Confesiones

Me da un poco de pena decirlo, pero la verdad es que, de niño, estaba convencido de que ese sonido que escuchaba por las noches, al salir a la terraza, en casa de mis padres, provenía de la bóveda celeste.

En repetidas ocasiones volteé a ver aquel nítido cielo nocturno, pensando que el ruido de los grillos no era otra cosa más que el extraño tintineo de las estrellas.

Viaje a GDL (3)

Guadalajara parece ser la misma que dejé hace, prácticamente, dos años. Continúa creciendo, algunos cambios cosméticos en las vialidades parecieran dar la idea de resolver el problema del tráfico, pero rápidamente se puede constatar que los costosos pasos a desnivel tan sólo cambian el problema de lugar y, en algunos casos, tan sólo unos metros. Por otra parte, la calle que fue parte central de nuestra historia en GDL, continúa su inexorable camino hacia la comercialización total de lo que antes fue una zona exclusivamente residencial.

Extrañamente, recorrer la ciudad no me ha producido emociones, pero mi vínculo con GDL está con las personas que la habitan. Decir "Guadalajara" es pensar en ellos. El simple hecho de saber que Mogambo estaba ahí le daba un valor agregado al viaje, independientemente de la parte de trabajo.

No tenía, siquiera, tres horas en la ciudad cuando ya estábamos reunidos frente al departamento. Fuimos de inmediato a entregar unas cosas al legendario edifico de Nelson y estando sobre la banqueta, frente al edificio, solté una carcajada, después de escuchar una de esas clásicas pendejadas que Mogambo dice con facilidad. Segundos después, Monsieur Robert estaba a un lado de nosotros. "Escuché tu risa y dije: esa risa yo la conozco". Nos saludamos. Nos contó una anécdota —muy buena, por cierto, pero cabe mejor en otro escrito— y se fue, dando por terminado nuestro fugaz encuentro. Mogambo me invitó un café moca con una rebanada de un delicioso pay de manzana en un agradable Starbucks, ubicado frente a la Glorieta Minerva. Y así comenzaba mi día de actividades en la metrópoli; un día en el que me cruzaría con Ernie, Marina, también con clientes-amigos de hace años que me han buscado de nuevo, superando los prejuicios y el aspecto psicológico de trabajar de forma remota.

Después de un día ajetreado llegué ya tarde al departamento que Giuseppe me prestó. Es un lugar sobrio, sin TV o conexión rápida a internet (de cualquier manera, no poseo una portátil). Una extraña sensación de soledad me rondaba. Hice algunas llamadas: contacté a Anonymous; felicité a Janitzio por su cumpleaños el día 7; Pepenyel me contestó en Vallarta; los BF en Europa; Blanqui en Pto. Vallarta... Recordé que Ghalius había estado en GDL el día anterior. Permanecí un largo rato en el silencio. Intenté leer un poco. Mister me telefoneó. Charlé con ella acostado boca abajo sobre la cama. Después, dejé que el cansancio me venciera.

Los dos días restantes los puedo resumir rápidamente, para no hacer largo el cuento: JR y la calidez de su familia; Carol y nuestra amistad de años; la inesperada compañía de Lorraine; la oportunidad de comprar el regalo de Mister; Huber y un paseo inolvidable por Av. Vallarta en su Safari rojo. Paul Bunyan... Paul Bunyan siempre está trabajando. Por último, no conocí al bebé de Anonymous (pero el papá se tomó mis cervezas, de cualquier manera).

