Criptograma

Mujer indescifrable
Quisiera cerrar los ojos
Y leerte en braille.

Paliativo para un divorcio

Hace un par de días me encontré con un buen amigo en el chat. Comenzó a platicarme cómo fue que, de la forma más irónica, su reciente divorcio lo había llevado a buscar una sana distancia, a poner tierra de por medio con un viaje por la Europa del este, donde un amigo suyo lo había invitado a una boda. Allí, me dijo, conoció a una mujer muy guapa de ojos verdes y de figura sensual. Me confesó, ya entrados en la plática, que lo más inesperado había sucedido. Me imaginé lo evidente, mientras veía el retrato que me envió de la chica.

La chica aparecía viendo a cámara con una muy leve sonrisa. En la instantanea se percibía relajada, serena, con una mirada de tranquilidad. Le calculé unos 24 años. Lo primero que destacaba eran sus ojos verdes y sus pestañas rizadas. Su piel era clara. Su cabello y sus cejas, bien perfiladas, de color negro. Su peinado nada elaborado, por el contrario, lucía muy casual, lo que acentuaba su sex appeal. Unas pecas muy discretas se marcaban sobre sus mejillas. Casi no traía maquillaje. Sus labios gruesos lucian al natural, quizá con un poco de brillo, pero no más. Su brazo derecho estaba desenfadadamente recargado sobre una mesa alta donde alcanzaban a verse unas botellas de licor. La blusa bordada, sin mangas, pendia de unos tirantes muy delgados que se perdían detrás de su cuello y cabello. Sus hombros estaban al desnudo. Lucía un collar de perlas muy largo, anudado a la altura del pecho y se extendía hasta su abdomen. Era evidente que la chica sabía sacarse partido, sin recurrir a los excesos.

Te felicito, atiné a decirle, después de admirar la fotografía de la sensual chica y obviar lo que debió haber sucedido entre dos solteros aquella noche. Debes haberla pasado muy bien, rematé, mientras el me respondía, sin poder contenerse más, que no habían estado solos. La hermosa chica de la foto había invitado a su mejor amiga. Ese comentario no me lo esperaba, en realidad. Feliz divorcio... Ménage à trois. Por supuesto que mi amigo ya estaba planeando un viaje de vuelta pero, lo mejor de todo fue que su confesión finalizó con un eufórico "¡tengo fotos de todo!"

Pude imaginarlo en el avión de regreso, con la mano dentro de su chamarra, sosteniendo en todo momento ese preciado registro histórico que una diminuta tarjeta electrónica aún esconde, mientras con una ligera sonrisa observa por la ventanilla el recuento que su memoria hace de cada paisaje recorrido. Atrás quedó, a velocidad crucero, el recuerdo de un nada sencillo divorcio.


Charlie en domingo

No hay mejor lugar para estar con Charlie que en su casa. Si es domingo, mejor. Es ahí donde uno puede sentir esa cualidad hospitalaria que le caracteriza. Él lo sabe porque se lo he dicho en repetidas ocasiones: estar en su casa me hace sentir como en la propia. En su casa siento la confianza sincera de poder abrir el refrigerador y tomar una cerveza, de encender el televisor si me viene en gana (ahórrense el grito de "¡gorrón!". Pocas veces me tomo esas libertades, pero la confianza de hacerlo siempre está ahí). Sobra decir y repetir el papel clave que él y su mujer jugaron en nuestro cambio de ciudad.

Pero vuelvo al principio: el día debe ser domingo. Entre semana Charlie es el arquitecto que pasa múltiples horas trabajando, supervisando obras, atendiendo su despacho de arquitectos y, por las noches, supervisando su pequeño y acogedor restauran de Sushi (o supervisando la vida nocturna del puerto). En la universidad era el chef oficial del departamento —la cocina es algo que le viene de familia—. Si había chicas invitadas a cenar, Charlie preparaba la cena; los demás traíamos la cerveza, si acaso.

En estos tiempos, si me siento fastidiado, una vuelta por su casa me resulta, por lo general, revitalizante. Siempre te recibe con una cerveza o un vino tinto, según su ánimo. Por lo general, se mete a la cocina de forma inconsciente y comienza a preparar siempre algo de comer —un tabaco suele acompañarlo en esos momentos—. En estos días el clima permite salir al jardín con más ganas y sentarse a charlar o simplemente no hacer nada. Y así lo hicimos hace unos días: tomó la pelota de su hijo como almohada y se tendió sobre el pasto; aproveché el momento para tomar una instantánea y, después, me tendí junto a él. Charlamos un rato viendo el cielo y las parvadas de aves; identificamos algunas golondrinas y una que otra garza; vimos un jet surcar el cielo a gran velocidad; divagamos sobre el espacio, la perspectiva, y sobre una frase que acabábamos de escuchar MR y yo en una película, la cual nos recordó la filosofía de Charlie: "El arquitecto lo consulta todo con la naturaleza". Cuando le platicamos del diálogo entre Keanu Reeves y el legendario Christopher Plummer, respondió de inmediato con ese estilo desenfadado que lo caracteriza: "a guevo".

Venirnos al puerto es algo que apenas comenzamos a capitalizar. No existirá tal cosa como el lugar perfecto para vivir, pero si existen momentos perfectos, o compañías perfectas. Ese rato sobre el pasto, hablando de nada en particular, en definitiva, fue uno de ellos.

