2 de Noviembre

Días queriendo pegar este escrito. Se suponía que quería compartirlo con ustedes el 2 de Noviembre, pero... en fin. Esta noche se dio la oportunidad.

Esto que estoy por platicarte sucedió hace más de un año, en los primeros días de septiembre, después de concluido el durísimo agosto de 2008. Aquella mañana salí a la terraza; recogí el periódico; me senté en la mesa a hojearlo. Una pequeña nota en primera plana remitía a la sección “Local”. El asunto: un conocido miembro de la comunidad norteamericana encontrado muerto en el panteón de Concordia.

En las páginas interiores de dicha sección se encontraba la nota completa. Una foto en blanco y negro mostraba un cuerpo recostado al lado de una tumba. Afortunadamente, la imagen no mostraba mucho, era distante, tan sólo se podía apreciar que el hombre calzaba unos tenis, lo demás resultaba poco detallado: una tumba, unas flores, un par de personas que, seguramente, deben de haber pertenecido al ministerio público.

Comencé a leer la nota y no pasé del primer párrafo. Tuve que dejar el periódico sobre la mesa. Me fui a la recámara buscando a Mister. Me vio contrariado —¿Qué pasó?— me dijo. Me sentía un tanto abrumado, cansado, por la serie de eventos desafortunados que habían marcado aquellos días. Recuerdo que renegué desconcertado: ¿qué diablos está pasando? ¿de qué se trata todo esto? Joe, nuestro vecino, murió, le dije, al parecer de un ataque al corazón. Mister quedó, también, perpleja.

Cuando pude recobrar un poco el ánimo, volví al periódico para saber en qué circunstancias había sucedido. La nota daba cuenta de que Joe había ido a llevarle flores a su novia, como era su costumbre casi todos los días desde hacía un año, cuando allí quedó tendido. Además, se recogían los rumores de que nuestro vecino había sentido malestares físicos en días anteriores. Una amiga norteamericana corroboraría esto al decirnos que lo vio el día previo a su muerte comprando unos medicamentos y él mismo le comentó que había sentido algunas molestias. Y aquí es donde, después de haber intercambiado impresiones con un par de personas que lo conocían mejor que yo, me atrevo a decir que, esto de los malestares, fue un montaje que funcionó bien, al parecer.

Lo ordenado de su departamento, la forma en la que estaban dispuestos los objetos en su casa —sus pertenencias, todo, absolutamente todo en perfecto orden, incluído el estado legal de sus propiedades—, fortalecía la idea de que nuestro vecino había logrado disfrazar bien su suicidio.

Tenía más de un año muy triste, deprimido por los trágicos sucesos de 2007 en los que le arrebataron la vida a su novia. Vivía solo con su mascota —un gato gris que solía estar muy gordo, pero que ahora deambula como ánima en pena por la banqueta, frente a su departamento (hoy lo vi, y la vitalidad parece estarlo abandonando)—.

El origen de la tristeza de Joe y las pistas de lo que estaba por venir en el último año de su vida quedaron plasmadas de forma inesperada en el muelle, en un escrito fechado dos meses antes de que Joe pasara a mejor vida. El escrito cobra un sentido distinto si se le vuelve a leer por estos días.

A veces, en la bitácora van quedando escondidas pequeñas pistas de las historias que rodean nuestras vidas. Historias reales, como la de nuestro vecino, que van desenlazándose muy de cerca. No es necesario seguir las noticias en la televisión para "estar al tanto" del fátum. Releer el escrito de aquella conversación con Joe, nos permite seguir el rastro de los tiempos por los que juntos estamos transitando; estos tiempos donde, especialmente en México, de alguna u otra manera, todos hemos sido tocados por la violencia sin sentido.

Lo de Joe lo cito a la distancia (con otros eventos inefables de por medio que no tengo ánimo de relatar). La violencia trae consigo un efecto dominó. Aquel triste dia de mayo, un arranque de ira y un solitario disparo marcaron algo más que el final de dos historias. Hay tanto absurdo en nuestra periferia. Quizá, sobra decirlo.

Nos seguimos leyendo.