El círculo se cerró y me regresé con trabajo y una sensación que me ha llevado muchos días dejar atrás: la sutil e intermitente presencia de Miguel. Fui a visitarlo al hospital. Imposible verlo, por supuesto, pero tuve la oportunidad de charlar con sus padres. Pude grabarle un mensaje, a sugerencia de una amiga suya, quien portaba una grabadora consigo (fue liberador hacerlo). Lorraine fue una compañía importante esa tarde, "no te dé pena" me dijo al salir del hospital, mientras le comentaba que las lágrimas salieron solas y no pude detenerlas. "No se qué me pasó. Simplemente sucedió así", le dije, mientras hablábamos de la despedida, de la entereza, serenidad y fe inquebrantable que mostraban los padres de Miguel en tan difícil momento. Para mí todo era muy nuevo, muy reciente; ellos cumplían su treceavo día de esperanza, mientras yo estaba aún asimilando la noticia recibida dos días atrás.

Finalmente, mientras esperaba mi camión de regreso, en una solitaria estación de Periférico y Vallarta, sentí una ligereza que sólo se siente con el desahogo. Miguel me devolvió, en un par de días, algo que había perdido tiempo atrás: la capacidad de llorar. Abrazando mi maleta, disfrutaba de la temperatura perfecta, cuando la silueta de un autobús se aproximó en la oscuridad. Un solo pasajero en espera. Eran las 12:00 AM en punto. Al frente del camión se leía con claridad el letrero indicando la ruta a casa: una sola palabra, ocho letras, un viaje directo y sin escalas a la orilla del mar.

Viaje a GDL (2)

Despertamos todos de un sobresalto. La lluvia, que nos acompañó en gran parte del recorrido, provocó algunos deslaves ligeros, y en uno de ellos, las rocas alcanzaron a golpear la carrocería, produciendo un estruendo que recorrió el autobús por debajo. Permanecí despierto y concentrado en la carretera y observando la pericia del chofer, quien conducía con mucha seguridad mientras nos sorprendía una zona de neblina en el punto más bajo del tramo conocido como "Plan de Barrancas". La sensación de peligro, en medio de las curvas, era desconcertante; la densa neblina dejaba una visibilidad escasa, de apenas unos metros, pero el chofer parecía estar familiarizado con el camino. Tan pronto como comenzamos a ascender, la neblina desapareció de un metro a otro.

Más adelante, saliendo del sinuoso tramo, el autobús se detuvo; un colega estaba con 4 llantas ponchadas, producto de su encontronazo con las piedras de un ligero deslave. Nuestro conductor le prestó algo de herramienta antes de proseguir nuestro viaje. "Ya le avisé al patrón. No te preocupes, ya me mandaron las llantas" comentaba con gratitud el colega, mientras yo atestiguaba el momento, aletargado, queriendo dormitar.

Conforme nos fuimos acercando a la Perla de Occidente, la autopista parecía estar más seca y confiable. El chofer encendió la radio. Guadalajara no podía fallar: música ochentera en la radio: "life is life", de Opus (esa canción jamás, jamás fue de mi agrado). No pude dormir de nuevo. El paisaje fue volviéndose cada vez más familiar. La vegetación y el frío en la cabina acentuaban lo evidente del cambio geográfico: estábamos llegando a Guadalajara. El horizonte comenzaba a clarear y el tráfico a aumentar. Un letrero en la salida norte señala que Guadalajara tiene una población de 2 millones doscientos y tantos mil habitantes, si mal no recuerdo (Divagué sobre ese dato... mis cálculos de toda la zona metropolitana me llevan a creer que debe rondar los 6 millones, quizá más. Zapopan es un municipio casi del doble que GDL).

Alrededor de las 7:30 a.m., hora de la capital de Jalisco, el sol se asomó imponente sobre el horizonte. Nosotros transitábamos el Periférico, rodeados de autos que se movían como abejas. No pude evitar sonreír con cierto gusto al recordar mis tiempos en medio de este caos tan "ordenado"; es como si cada conductor pudiera leer con anticipación las temerarias maniobras del desesperado que viene al lado. El velocímetro del voluminoso autobús marcaba los 75 km/h, los tres carriles ocupados. Ya metidos en la frecuencia de la ciudad, el chofer trasladó el sonido de la radio a todo el camión, mientras nos acercabamos a la estación. Un pasajero chifló molesto por el diálogo entre la conductora y el conductor del programa mañanero, quienes hablaban de forma vulgar, según ellos muy "cool", intentando describir burdamente los atributos físicos de una "actriz" mexicana. El chofer puso, de nuevo, música ochentera. Casi al llegar, observé la interminable cantidad de autobuses estacionados por todos lados, mientras estábamos por concluir la travesía.

