Verano inminente

Mayo 11. Yarsh hacía la observación el otro día: en todo lo que va del año no ha caído una sola lluvia. Hasta esta semana, no había sentido con tanta claridad la inminencia de un verano típico. Los cuerpos se dilatan. Los ventiladores comienzan a trabajar. El boiler pronto permanecerá apagado por casi 5 meses.

Ayer, después del atardecer, del trabajo y los asuntos del día de las madres, pasé un par de horas en el silencio de la recámara. Mi presencia —poco usual antes de las 10:00 PM en ese espacio— ahuyentó a los adictos a la TV. Ahí permanecí recostado sin pensar en nada. De vez en cuando algún pensamiento surcaba mi cabeza, pero nada a que anclarse. Tan sólo me limité a observar una vela que en ocasiones está encendida en un rincón de la recámara (me encanta esa luz). Cuando no estaba viendo la vela, observaba el ventilador de techo: es silencioso, muy silencioso. Está, por lo general, en la velocidad más lenta. Sólo se percibe su leve brisa. Es blanco, y visto desde abajo, mientras está encendido, se confunde con el techo.

Muchos minutos después —muchos—, me decidí a tomar el libro que tengo al lado de la cama; un regalo que Yarsh me hizo hace dos días. El obsequio realmente me cautivó. Me sorprendió su precisión y su sensibilidad. Tenía mucho tiempo queriendo adentrarme en uno de los libros de este autor y ninguno había caído en mis manos. No es el título que ambos teníamos en mente (no había en existencia, me dijo), pero eso poco importa, en realidad.

Así, con el libro en mis manos, leí hasta el cansancio, adentrándome en las página a las que antecede el sugestivo título Sputnik, mi amor.

ventilador

El fanático

Recuerdo haber estado en el departamento de Loma Larga, recostado en la cama, viendo la transmisión diferida de aquel partido nocturno que acababa de presenciar. Sabía que venía el gol en ese momento. Lo había visto en vivo. De pronto, alli estaban las imágenes del tiro de esquina. Mi mirada en el televisor. La cámara cubriendo la zona. Al fondo, para mi sorpresa, aparecí yo, solo, de pie; nadie a mi alrededor. Y ahí estaba Joe gritando como un verdadero fanático, gesticulando como si fuese una especie de Mike Ditka del soccer, detrás del jugador que se disponía a ejecutar el tiro. Me aterroriza la imagen: mi puño está cerrado, el gesto de mi cara contraído, grito fuera de mí; el jugador se mantiene concentradísimo en la jugada; la toma se abre; sale el tiro de esquina; el uruguayo Eduardo Acevedo cierra al centro del área y remata de cabeza. El gol del empate. Los jugadores felices. Yo... mudo frente al televisor.

Acevedo, el mismo de aquel gol, ya ha sido técnico en dos ocasiones de ese equipo en el cual yo depositaba mis afectos. Mi afición generaba sorpresa por parte de todos los que me rodeaban. "Joe, tu equipo es el único equipo que cuando sale a la cancha saluda a su afición de mano y no desde el centro de la cancha", me decían. Y, si. El concepto "hincha" no existe para ese equipo. En aquel estadio no hay seguidores en realidad. La "batucada" —lo sabemos todos— es una comparsa montada por la directiva (todos entran gratis). La directiva es mala, pésima. Ese equipo tiene más técnicos que años en la primera división. Pero yo, también, entraba gratis. Trabajaba para un periódico que los dueños del equipo poseen. Después, un fotógrafo me consiguió un pase de prensa y me dio acceso a una mejor zona. Lo demás es la historia de cómo me hice fanático, para después dejar de serlo por convicción propia. La primera vez que vi un partido de primera división lo hice con un litro de leche y una barra de pan en las manos. Venía de la tienda de abarrotes e hicimos una escala en el estadio (ese mismo estadio donde Roger Waters dio su recital el mes pasado allá en Guadalajara).

Después, mis convicciones terminaron por superar la emotividad de un deporte mediocre. Se le puede adornar y justificar de mil maneras, pero a final de cuentas esto de los torneos cortos terminó por ahuyentarme de la afición. Recuerdo haber visto a aquel equipo ser campeón contra un equipo que ahora, igual que ellos, batalla por no descender a la segunda.

El tiempo pasa. Nada es estático. El Macho Camacho está en la cárcel el día de hoy. El Golden Boy, que destronara a Julio César Chávez, perdió el fin de semana pasado. Los 49´s de San Francisco no han tenido una buena temporada en años, al igual que los Raiders. El nombre de Alain Prost poco significa para los fans de Alonso o Montoya.