Ociosidades

Lo más sobresaliente de la música en la primera década del siglo 21, según Pitchfork

Para los muy clavados de la música contemporánea, aquí un vínculo para entretenerse cuando no tengan absolutamente nada que hacer, como yo en este momento (12:54 am). Hay varias categorías. En esto nunca se podrá uno poner de acuerdo completamente, pero sirva esto como un ejercicio para los melómanos hardcore.

> P2K

La historia de la música del siglo 21 comienza a tomar forma... (qué sensación tan extraña).

Dos películas que no he visto; una trilogía que no he leído

Esos muelleos hacen olas. Lo que Dan dice es, en parte, cierto. Quizá no tengo nada que decir (No se si un examen concienzudo revele otra cosa, en realidad). Por lo pronto, quiero romper este silencio con el pretexto de decir algunas trivialidades meramente especulativas.

La primera es que hay dos películas que tengo muchas ganas de ver. No están a la renta. Si están a la venta en Mixup (Lástima que aún no hay uno en MZT). Una de ellas la tuve en mis manos —El Chef Diego la tiene en su colección, pero no tuve corazón para tomarla prestada en su ausencia—. Se trata de Let The Right One In (Tomas Alfredson, 2008, Suecia). Las películas de vampiros, o de terror nunca han sido de mi predilección, pero el caso de esta cinta es distinto. Lo poco que he leído —en un blog de cine que he descubierto—, me intriga más allá de mis predilecciones. Espero no equivocarme. Los comentarios de Guillermo del Toro, que tuve oportunidad de leer en la tapa del DVD, en casa de Diego, parecen decirlo todo.


La otra película acaba de aparecer, coincidentemente, en el mentado blog, pero su historia se vincula conmigo de otra manera, desde hace casi un año, cuando tuve el gusto de conocer, aquí en Mazatlán, a una bella chica que estudia actuación en Nueva York. Charlábamos muy a gusto sobre películas y, cuando mencionaba algunas de mis predilectas, me dijo que su película favorita de todos los tiempos era The Fall (Tarsem Singh, 2006). Me reveló algunas pistas de la trama y desde entonces la he querido ver. La película me ha eludido desde entonces. Por supuesto que sólo la he encontrado a la venta en la tienda mencionada con anterioridad (nada barata) —Por favor, no me sugieran verla en línea y esas cosas. El placer de ver una buena película con calidad de imagen y sonido es para mi un deleite—.

Otro antojo que traigo es una lectura, una trilogía. Son varios personajes en la red los que se expresan favorablemente acerca de ella, tanto así, que resulta casi obligado corroborar si todo lo dicho es cierto. La convicción de leerla alcanzó su punto máximo este fin de semana, al surfear un artículo de Vargas Llosa. En él, no tiene reparo alguno en calificar a Millennium
, del tristemente célebre Stieg Larsson, como una trilogía "fantástica". Dan ganas de adentrarse en la historia, con todo y que procuro rehuir los libros voluminosos.



Finalmente, ¿no hay nada qué decir? Después de darle vueltas un momento, parece que si. Se me olvida la esencia de una bitácora; me diluyo en el silencio por razones muy sencillas —identificables en los párrafos anteriores— no hay misterio. Últimamente me gana el cansancio. Pero esos muelleos, sin duda alguna, me sirven. Me sirven para volver a lo que realmente importa, por más trivial que pueda parecer... como platicar de dos películas que no he visto y una trilogía que jamás he leído.


Disperso

Las rutas de una mente como la mía, cuando queda al garete, son impredecibles. Esta noche me he paseado sobre una montaña rusa erigida sobre la dispersión. En este momento no puedo anclarme a un libro; no me apetece ver, siquiera, una película. Después de trabajar, de caminar por el malecón, de sudar, de darme un regaderazo (eso sí, con una renovada conciencia ecológica... ¡una semana sin agua!), he caído en un extraño vacío. Son estos momentos donde uno quisiera encontrarse con la otredad a la que aludía Octavio Paz. Hoy me conformaría con haberla encontrado en las letras de alguna bitácora, en las palabras de alguien más.