Al bajar del camión pensé en mi amigo Miguel. Ricardo me esperaba pacientemente en su auto, afuera del módulo 7 de la estación camionera.

Viaje a GDL (1)

Partí el miércoles pasado hacia Guadalajara. Salí de noche, solo. Mi asiento era el número 3. Iba al frente (Muchos temen viajar sentados allí... pero este comentario no viene al caso). Era una noche sin estrellas, lluviosa en gran parte del trayecto. Los faros del autobús iluminaban un camino oscuro, apenas discernible por el punteado reflejo de esas pequeñas marcas fosforescentes sobre el asfalto que nunca he sabido cómo se llaman. La línea blanca al centro del carril, a veces continua, a veces entrecortada, se perdía debajo del oscuro camino, mientras avanzábamos a una velocidad constante, sobre una solitaria autopista.

Un iPod Shuffle que Kik me prestó, me ayudó a perderme en la noche. En un principio, el apresurado playlist que había vaciado no parecía ser el adecuado; pulsé el botón, brincando de canción en canción, hasta que quedé anclado en "thru these walls", de Phil Collins. De pronto me fui derritiendo en la oscuridad, acurrucado entre dos pequeñas almohadas y un asiento reclinado al máximo, viendo tan sólo esa parte del camino que las luces podían iluminar, envuelto en la noche, viendo hacia adelante, repitiendo una canción con un sabor un tanto misterioso, hasta perder la percepción del tiempo, intentando no pensar y conciliar el sueño.

Miguel

Mazatlán, Sin. Agosto 7, 2007.

Miguel:

Sé que visitas el muelle con cierta frecuencia y que estas lineas no las leerás en un buen rato, pero llegará ese día en el que puedas revisar la bitácora con detenimiento, por lo que me doy a la tarea de dejar este registro escrito —para eso son después de todo estos sitios—. Aprovecho para comentarte que, aunque el término blog es ya mundialmente aceptado, la palabra bitácora, en nuestro idioma, me parece en este instante lo apropiado, y ahora, más que nunca, le encuentro sentido. Bueno, bueno, pasemos a otra cosa, ya sabes que contigo puedo filosofar sobre la trayectoria de una mosca.

Me sorprendió mucho que no respondieras mi correo de la semana pasada, por lo que traté el día de hoy de encontrarte en tu celular. Por primera vez en mi vida escuché el mensaje "este buzón está al máximo de su capacidad", o algo así. A veces soy perseverante, por lo que marqué a tu casa y, en lo que claramente fue una llamada redireccionada, tu padre me contestó en el hospital. Hace una semana que estas ahí y yo no lo sabía.

Tu padre se ha portado como un caballero y con aplomo y serenidad me ha comentado lo sucedido la semana pasada. Me tomó por sorpresa. No es este el lugar apropiado para entrar en detalles, pero Mister y yo... pues, nos preocupamos mucho en un principio, pero conforme fuimos enterándonos de los detalles, una sensación de certeza nos invadió: habrás de sortear favorablemente estos tiempos. Giuseppe me llamó cuando supo que me acababa de enterar y estaba sorprendido de que no estuviera al tanto. Conversamos un rato y ambos reconocimos las cualidades de tu espíritu, ambos coincidimos en la sensación que nos embarga: es algo sutíl, inexplicable, pero estamos convencidos de que habrás de salir adelante muy pronto. Habrá de surgir aquello que te caracteriza. ¿Recuerdas la calcomanía que queríamos imprimir y colocar en nuestros autos? "No es fácil ser un Maorí"... No lo es, pero tú perteneces a esa casta de los que se atreven a hacer las cosas.

