Guadalajara parece ser la misma que dejé hace, prácticamente, dos años. Continúa creciendo, algunos cambios cosméticos en las vialidades parecieran dar la idea de resolver el problema del tráfico, pero rápidamente se puede constatar que los costosos pasos a desnivel tan sólo cambian el problema de lugar y, en algunos casos, tan sólo unos metros. Por otra parte, la calle que fue parte central de nuestra historia en GDL, continúa su inexorable camino hacia la comercialización total de lo que antes fue una zona exclusivamente residencial.
Extrañamente, recorrer la ciudad no me ha producido emociones, pero mi vínculo con GDL está con las personas que la habitan. Decir "Guadalajara" es pensar en ellos. El simple hecho de saber que Mogambo estaba ahí le daba un valor agregado al viaje, independientemente de la parte de trabajo.
No tenía, siquiera, tres horas en la ciudad cuando ya estábamos reunidos frente al departamento. Fuimos de inmediato a entregar unas cosas al legendario edifico de Nelson y estando sobre la banqueta, frente al edificio, solté una carcajada, después de escuchar una de esas clásicas pendejadas que Mogambo dice con facilidad. Segundos después, Monsieur Robert estaba a un lado de nosotros. "Escuché tu risa y dije: esa risa yo la conozco". Nos saludamos. Nos contó una anécdota —muy buena, por cierto, pero cabe mejor en otro escrito— y se fue, dando por terminado nuestro fugaz encuentro. Mogambo me invitó un café mocha con una rebanada de un delicioso pay de manzana en un agradable Starbucks, ubicado frente a la Glorieta Minerva. Y así comenzaba mi día de actividades en la metrópoli; un día en el que me cruzaría con Ernie, Marina, también con clientes-amigos de hace años que me han buscado de nuevo, superando los prejuicios y el aspecto psicológico de trabajar de forma remota.
Después de un día ajetreado llegué ya tarde al departamento que Giuseppe me prestó. Es un lugar sobrio, sin TV o conexión rápida a internet (de cualquier manera, no poseo una portátil). Una extraña sensación de soledad me rondaba. Hice algunas llamadas: contacté a Anonymous; felicité a Janitzio por su cumpleaños el día 7; Pepenyel me contestó en Vallarta; los BF en Europa; Blanqui en Pto. Vallarta... Recordé que Ghalius había estado en GDL el día anterior. Permanecí un largo rato en el silencio. Intenté leer un poco. Mister me telefoneó. Charlé con ella acostado boca abajo sobre la cama. Después, dejé que el cansancio me venciera.
Los dos días restantes los puedo resumir rápidamente, para no hacer largo el cuento: JR y la calidez de su familia; Carol y nuestra amistad de años; la inesperada compañía de Lorraine; la oportunidad de comprar el regalo de Mister; Huber y un paseo inolvidable por Av. Vallarta en su Safari rojo. Paul Bunyan... Paul Bunyan siempre está trabajando. Por último, no conocí al bebé de Anonymous (pero el papá se tomó mis cervezas, de cualquier manera).
El círculo se cerró y me regresé con trabajo y una sensación que me ha llevado muchos días dejar atrás: la sutil e intermitente presencia de Miguel. Fui a visitarlo al hospital. Imposible verlo, por supuesto, pero tuve la oportunidad de charlar con sus padres. Pude grabarle un mensaje, a sugerencia de una amiga suya, quien portaba una grabadora consigo (fue liberador hacerlo). Lorraine fue una compañía importante esa tarde, "no te dé pena" me dijo al salir del hospital, mientras le comentaba que las lágrimas salieron solas y no pude detenerlas. "No se qué me pasó. Simplemente sucedió así", le dije, mientras hablábamos de la despedida, de la entereza, serenidad y fe inquebrantable que mostraban los padres de Miguel en tan difícil momento. Para mí todo era muy nuevo, muy reciente; ellos cumplían su treceavo día de esperanza, mientras yo estaba aún asimilando la noticia recibida dos días atrás.
Finalmente, mientras esperaba mi camión de regreso, en una solitaria estación de Periférico y Vallarta, sentí una ligereza que sólo se siente con el desahogo. Miguel me devolvió, en un par de días, algo que había perdido tiempo atrás: la capacidad de llorar. Abrazando mi maleta, disfrutaba de la temperatura perfecta, cuando la silueta de un autobús se aproximó en la oscuridad. Un solo pasajero en espera. Eran las 12:00 AM en punto. Al frente del camión se leía con claridad el letrero indicando la ruta a casa: una sola palabra, ocho letras, un viaje directo y sin escalas a la orilla del mar.
sábado, agosto 18, 2007
Viaje a GDL (3)
Publicado por
Tio Joe
en
12:02 PM