Un mensaje en el celular, de un número desconocido, me hace llegar un reclamo por haber abandonado la radio, hace ya un par de meses. No tengo una respuesta clara. Parece el colofón perfecto para la vacuidad de un viernes como este. Goldfrapp suena en mi iTunes con su "Black Cherry"... Excite me, ignite me / Oh and you know / I miss you...

Es hora de dejarse acariciar por las sábanas. Todos los demás ya duermen, desde hace rato. Al menos la música parece la indicada para hacer clic en logout.


Un plan atrevido (reloaded)

TED TALKS tiene ya una sección con sus conferencias traducidas a distintos idiomas (Por supuesto que el idioma de Cervantes es el que más charlas tiene). La charla de Shai Agassi, mencionada algunos post atrás, ya está con subtítulos.

Wolfgang Amadeus Phoenix

Phoenix
Reconocer públicamente que uno ha encontrado un disco de música pop muy recomendable es meterse en terreno peligroso en estos días. Resulta anti-cool hacer una afirmación de este tipo en un entorno donde la postura más chic se encuentra en el lado obscuro de este mundo caótico e innegablemente retorcido. Después de ver algunos capítulos de Behind The Music uno se ve tentado a pensar que zambullirse en el mar de los excesos, meterse a re-hab, ser rebelde, violento e inconforme, aunque no se tenga ni puta idea del por qué, es la postura de alguien muy sensible, bien enterado y acorde a los tiempos. La máscara de misfit, el disfraz de inadaptado, pues, es lo prudente. Lo demás es banalidad.

Aclarado el puntito este, procedo a pintar de rosa este post. Los franceses de Phoenix dignifican de manera sobria el género pop con su último albúm: Wolfgang Amadeus Phoenix. A pesar de comenzar con la pieza más pegajosa y comercialota (Liztomania, irónicamente la que menos me gusta) a medida que avanza el disco, de alguna manera logran mantener el delicado equilibrio del pop y uno comienza a preguntarse cómo es que consiguen que uno se quede conectado. 1901 parece tener el toque francés que bandas como esta y M83 comienzan a delinear. Para cuando llega Rome ya quedó claro que este cuarteto conoce su negocio y sabe atenderlo bien. Countdown, con un bajo que evoca a Coldplay —mi hijo me decia “¡a alguien me recuerda, a alguien me recuerda!”—, es quizá uno de los cortes que más he disfrutado... “we are sick for the big sun”.

Es pleno verano y la frescura de un pop nada pretencioso, como el de Phoenix, se agradece. Este pop no es de evasión, por el contrario, es un contrapeso premeditado, elaborado en medio de los días densos por los que todos estamos atravesando. La portada del álbum nos remarca sutilmente la ironía: un cielo rosa es el fondo sobre el que caen unas bombas atómicas.

Finalmente, el buen pop es tan digerible que hay que darse prisa en escucharlo, antes que suene de fondo en "Grey's Anatomy" o algo por el estilo, y terminemos por olvidar su verdadera esencia. Ojalá y no sea este el caso.

Uno nunca sabe para quién trabaja

El refrán dice: uno nunca sabe para quién trabaja, y este parece ser el caso de la breve anécdota que quiero contar.

Sucedió así: un holgazán entra a una tienda en Mazatlán; deambula por los pasillos y, en la cúspide de su estupidez, decide arrancarle una tecla a una de las computadoras que se encuentran en exhibición en uno de los pasillos. Así, tal cual. ¿Qué hace con la inservible pieza? No tengo la más remota idea. Se la lleva en el bolsillo, la tira en algún basurero ahí cerca, se fabrica un llavero, qué se yo. La cosa es joder.

Días después, una pareja pasa por ese mismo pasillo. Se detienen a ver las portátiles en exhibición. Tienen tiempo considerando adquirir una. Algo de esas características parece lo más apropiado para sus necesidades, sin embargo, los precios se han elevado a raíz de las fluctuaciones del peso frente al dólar, dejando la posibilidad de compra fuera del presupuesto. Sin mayor expectativa, siguen curioseando hasta que un pequeño detalle llama su atención: una de las portátiles carece de una tecla. En ese momento intercambian impresiones con el encargado de seguridad que los sigue de cerca, muy atentamente. La mujer observa la etiqueta con el precio —¿Ya viste lo que cuesta?— Vale cerca de la mitad de su costo original. Le falta una tecla.

