El otoño

Hacía tiempo que no salía a esta hora a mover el cuerpo. Tanto así como para que los dueños de la mañana fueran apareciendo uno a uno y reafirmaran ante mis ojos los beneficios de la constancia. Allí estaban casi todos: la chica que corre desde hace dos años y que, por su forma de correr, apodamos "entre-clouds"; la mujer rubia de cabello corto que anda en su bicicleta... aparenta cierta madurez, pero sus piernas son tan perfectas que resulta complicado calcular su edad; a ella la identificamos como "smiley", pues, no le abandona ese ligero gesto en su feliz pedalear.

Recién comenzado nuestro recorrido, Mister me hizo notar el color jade de las olas poco antes de reventar. A la distancia, una mujer con un traje de baño amarillo salía del mar, tras de ella una joven espigada, muy parecida —probablemente su hija—, le seguía los pasos. Ambas tomaron sus toallas y permanecieron envueltas en ellas, mientras veían las olas y charlaban discretamente (El agua debe estar ya fría).

Más adelante, un personaje nuevo para mí: vestida con pants negros, una solitaria chica de ojos verdes y pecas en las mejillas camina aceleradamente, como si intentara pasar desapercibida debajo de una gorra negra; a pesar de su baja estatura, no se puede negar que la chica es sexy. También vi a las doñas que salen en grupo a caminar. Son tres, a veces cuatro, y esta mañana no podían faltar. Se ejercitan y charlan sin cesar, muy bien vestidas para la ocasión.

De regreso, antes de llegar a casa, una escala técnica en el Café "El faro". Allí nos encontramos a Kaíta con su café recién hecho. Sobre la banqueta conversamos un instante. Nos preguntó sobre Oaxaca, si conocíamos un buen lugar donde llegar. El nombre de Ghalius brincó en la charla, de seguro él te podría dar un norte, o Mogambo, que también ha estado por allá.

Al pasar por la tienda de abarrotes vimos que Nacho algo le explicaba a un individuo con cara de pocos amigos. Le gritamos los buenos días, interrumpiendo su charla, y él respondió con muy buen ánimo "¡Quiobo!". Me quedó la impresión, por su gesto, que le hubiera gustado que pasáramos a saludarlo con más calma. Por increíble que parezca, Joaquín ya estaba lavando su primer automóvil.

Tenía tiempo sin salir temprano a mover el cuerpo (Es tan sencillo dejarse llevar por la parafernalia del día a día). El delicioso aire fresco me dejó en claro que el otoño ha llegado tarde este año, pero al fin está aquí.

Historias de primera mano

A raíz del escrito anterior me he acordado de Manolo. Hace poco más de dos años que lo vi por última vez y aún recuerdo un par de historias que nos contó cuando éramos vecinos, allá en Guadalajara. Aquí una de ellas:

Por cuestiones relacionadas con su trabajo en el campo, viajaba por carretera con frecuencia. En una ocasión, nos contaba, tuvo que detenerse debido a que había ocurrido un accidente automovilístico. Por las características del impacto, difícilmente alguien podría sobrevivir. Fue asi que, inspeccionando el escenario, se acercó a un hombre que yacía sobre el asfalto. Viendo el estado en el que se encontraba el individuo, Manolo adoptó una actitud serena, mientras trataba de reconfortarlo. —No te preocupes, amigo, vas a estar bien. Yo soy médico—, se le ocurrió decir. ¿Qué más podía hacer?, se cuestionó con franqueza, mientras nos contaba aquello. Finalmente, recuerdo que Manolo hizo alusión a la tranquilidad que el hombre sintió al saberse cuidado.

Y así, sin más, en paz, con un hombre de campo cerca, aquel desconocido habría de pasar a mejor vida.

Noticias inesperadas

Cuando terminó su conversación telefónica, Mister se dio a la tarea de explicarme qué diablos había sucedido.

Su prima transitaba abordo de su automóvil por las calles de la ciudad de México cuando, en un abrir y cerrar de ojos, se despertó en un hospital. Su cadera, tres costillas y la clavícula estaban rotas.

La prima habría de enterarse de lo sucedido en voz de otras personas: había sobrevivido el impacto lateral de un camión de carga; durante un par de horas había estado inconsciente; 45 minutos se demoraron en sacarla del auto, en medio de metales retorcidos; una mujer desconocida se quedó junto a ella, cuidando su bolso, hasta que la ambulancia la trasladó a un hospital junto a un hombre que decidió acompañarla. Al ser recibida en emergencias, el tipo ofrece su tarjeta de crédito, para sortear los trámites del hospital, en lo que llegan los familiares. El desconocido, en medio de la situación de emergencia, explica que a él le hubiera gustado que alguien hiciera lo mismo, en caso de que su esposa o su hija se vieran en una situación similar.

En un abrir y cerrar de ojos se ha escrito una historia muy contraria a los secuestros express, a los intentos de violación, al asalto a mano armada que otros conocidos han vivido en la capital.

Ese par de personajes, de los que nada más se sabe, le han dado una cara distinta a una ciudad que, por momentos, pareciera haber extraviado cualquier indicio de conmiseración.