El ocaso de los Dioses

por Eduardo Azuri

Todo y todos tenemos un ciclo. La finitud es una de las características más angustiantes y reales de la condición humana. Muchas corrientes del pensamiento antiguo y algunas del contemporáneo, con una visión más optimista o integral, señalan que en realidad nada comienza ni termina, sino que todo se renueva sin cesar, como un río en el que el agua es fluído y, al mismo tiempo, permanencia: eternidad y continuidad.

No obstante, los seres humanos nos aferramos al permanecer y, ante la consciencia de nuestra temporalidad, buscamos a toda costa trascender a través de la inmortalidad. Deseamos ser recordados, dejar huella en ese inventario de sucesos hilvanados por el tiempo y la reflexión al que hemos denominado La Historia.

El extraordinario novelista checo Milán Kundera ha tratado el tema con maestría en su obra “La Inmortalidad”, en la que nos muestra cómo gran parte de las acciones humanas, más que buscar apoyar o beneficiar una causa, buscan el permanecer, salir de la angustia de la finitud. Sin embargo, si reflexionamos un poco, veremos que los antiguos no estaban tan equivocados en su idea de los ciclos y en despreciar el aferrarse a lo temporal. Finalmente, por más que logremos dejar huella en el almanaque histórico, ¿qué es en si toda la civilización humana, en el gran marco de la historia del universo con sus miles de millones de años de evolución?... un suspiro, un instante, una chispa que se enciende y se apaga como una cerilla en la oscuridad. Sólo un momento en ese enorme río del cosmos que no deja de fluir.

Si, aunque suena duro y cruel, algún día hemos de desaparecer y con nosotros se irá lo mejor de nuestra cultura y civilización; desde Homero hasta Borges, desde Platón hasta Teilhard de Chardin, desde Pitágoras hasta Mozart, desde Alejandro Magno hasta Mahatma Gandhi. Todo se borrará junto con nuestro universo que tarde o temprano implotará, en la visión pesimista, o bien, en la visión optimista de los ciclos, todo será reeditado en otro universo. (Quizá nosotros seamos la nueva versión de otros ciclos y universos que ya produjeron lo más maravilloso y lo más abominable del espíritu).

Toda esta reflexión viene a caso porque en pleno siglo XXI estamos asistiendo al final de ciclos de personajes que por su poderosa presencia llegaron a darnos la sensación de ser eternos, inagotables en la historia. Uno de ellos murió hace unos años, Juan Pablo II, el gran líder que impregno al mundo de su carisma y capacidad política para generar el diálogo, aunque no reformó la institución que presidió, al grado que ahora parece retroceder. El otro, Fidel Castro, acaba de anunciar su retiro del poder en Cuba, acción que no encuentra equivalencia al retiro de ningún otro líder político del mundo en los últimos 100 o quizá 200 años, por lo que representó en términos de influencia y presencia en el planeta, de inspiración para millones de jóvenes, de franco rechazo y repulsión para otros, dentro y fuera de su país.

Hoy, la gran pregunta que habrá de hacerse frente a su adiós, que no es más que un aviso de que sabe que morirá pronto, es si frente a la realidad de lo efímero que es, ya no la vida, la historia misma con sus épocas y eras, valió la pena aferrarse tanto tiempo al poder al grado de llegar a la soberbia extrema de que sólo la incapacidad física o el franco advenimiento de la muerte lo alejaron de el. ¿Hubiera sido menos en la historia un Fidel que desde hace veinte o treinta años dejará a su país en manos de otros, del mismo pueblo decidiendo su destino? Más allá de sus logros indiscutibles en materia de cultura y educación, deporte y salud ¿Era necesario permanecer tanto tiempo en un cargo a costa del hambre, la represión de libertades y tanto sufrimiento de los cubanos?

No es fácil responder a esas preguntas, cualquier respuesta absoluta corre el riesgo de ser tendenciosa, o quizá parcial. Aún así nos atrevemos a soltar la hipótesis de que la gran obra de Fidel que puso en práctica ideales de justicia e igualdad, demostrando además que no hay ser en el mundo, sea pequeño, pobre o marginal, que no pueda oponerse a los excesos de los poderes centrales del mundo, estaba realizada desde hace varios años.

Su ciclo, me parece, se acabo hace tiempo. Quizá por no entenderlo, como muchos no lo hacemos, interferimos la aparición de nuevos ciclos en la marcha de la evolución del universo. Lo frenamos y al hacerlo impedimos que florezca el nuevo tiempo, los nuevos cosmos, la nueva realidad.

Adquiere entonces, frente a la realidad de nuestra finitud y lo absurdo de aferrarnos a una inmortalidad que quizá no lo sea, gran peso el verso de Renato Leduc hecho bolero: Sabia virtud el conocer el tiempo…

Comentarios y chispazos del espíritu en: eazuri@yahoo.com.mx

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