Thanatopsis

Hace ya algunos meses leí en Muelle 66 las lamentaciones de un hombre quien perdió a su esposa por cáncer en forma precipitada. La desesperación y el coraje eran evidentes. Obviamente la quería mucho. Solamente los que hemos experimentado la pérdida de un ser querido en circunstancias similares podremos apreciar lo que él siente. Considerándose defraudado, esta persona llegó a reclamarle a Dios la ausencia de su amada esposa y madre de sus hijos.

Yo sería incapaz de pretender aconsejar a Dan, pues, existe un experto en estos casos: El Tiempo. Lo que si podría, sin pretender ser simplista, es contarle dos o tres de mis conclusiones por si le pueden servir en algo.

Lo primero que se nos ocurre en estas circunstancias es gritar “¿Por qué a mi?” y mi conclusión ha sido “¿Por qué a mi no?” Después de todo, lo único que tenemos garantizado al nacer es la muerte. Por el contrario, nadie nos garantiza que la vida va a ser fácil y placentera. A nosotros corresponde hacer de ella lo que podamos, según las barajas que nos tocan. La vida es cruel por naturaleza.

Otra costumbre que nos caracteriza es que, cuando tenemos problemas serios, volteamos hacia arriba para ver cómo les va a los de clases sociales desahogadas y se nos olvida compararnos con las multitudes que viven en condiciones insuperables.

El poeta William Cullen Bryant, en su adolescencia, tocó el tema de la muerte en su obra Thanatopsis. La conclusión en la última estrofa me ha servido de brújula en múltiples ocasiones para enderezar el rumbo. Me permito enviarle a Dan una traducción mía, esperando que coincidamos en su interpretación.

Entonces vive, para cuando llegue tu llamado a ingresar
En esa innumerable caravana que se dirige
Hacia el misterioso reino donde cada quien tomará
Su cubículo en los silenciosos pasillos de la muerte,
No vayas, como el esclavo de cantera por la noche,
Azotado a su calabozo; pero, sostenido y confortado
Por una fe inquebrantable, acércate a tu tumba,
Como quien se arropa con las cobijas de su cama
Y se acuesta a soñar placenteramente.

ALBERTO TIRADO COLLARD


Les Italiens

Volpi rompe con el tema electorero para compartir sus reflexiones sobre La Italia, en este mundial Alemania 2006. La marea comienza a bajar y el muelle trata de recuperar su ánimo habitual. Grazie, Volpi!

Ahí estamos los italianos, otra vez entre el G8 del soccer mundial, entre los ocho grandes equipos del fútbol.

Según muchos periodistas es un equipo sin valores, sin belleza, sin ética deportiva. Si se tratara de un salón de una escuela seríamos los que se la viven picándose la nariz y burlándose de la maestra y de los compañeros, odiados por todo el mundo, incluida la directora.

¿Nos merecemos los insultos? Probablemente si. ¿Somos los peores? Absolutamente no.

Si los admiradores del jogo bonito han visto los partidos de este mundial, quisiera que nos dijeran quiénes son los primeros de la clase. Hemos visto algunas buenas jugadas de futbolistas, pero como individualidades, quizá algunos goles de los argentinos, el gran gol de Ronaldo, que, aunque esté gordo como una piñata, sigue teniendo sus genialidades.

Pero también hemos visto partidos como Portugal - Holanda que parecía una riña de bar en un puerto, con todo y el cabezazo que Figo recetó a un holandés, sin que fuera castigado. Y si el penalty que el arbitro pitó a favor de Italia en el partido con los Aussies fue muy generoso o indignante, lo mismo debería indignar la falla del arbitro de México-Argentina, que no expulsó a Heinze, después de haber cometido una falta asesina sobre Borgetti (o no recuerdo cual otro delantero mexicano que iba solo hacia la portería).

Criticar a los italianos por el catenaccio es el deporte favorito de los mundiales desde que tengo memoria y, puntualmente, cuando un periodista o comentarista, cansado después de veinte días de mundial, ya no sabe sobre qué escribir, o de qué hablar, decide hacer triza del sistema de juego de los italianos (si es que hay).

Nuestros éxitos son inexplicables como nuestros desastres. En el mundial de USA, Italia llegó a la final después de haber jugado decentemente sólo por medio tiempo contra Bulgaria. En Corea-Japón, fue eliminada por unos fraudes de jugadores orientales. Inexplicable.

El soccer sería un juego maravilloso si no existieran los Italianos, the Italians, les Italiens. Pero luego te fijas bien y te das cuenta que no es así. Simplemente, los Italianos representan la versión mas asquerosamente honesta de lo que otros fingen no querer, o sea: ganar a como de lugar.

Si quieren espectáculo, vayan al cine —dijo Vincent Lombardi, entrenador de futbol americano—, mi tarea es ganar los partidos.

Hoy en día el “juego bonito” es escaso porque todos saben cómo juegan los demás, y los entrenadores piensan en neutralizar los puntos de fuerza de los contrincantes.

Suiza e Ucrania han tenido un partido que no me atrevería a definir como soccer. Españoles y Franceses han estado pasándose el balón hasta que el arbitro se decidió a regalar un penalty a España —por lo menos dudoso—, exactamente como el que le asignaron a Italia en contra de Australia (así que estamos empatados, caballeros).

Argentina metió seis goles en contra de esa especie de equipo con nombre de Serbia Montenegro, pero luego sufrió a morir con México. Y si Francia tiene un genio del balompié como Zidane e Italia no, no es nuestra culpa.