Carlos en casa

Absuelto por la historia

Puedo imaginar que el comandante supremo está por comparecer ante la única corte donde su rango no le concede privilegios de ninguna especie. Para cruzar ese umbral tendrá que hacerlo sin el traje color olivo, sin barras ni estrellas, sin bandera, como todo ser humano lo hace algún día. Puedo imaginar que está por llegar a ese mismo lugar donde se encuentran los fusilados, los ahogados y los que, apabullados, jalaron el gatillo. Puedo imaginar que ahí, en esa corte, lo acompañarán aquellos que mandó por delante. Me pregunto cómo podría argumentar que valió la pena privarlos de la experiencia de la vida. Me pregunto cuales serían las conclusiones de esa larga ponencia, ante esas almas libres, sin patria, partido o bandera.

El Barrio (3)

El Barrio
El Arbol

Boceto sobre el espacio en blanco 2

Silencio.













En este silencio cabe todo: mis dudas; el temor; la agresión; tu ausencia; el reproche; el deseo contenido; la imaginación desbordada (incluso el hueco de una conversación pospuesta).

Boceto sobre el espacio en blanco

PerdidoentrepalabrasmeencuentroSeagolpanunatrasotra
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silencio.


El Barrio (2)

El código postal es el mismo. La colonia se identifica de igual forma. Aquí también podría llamarse centro histórico, pero no es así; esta es una historia arquitectónica poco hegemónica y casi en su totalidad residencial. Aquí el estilo es ecléctico, variopinto y, en algunos lados, rayando en un guapachoso tropical desinhibido. Aquí no existió el abandono que permitió preservar intactas las fachadas del centro histórico. Aquí estamos sobre el conocido cerro de "La Cruz". Los estratos socio económicos están representados en casi todo su espectro por casas de todo tipo (Judith me dice que esto le recuerda a Oaxaca). Son tres o cuatro cuadras lo que nos distancia del anterior departamento, pero todo es distinto. Lo primero que salta a mi vista es la contaminación visual generada por los servicios de luz, teléfono y TV: los cables cuelgan en todas direcciones, de un poste a otro, todo esto a diferencia del centro histórico, donde el cableado es subterráneo (En la esquina, un clásico par de tenis cuelga de un cable, acentuando el sabor de barrio). Aun así no es lo suficiente como para privarnos de la vista de los cruceros que atracan en estos días con mayor frecuencia y que se pueden ver desde el comedor, o la recámara de los niños.

El joven Mr. Anderson define nuestro lugar como "la frontera". Y no está muy lejos de la realidad. Su descripción es la de alguien observador. La frontera es visual; sólo con detenimiento se percata uno de ello. Las casas sobre esta acera donde vivimos guardan características similares; las casas sobre la acera de enfrente son de distinto estilo. "Si tan sólo la casa de allá abajo estuviese pintada de otro color", me decía Mr. Anderson en tono de resignación, mientras observábamos el paisaje urbano por la ventana.

Aquí se escuchan, frecuentemente, los ladridos de perros, bullicio por las tardes, generado por niños de una casa-hogar cercana que, recostados sobre patinetas, se lanzan por la empinada calle en busca de emociones fuertes. A una cuadra de aquí, frente a la tienda de abarrotes, hay un puesto de hot-dogs, la gente se sienta sobre la banqueta y charla, otros juegan lotería. De este lado de la frontera: ingenieros, tres casas de norteamericanos remodeladas con buen gusto, una bella mezzosoprano en sus veintes, un italiano que supuestamente cura con imanes y medicina alternativa, un surfo con cara de pocos amigos. Todo se cruza pero no se mezcla. Había olvidado lo extraño de las miradas esquivas, por veinte años acostumbrado a convivir siempre en esa cercana intimidad de los edificios departamentales. Aquí uno es un extraño que viene de sabrá Dios dónde.

Cuando bajábamos, extenuados, las últimas cosas del camión de la mudanza, hace ya casi un mes, uno de los niños de la casa-hogar estrelló su patineta contra la banqueta de forma accidental, recriminándole a un compañero por el despapaye. "¡Vete a la verga!" le gritó furibundo. Don Carlos, nuestro guarda faro, volteó conteniendo una carcajada entre los dientes y me dijo "eso sí, aquí los niños van a aprender mucho".

El Barrio (1)

De día, debajo del gran árbol, se puede ver cómo la calle desemboca en el malecón (pareciera ser esto La Habana). El azul y el verde colorean el mar a la distancia; no se entremezclan, claramente se delimitan. No es necesario recurrir a estímulos para percibir con claridad la intensidad y la vibración de los tonos; una profunda respiración es suficiente. Mientras el sol cae a plomo, un ligero y ocasional viento presagia que el calor está por evaporarse entre la discreta brisa de un otoño elusivo .

Por las noches, bajo el inmenso y frondoso árbol que cobija las habitaciones, sobre la oscura calle, delatados por su singular silueta, vista contra el concreto que de lejos una farola ilumina desde la empinada calle perpendicular, los murciélagos aletean rápidamente y se esconden entre las ramas, mientras un vecino camina, emergiendo de la oscuridad, en dirección a la pequeña tienda de abarrotes que se encuentra a la vuelta de la esquina.

Dentro de la habitación, en un segundo piso, el aire acondicionado produce un efecto anestésico, mientras el gran árbol permanece quieto entre las sombras. La lámpara emite una cálida luz mientras escribo entre almohadas.

El carpintero, que trabaja en su taller aquí muy cerca, le llama "Chalata" al árbol que nos proporciona la única zona realmente fresca en este nuevo lugar.