Tres charlas (3)

Château Chauvet

A principios de este año, la esposa de Monsieur Chauvet nos tendió una trampa.

— Son tus papás — le dijo a Andy — No salgas, déjame invitarlos a pasar. Nomás no salgas.

Mister y yo mordimos el anzuelo y entramos a saludar. Supuestamente recogeríamos a Andy y regresaríamos al departamento. Fue una buena estrategia de Madame Chauvet para presentarnos a su grupo de amigos. Eran ya pasadas las 8:00 pm y estaban reunidos en una pequeña terraza, rodeados de un agradable jardín, sentados muy cómodamente en una mesa redonda, tomando cerveza algunos y vino tinto otros. Una lap conectada a un potente equipo de sonido tocaba música de fondo; trova cubana (no me vuelve loco, pero las piezas eran buenas, debo reconocerlo). Nos presentaron con todos; gente muy agradable, amena, inteligente, despreocupada. A pesar de mis tímidas habilidades para socializar, me sentí como en mi casa. Rápido comenzamos a charlar y nos quedamos un largo rato.

Ya sentados a la mesa y ambientados, aproveché la oportunidad para decirle a uno de los invitados, José, que recordaba conocerlo de otra ocasión.

—Yo a tí te conozco. Nos conocimos en enero del año pasado, afuera de la cantina de Moss Eisley. Tu eres amigo de Mr. Buck
— ¡Ah, sí, sí, cómo no! ¿Cómo está Mr. Buck? ¿cómo le ha ido?

Continuamos la charla, nos pusimos al tanto de nuestras historias, y posteriormente comenzamos a platicar sobre lo que yo veo como una característica particular de este puerto y que, en esa cantina, donde todo espécimen del universo tiene un embajador, se reproduce en pequeña escala.

Aquí la mirada tiene que ser más aguda, les comentaba; aquí no se puede juzgar a una persona por su apariencia; hay que tener una sensibilidad más desarrollada; los estereotipos, en este lugar, no son de fiar. Los que allí estaban coincidieron en esto. Salieron a la luz anécdotas variopintas, muy interesantes, divertidas, sobre ese fenómeno tan peculiar. Recuerdo en especial la lección que en este sentido aprendió un empresario local quien, según contaron, guiado por los estereotipos, rechazó la amable oferta hecha por un "aparente" hippie para asociarse y quien, a la postre, construiría una cadena internacional de restaurantes muy exitosa.

En algún punto de esta charla puse de ejemplo aquella noche en Moss Eisley, cuando José y yo nos habíamos encontrado por primera vez : en la mesa los clásicos estereotipos no concordaban. Conforme los fui mencionando —dos pintores, un periodista, un hombre con inversiones en varias bolsas de valores del mundo (no era yo, ciertamente) y un tipo nefasto—, José fue recordándolos a todos, menos al nefasto. Procedí a describirlo rápidamente y, para no extenderme demasiado en algo tan intrascendente, terminé diciendo "no sé, era un tipo que irradiaba muy mala vibra".

— Si, si, cómo no, ya se a quién te refieres— dijo. Lo que diría a continuación me golpeó fuerte, no me lo esperaba, sin embargo, no me pareció tan difícil de creer. Lo dijo mientras yo acomodaba velozmente las piezas en mi cabeza —Si, si. El tenía un negocio en un pueblo aquí cerca. Por supuesto que "mala vibra"— comentó tranquilamente —es el que mató a su esposa el año pasado, el día de las madres.

Tardé unos minutos en digerir su comentario mientras la charla prosiguió su flujo natural; pregunté si lo habían detenido, y alguien comentó que, acosado por el remordimiento, se había entregado a las autoridades. Nadie ahondó en el tema y la atmósfera se mantuvo relajada —ciertamente, el hecho fatídico había ocurrido meses atrás, casi un año—, sin embargo, en mí permaneció una extraña sensación que, afortunadamente, poco a poco se fue diluyendo, conforme transcurrió la velada. Pensé en el instinto, en lo enigmático que puede llegar a ser este puerto; pensé en escribir un post.

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