Criticar al equipo italiano es fácil, pero todos están en el mundial para ganar. Otra vez Vincent Lombardi: Winning isn't everything, is the only thing. ¿Será porque tenía sangre italiana?

ALESSANDRO

Corroborando

Siempre práctico, Andonis aporta sentido común a una conversación. La semana pasada charlábamos, vía skype, sobre la porquería de campañas electorales. Con su estilo práctico me comentó: Joe, esta es la primera elección en 90 años que no es de estado. No estamos acostumbrados a esto.

Para mi total sorpresa sus comentarios del viernes se acercan mucho al editorial que hoy publica el New York Times:
"Something unusual is going on in Mexico — a normal presidential election".

Editorial / New York Times / Mexico's Election / Junio 19, 2006

("Algo inusual está sucediendo en México: una elección presidencial normal..."). Lo que corrobora el hecho descarado de que la política, en la mayor parte del mundo, lleva intrínseca su carga de lodo y basura.

Pobreza (2)

Recuerdo muy bien a un velador que conocí en 1991. Todas las tardes llegaba en bicicleta al trabajo. Era un hombre viejo, con el cabello completamente blanco, de aspecto humilde, muy reservado. Su sombrero, sus huaraches y el modelo de su bicicleta, reforzaban el estereotipo del mexicano pobre.

Una de esas tardes, me senté a charlar con él en la recepción de la oficina donde trabajábamos, en una zona privilegiada de Guadalajara. La conversación llegó, por azar, a girar en torno a los costos de la vivienda. Cuando me preguntó cuánto estaba pagando mensualmente por mi departamento, esquivé momentáneamente la pregunta; me apenaba decirle cuánto. Me pareció que podría resultarle, quizá, ofensivo. Mis prejuicios estúpidos me hacían deducir cosas basadas en los estereotipos. Terminé por decirle una cantidad que correspondía a la mitad de lo que pagaba en realidad, en aquel entonces. El guardó silencio. Yo rompí ese silencio de inmediato, haciéndole la misma pregunta: ¿y cuánto paga usted de renta? a lo que respondió que él no pagaba renta, que él vivía en casa propia. Al profundizar más en la plática, terminaría por enterarme de que tenía dos casas y un dinerito ahorrado... El que llegaba a pie al trabajo, que no tenía ahorros, que no vivía relajado y pleno era otro.

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Me detuve, hace algunos días, a entrevistar a un señor al que considero mi amigo y que, por coincidencia, resulta ser un velador. Siempre que puedo, me detengo a conversar con él, cuando camino la calle Belisario Dominguez. Aunque normalmente hablamos de beisbol, esa noche charlamos sobre su situación económica, con motivo de un programa de radio que estoy armando.

Ahí, sentado, con sus gruesos lentes de marco negro puestos sobre su cara arrugada, me contestó que él tenía casa propia y dinero ahorrado, mismo que, a veces, gastaba y volvía a juntar con mucho trabajo. Después, empezó a decirme que no entendía a todos los que se negaban a salir de esta zona del centro, teniendo la oportunidad de vivir en otro lado, en casas con mejores materiales.

Quince años después, otro velador me hacía la misma pregunta: "¿Usted tiene su casa o renta?". Esta vez, dije la cantidad exacta.

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MR y yo caminamos por el Paseo del Centenario con mucha frecuencia. Hace un par de semanas veníamos descendiendo hacia Olas Altas, cuando observé a un individuo que recogía sus rudimentarios instrumentos de pesca: un carrete con piola, anzuelos, un balde con un poco de carnada y un cuchillo. Frente a él, había dos pargos. No resistí la tentación y me acerqué para preguntarle lo evidente:

—¿Usted los pescó?
— Si. Aquí abajo.
— ¿Cuantos días de comida lleva ahí? — le pregunté, mientras intentaba hacer el cálculo mental de cuánto se estaba ahorrando.
— Unos cuatro o cinco, yo creo.
Bromeé con él, diciéndole que no tenía necesidad de acudir al supermercado a surtirse de pescado esa semana.
—¿Cuántos viven en su casa? — seguí preguntando.
— Cinco
— ¿Me enseñaría a pescar?
— ¡Claro, cuando guste! aquí estamos muy seguido, por las tardes.

El dedo índice de su mano izquierda estaba cortado por la fricción de la piola. El pargo no es fácil de sacar de entre las piedras. El hombre se veía contento y de buen ánimo.

TIO JOE


La escuela del calor

El libro que Al Gore escribió hace algunos años, sobre ecología y medio ambiente, me tocó verlo en uno de los libreros de Mr. Humboldt, allá en Guadalajara. Llamó mi atención lo extenso del texto y, sobre todo, el tema de su ensayo. Para mi fue una sorpresa conocer esa faceta del ex-vicepresidente de los EUA.

Al parecer, Gore no se quedó en casa viendo CNN, mientras su derrota electoral se desvanece en el tiempo. Tito me hizo llegar hace un par de días el trailer del documental “An Inconvenient Truth” (Una verdad inconveniente).

Mientras todos atendemos nuestros intereses regionales, el clima mundial sigue entrando en su acelerado proceso de calentamiento. Algún día tendremos que ponernos de acuerdo, sentados en las playas de Nebraska, seguramente.

¡Gracias por el trailer, Tito! (A ver cuándo aparece en cartelera).