Hoy hablamos como locos Mister y yo; hablamos a solas en el cuarto, un par de oradores sin audiencia. Hablamos, pues, es la única forma de ser escuchados.

Ahora mismo es tarde. Me da pena telefonear a tu padre. Es una hora más tarde allá. Mañana temprano lo haré. Espero que ya hayas despertado.

JOE

Pasando la factura

La cita inconclusa de la semana pasada puede servir como referencia para el inicio de lo que ha sido la semana más complicada del año en lo económico.

La vida del freelance es un reto creativo en todos los sentidos. La independencia económica para un diseñador que trabaja por su cuenta no es cosa sencilla.

Y así, un anuncio para revista de circulación nacional ocupó buena parte de lunes y martes en correcciones y autorizaciones, pero el cobro del anuncio ha tenido un proceso más largo aún, tomando en cuenta que el trabajo quedó terminado hace una semana y que éste se llevo a cabo sin anticipo, dada la confianza existente entre las partes. Cabe aquí mencionar que en la negociación del precio hubo que hacer un ajuste del —¿estás sentado?— 35% a la baja, dado que, según las nuevas políticas de la empresa (el dueño ya no controla estas decisiones) todo trabajo entra a concurso entre una lista de proveedores. La experiencia y la calidad del trabajo es, con toda claridad, un asunto de poca o nula valoración. Pero como esto no era un asunto de orgullo sino de supervivencia, el ajuste se hizo de común acuerdo, no sin antes expresar algunos puntos de vista que tuvieron una recepción... digamos que discreta.

Hay clientes "chicos" y "grandes", pero un proveedor... es un proveedor. En las oficinas de contabilidad, el diseñador gráfico—representado estóicamente por su factura—, queda en el mismo nivel que un proveedor nacional o transnacional. Ante los ojos del contador, en la pila de pagos, ese proveedor, ese ente abstracto que quiere cobrarle a la empresa, puede entrar en el proceso de "recibimos facturas los martes y pagamos en 15 días" (Walmart y los gigantes de ese tamaño pagan a 90 días). Por lo que me vi obligado a solicitar amablemente a la contadora un caso de excepción, a través de una llamada telefónica.

La creatividad, eje de este trabajo, se ve tremendamente mermada cuando se tiene que pensar en sobrellevar los eventos del día. No se puede pensar cuando lo más elemental de la vida cotidiana no está resuelto del todo.

¿Cómo supera uno estos lapsos? Pues, yo, trabajando y dejando que el dinero no sea el epicentro de la vida —por favor, esto no quiere decir que hay que descuidarlo—. Es cierto que hasta el sabio maestro sale a cortar leña, pero lo hace a sus horas.

Cuando el dinero tiene una relevancia casi religiosa, una semana como esta puede mermar la salud, deteriorar muchas cosas o, como he podido ver en muchos casos, destruir una relación. Ser diseñador gráfico "indie" requiere mucho más que talento; exige el desarrollo de ciertas habilidades básicas que no se pueden ignorar (o negar con absurdos estereotipos).

Octubre 03, 2006

Un té helado

El día de hoy tenía una cita de trabajo con la directora y fundadora de una empresa que organiza eventos en esta región del país. Esperé por casi 50 minutos, hasta que terminé de leer las reseñas cinematográficas de la revista que llevaba conmigo, y me dí cuenta de que mi té se había terminado.

Pedí la cuenta. 14 pesos marcaba el ticket. La mesera bromeó conmigo acerca de esperar más tiempo. Le dije que pensaba que el plantón era por demás evidente.

Dejando de lado su cautivante presencia, la chica que nunca llegó tiene un importante curriculum, dirige su empresa, y veo en su proyecto un gran potencial. El diseño gráfico y los contactos que tengo, por los años involucrado en esto, creo que le pueden ser de mucha utilidad.

