El saxofonista

Su físico tenía una apariencia atlética, a pesar de sus 76 años. Cabello muy corto pero con estilo, completamente cano. El hombre vestía todo de blanco y calzaba unos huaraches negros. Sus ojos azules denotaban algo de cansancio. Era el saxofonista que nunca pudimos escuchar. Esa noche, un altercado con el encargado del lugar dio al traste con nuestra intención de oírlo en vivo. "This place is victim of its own success" nos dijo con una voz baja y sin matices, al referirse a la cada vez más ruidosa zona de la Plazuela Machado. En eso estabamos cuando el guitarrista decidió invitarnos a tomar unas cervezas en su apartamento. Una vez allí, el saxofonista procedió a quitarse la camisa antes de sentarse en la sala del viejo pero cómodo lugar.

Abrimos unas cervezas y cacahuates de botana. Hablamos de música, de su velero en reparación, de la camioneta Van donde estaba durmiendo, de su viaje por carretera hasta Canadá al día siguiente. Desafortunadamente, también hablamos de política y de las razones del por qué no vive en los Estados Unidos y divide su tiempo entre Mazatlán y un hermoso lugar cerca de Vancouver.

Cuando mencionó que había estado en la guerra de Corea, el guitarrista, con quien lleva una cercana amistad, le preguntó curioso si es que se había visto en la necesidad de privar a algún ser humano de la vida —al hacer la pregunta, el guitarrista movió su dedo, queriendo señalar el accionar del gatillo—. El saxofonista titubeó un poco, aclarando que no usaban rifles, para después relatar algunos pasajes apocalípticos de la guerra. Su mirada se mantenía serena, aunque parecía que los recuerdos se venían uno tras otro; hacía algunas pausas, antes de seguir comentando algunos hechos que describió como "batalla cuerpo a cuerpo" —me dio la impresión de que había pertenecido a algún grupo asignado a operaciones especiales, cosa que me confirmaría en algún momento de la charla—. Después, nos relató cómo sigilosamente llevaban a cabo sus misiones nocturnas, eliminando a elementos clave del ejercito chino. Nos explicó muy brevemente cómo era el procedimiento para matarlos haciendo el menor ruido posible. Por lo que alcancé a entender, apretaban la laringe con gran fuerza y cortaban rápidamente el cuello, para que no lograran emitir ruido alguno. Al narrar esto se abrió un paréntesis de silencio, en lo que acomodaba sus recuerdos. "Ellos nos superaban en elementos; tratábamos de golpear las cabezas". Nos comentó cómo es que no era algo de lo que se sintiera orgulloso. Su tono sereno y su mirada revelaban la sinceridad de sus palabras. "En aquellos tiempos creía en toda esa mierda. Creía que hacíamos un bien a nuestro país. Pude haber hecho carrera en el ejercito. Era un buen soldado". Finalmente, nos habló de la incongruencia, de sus desencantos, de cómo se encontraba en paz consigo mismo, de su familia (al hablar de una de sus hijas sus ojos parecieron humedecerse), de su asignación al mediterráneo en épocas remotas, cuando le tocó vivir cerca de Picasso.

Al marcar el reloj la 1:00 a.m. se puso de pie, se acomodó de nuevo la camisa sin abotonarla y bajamos a despedirlo. Se le veía cansado. Le comenté que lamentaba haberlo conocido en su última noche en el puerto; me dijo que con gusto esperaba que nos pudiéramos reencontrar en noviembre, a su regreso. "Ojala y así sea, porque a esta edad no se puede asegurar que nos veremos dentro de 8 meses" me comentó con una ligera sonrisa en la cara. Después de estrechar la mano de todos, comenzó a trotar y se dirigió a su camioneta. "Le gusta mucho correr" —me dijo el guitarrista—, "es muy deportista". La camisa blanca del saxofonista ondeaba mientras trotaba y lo veiamos alejarse en direccción a un viejo y descuidado estacionamiento, mal iluminado, ubicado en la esquina, muy cerca de nuestro departamento.