Son ciclos. El mío como fanático del deporte, especialmente del futbol, pasó. Recuerdo grandes equipos que no fueron campeones a pesar de merecerlo con todo. Cuando Menotti hablaba de que se podía perder con dignidad y mantener el orgullo intacto no me quedaba del todo claro. Ahora le encuentro todo el sentido. ¿Quién recuerda tres jugadores del equipo Griego que ganó la copa Europea hace un par de años? No recuerdo ni uno solo. ¿Quién recuerda tres jugadores del Brasil que perdió en España 82 con aquel par de goles de la Italia de Paolo Rossi? Recuerdo a Eder, Sócrates, Falcao, Zico. Nunca fueron campeones. Recuerdo al Atlas de LaVolpe, el que nunca logró levantar la copa. De ahí salió Rafa Márquez, Pavel Pardo, el "Chato", en fin. Era un equipo que sacudía el estadio Jalisco. Un equipo que te dejaba satisfecho, independientemente del resultado. No recuerdo con precisión a los campeones de esos mismos años. Recuerdo las vibraciones de un estadio enloquecido con un equipo que, como niños de secundaria, salían siempre a ganar; ese equipo que traía loco al Botafogo en su propia cancha. Un equipo sin estrellas conocidas en aquella época.

Del Atlas no sé nada últimamente. LaVolpe ha regresado a Argentina y creo que dirige al Vélez. Del equipo al que yo dedicaba mi pasión poco sé, y la verdad es que no me interesa en lo más mínimo. Lo único bueno que me dejó aquello es la conciencia de que no hay campeón eterno. Sin embargo, aquella fue una terapia colectiva muy útil para los momentos de incertidumbre. Aquellos eran los inicios de los 90´s y Don Gabriel —entrañable compañero de trabajo— me decía "nunca lo verán tus ojos", cuando le decía que algún día habría de perder el PRI la presidencia de la república, entonces, mejor nos concentrábamos en mi afición al equipo más mediocre del futbol, cuestión que lo sorprendía aún más que mi fe en el cambio político.

Vecinos distantes (2)

El amigo del amigo

Nunca me había fijado en el amigo del vecino del que me hablan mis hijos. Me dicen que frecuentemente se sientan a platicar sentados sobre una pequeña barda a la entrada de su casa. Ni siquiera sabia, según me comentan, que el mismo vecino —me refiero al hijo mayor—, vende algo de comida afuera de la escuela todos los días.

En un día cualquiera, desde este lado de la calle se le puede escuchar gritando "¡mamá!". No es algo frecuente, pero, por el contrario, jamás le he escuchado gritar "papá". Y, ahora que lo menciono, la verdad es que no guarda ningún parecido con el marido o el resto de los hermanos. Son sal y pimienta, por lo que, en ocasiones, me da la impresión de que quizá sea hijo de un matrimonio anterior de la doña. Además, su edad debe rondar los 26 o 27, unos 10 años más que la hermana mayor, la siguiente en la línea.

Ayer, mientras estaba aquí en el muelle, lo escuché cantar a pulmón abierto. La verdad es que debo reconocer que alcanzó bien las notas y, por un instante, logró entusiasmarme con su entrega total. Cantaba "Bandido" del disco Papito (Todo parece tan congruente ahora).

Pero el por qué de su entusiasmo por "papito" nunca quedaría en tan clara evidencia como hace varias semanas atrás, cuando mi hijo y yo salimos a la calle. El vecino estaba charlando con su amigo, sentados sobre la barda, mientras un tercero en discordia permanecía abajo, en la esquina, recargado sobre un automóvil. A éste último lo había visto desde la ventana de mi recámara unos minutos antes de salir (lo había observado por un instante). En un principio me pareció sospechosa su actitud; un tanto inquieta, pero me pude dar cuenta de que estaba observando desde la distancia hacia la casa de enfrente –la de mi vecino– en una actitud de espera impaciente. Intermitentemente volteaba a la calle que da al malecón y de inmediato hacia el lugar donde mi vecino y su amigo charlaban despreocupados. Sólo faltaba que gritara ¡a ver a qué horas!

Así las cosas, Jorge y yo salimos a cumplir con una encomienda cuando al doblar la esquina fuimos detenidos por un "disculpen ¿les puedo hacer una pregunta?". Jorge y yo giramos para atender la pregunta que hacia este individuo moreno, de unos 26 años. Era el tipo de la esquina, el que habia observado desde la ventana hacía unos instantes. Yo respondí con un "claro", sin imaginarme lo que estaba por escuchar: "Mira, yo soy gay y ustedes dos me gustan. Quisiera hacérselo a los dos con la boca". A pesar de que logró percibirse cierto nerviosismo en sus palabras, la verdad es que la perplejidad en la que nos encontrábamos mi hijo y yo era de una magnitud que, por un instante, no di crédito a lo que acababa de escuchar; tan sólo atiné a darme la vuelta y continuar nuestro camino, mientras manoteé de arriba abajo, pretendiendo desacreditar su patético descaro. Seguía aún desconcertado, después de caminar algunos metros en silencio en dirección al auto, cuando escupí una frase de lo más estúpida, preguntándome algo así como por qué estos acosos no los hacian las mujeres.

Al subirnos al auto, cerramos las puertas y guardamos un instante de silencio mientras tratábamos de digerir lo que acababa de pasar de forma tan abrupta. Coloqué la llave en el switch antes de dar marcha cuando Jorge expresó su ánimo diciendo "qué sensación tan desagradable".

Al regresar de la calle discutimos el asunto con los demás, y así fue como pude corroborar lo que no me resultaba tan evidente a primera vista.

El vecino me saluda con entusiasmo y una sonrisa plena siempre que nos cruzamos en la calle. Es evidente que no se percató del incidente del amigo de su amigo, al que no he vuelto a ver jamás por este rumbo.