Según el correo que acabo de recibir, el siguiente té es doble... y corre por su cuenta. Después de la espera me queda claro algo: Oliver Stone parece salir bien librado con la nada fácil película de World Trade Center. Así son las apuestas creativas: una moneda en el aire.

Septiembre 25, 2006.

Anticipar

¿Cuántas veces he trabajado sin anticipo? No sé con exactitud cuántas, pero si sé que lo he hecho en múltiples ocasiones.

El anticipo ofrece la posibilidad de trabajar con cierta tranquilidad y claridad mental. La misma palabra en su definición lo dice: anticipar es hacer que algo suceda antes del tiempo señalado o esperable, o antes que otra cosa. Ese anticipo genera las condiciones básicas para desarrollar el trabajo en tiempo y forma; para que se resuelva en el lapso esperado o, incluso, antes.

Tengo muy vivo el recuerdo de una reunión de trabajo en unas oficinas lujosas en la ciudad de Guadalajara, hace muchos años atrás, donde fui testigo de una negociación poco usual sobre anticipos.

Estaban comenzando a comercializar lo que el día de hoy es un reconocido fraccionamiento de clase media alta. Sentados en una mesa ovalada se encontraban el director comercial del fraccionamiento, un reconocido acuarelista de Guadalajara junto con otros personajes del área administrativa y, por supuesto, yo. Se abordaron los temas de algunas publicaciones en prensa y revistas, así como el de seis acuarelas que habrían de pintarse para ser usadas en la campaña de lanzamiento, basadas estas en el proyecto arquitectónico y, por supuesto, en una buena dosis de imaginación por parte del acuarelista, ya que no existía nada, aún, fuera de los planos. El director comercial, muy entusiasmado por contar con los servicios del artista, le cuestionó amablemente sobre sus honorarios.

— ¿A cuánto van a ascender tus honorarios?
— 40 millones— respondió el acuarelista con mucha tranquilidad, abriéndose un breve espacio de silencio. El director estaba sentado, relajado, meditando antes de seguir haciendo preguntas (quisiera recordar que en el año de 1992 aún no se le restaban los tres ceros a la moneda, cosa que sucedería hasta el 93).
— ¿Y cuánto necesitas de anticipo?
— Yo necesito un 50% de anticipo. El artista necesita trabajar tranquilo— respondió de nuevo con una serenidad que bien podría esperarse de un maestro tibetano. Yo permanecía atento, siguiendo el diálogo como si fuera un peloteo de matchpoint.
— OK.... OK ¿Nos vas a dar recibos de honorarios?
— No, yo no manejo nada de eso— aclaró circunspecto el acuarelista. De nuevo hubo un breve instante de silencio, antes de que el directivo se dirigiera a la chica de administración que nos acompañaba en la mesa.
— Bien. A ver cómo le hacemos para registrar ese dinero. Prepárenle su anticipo— dijo, dando por terminado el asunto— Muy bien. Mañana puedes pasar por tu cheque.

Yo me quedé en silencio, sorprendido. Había presenciado una poco usual lección sobre anticipos y creatividad; sobre temperamentos y las ventajas de gozar de cierto grado de reconocimiento público.

A la distancia he valorado más esta anécdota. No se puede rendir al 100% cuando las cosas más básicas, escenciales, no están cubiertas. Hay que anticipar esas condiciones que merman la creatividad. Hay que hacer a un lado esa timidez que nos subyuga cuando una negociación comienza con "pues, no tengo mucho dinero ahorita, pero necesito que me hagas algo y es un tanto urgente".

Está otra anécdota fantástica de mi querido Volpi: el cliente, con una empresa sólida económicamente en aquel entonces, le sugería con cinismo que bajara su precio, a lo que Volpi contestó, en ese estilo livornés que le caracteriza: No. Tú te quedas igual de rico y yo igual de pobre.

Buena forma de anticiparse a un mal trato.

Octubre 29, 2006.