prohibir el ingreso de inmigrantes ilegales, ha causado un relajo en ambos lados de dicha frontera. Ha llegado al punto que muchos de los participantes aparentan estar disfrutando la notoriedad momentánea que este pleito les ha brindado en lugar de buscar una solución. Personalmente creo que los contendientes han perdido de vista la palabra clave: “ilegal”.

Creo que todos concordamos en que ningún país está obligado a aceptar a gente non grata en su territorio. De la misma manera, ningún país puede forzar a otro a aceptar personas indeseables a través de sus fronteras. Pero éste no es el caso que nos ocupa.

Los Estados Unidos firmaron un tratado con México para importar mano de obra durante la II guerra mundial, cuando su juventud se requería para la defensa de su país y no había manos suficientes para sembrar y cosechar la comida tan esencial para el proceso bélico. Al terminar la guerra el tratado dejó de existir, pero muchos de nuestros paisanos habían descubierto un modo de vida que contrastaba claramente con el que ellos conocían, por lo que decidieron quedarse allá. Al paso del tiempo invitaron a sus amigos y parientes a unirse a ellos. Mientras éstos se dedicaban a hacer labores que los trabajadores americanos rehusaban, no existió ningún problema y poco se hizo para prever lo inevitable. Cuando la corriente se convirtió en torrente todo mundo brincó y, por supuesto, se fueron a los extremos. Los americanos deben estar conscientes que cada hombre y mujer que abandona nuestro país hacia tierras foráneas se encuentra en los años productivos de su vida. Exportamos atletas, artistas, profesionistas, y mano de obra esencial. La sangría para nuestro país es onerosa.

Llevo una agradable amistad con la señora Sandra Jacobs, ex-alcalde de la ciudad de El Segundo, Ca. y ciudadana prominente de su comunidad. Hace unos meses nos sentamos a discutir éste tema en particular. Fuimos capaces de expresar nuestros puntos de vista, nuestras opiniones y ofrecer sugerencias para una posible solución de manera cortés e inteligente. ¿Por qué no pueden dos países vecinos, con más de cincuenta años de experiencia cada uno en éste problema específico, hacer lo mismo? ¿Qué pasó con aquélla Política de Buena Vecindad? ¿Se equivocó el Presidente Eisenhower cuando estableció el programa de ciudades hermanas? Regresemos a éste tipo de vecindad. Nosotros, al sur de la frontera, podríamos corresponder proponiendo a nuestros políticos dejar de rasgarse las vestiduras y dedicarse a legislar nuevas y adecuadas leyes que favorezcan la creación de nuevos empleos para ayudar a aminorar esta corriente hacia el norte.

Si esto no sucede, la idea de un doble muro no va a funcionar, de cualquier manera. Tengo gran respeto por la naturaleza humana. Cuando a las masas se les dice que algo está prohibido aceptan el reto y, con frecuencia, encuentran cómo resolverlo a su manera. El muro entre los Estados Unidos y nuestro país no los va a detener. Lo traemos en nuestros genes.

Los norteamericanos tienen amplia experiencia en materia de prohibiciones. Siguiendo su lógica, lo siguiente sería el muro entre Canada y Estados Unidos; el muro de la costa atlántica, incluyendo la del Golfo de México y, finalmente, el muro del Pacífico. Por cierto, no olvidemos a Alaska (hay que ser minuciosos). A propósito, debieran ser cautelosos con aquéllos que juegan con la baraja del terrorismo (Son más peligrosos que los trabajadores ilegales).

Si todo esto llega a pasar, aún me queda una visión: veo a un mundialmente reconocido político frente a un auditorio universal dirigiéndose al presidente de Estados Unidos de la siguiente manera: Mr. President, tear down this wall!

ALBERTO TIRADO COLLARD