Transcurren dos meses y la máquina permanece allí (Es evidente que en Mazatlán no hay mucha demanda por esta marca). Se presenta una oportunidad, y después de circo, maroma y teatro, el par logra reunir la cantidad. El gerente asegura, con toda certeza que la máquina cuenta con todas las garantías. Cerrada la venta, la pareja se retira con la máquina en sus manos. Al salir, mientras el guardia de seguridad checa el recibo de pago, éste recuerda parte de la charla de hace dos meses y, sonriendo amablemente, le comenta a la mujer "me acuerdo que su marido dijo que esa máquina iba a ser de ustedes". Feliz coincidencia. Ahora sólo resta conseguir una tecla.


Días de verano

Comienza a sentirse el calor. Poco a poco, conforme pasan los días, los cuerpos se dilatan, la ropa es más ligera. Los atuendos privilegian la comodidad, la piel es más visible, las mujeres de cabello largo recogen su pelo, descubren sus hombros, su cuello. Al mediodía, las horas después de comer se vuelven más lentas. Por las noches, el clima artificial será de nuevo un bálsamo, las sábanas más frescas, el sueño más profundo, menos ligero. El zumbido del aire acondicionado volverá a arrullarnos y los ruidos de tan ecléctico barrio desaparecerán dentro de estos pequeños microclimas estables en los que se convierten las recámaras. Sin embargo, no se escuchará ya el ladrido del perro, tampoco el canto del gallo trasnochado que, sin falta, kikirikea pasadas las 2:00 de la mañana. El ruido ocasional de un auto bajando la pendiente pasará inadvertido, al igual que la música lejana de un grupo de rock que ameniza los fines de semana en El Puerto Viejo. Pero, dentro de esta cápsula de baja humedad y temperatura perfecta, también se perderá el sonido distante del mar, perceptible una vez que la ciudad duerme (un sonido constante que se entremezcla sutilmente con la noche). Por la mañana, temprano, los cantos de las aves pasarán desapercibidos, mientras el sol, fiel a su costumbre, romperá en el horizonte, y el enorme árbol frente a la ventana dibujará sus sombras sobre la pared de nuestra recámara, filtrando así los primeros rayos solares de una típica mañana de verano.

"Dude! That was sick!"

Para ver en fullscreen mode... "Dude! that was sick!" (sin lugar a dudas).




wingsuit base jumping from Ali on Vimeo.

Un plan atrevido

Una breve conferencia en TED que bien vale la pena ver. 18 minutos de una excelente exposición. Tiempos increíbles los que estamos presenciando. Ideas atrevidas para un mundo en reestructuración (Al parecer no existe, aún, versión subtitulada, desafortunadamente).

"Tenemos que hacer esto [...] Si no lo hacemos, habremos perdido nuestra economía, justo después de perder nuestra moral".

Extraordinario.



La Sierra

Don Julián es muy buen plomero. En estos días de pascua está haciendo algunas reparaciones aquí en el departamento. Hoy, mientras esperaba que lo llevaran a comprar algunas herramientas, me contó por qué jamás regresó a su tierra natal. Fue en sus años mozos cuando la vio por primera vez. "En esos tiempos yo no tenía canas", me dijo mientras nos narraba cómo la conoció aquí en el puerto, cuando ella vacacionaba. Después, fue a Jalisco y se la llevó, sin el consentimiento de los padres, para casarse con ella. "Me gustó, y a lo que vine, vine, y me la llevé pa' Durango".

Llegando a la sierra fue detenido por el ejército y lo golpearon sin darle oportunidad de averiguar de qué se trataba aquello. Al llevarlo al pueblo las cosas se aclararon y la milicia lo dejó en libertad, al percatarse, por los testimonios de los lugareños, que todo había sido una confusión y que él no era el que sembraba amapola. "¿Y la chinga quién me la quita ahora?" cuestionaba Don Julián a los soldados, quienes sin muchas ganas le ofrecieron sus disculpas. Uno de ellos, incluso, aprovechó la ocasión para burlarse y decirle que esa luna de miel sería inolvidable. Con las costillas lastimadas y el cuerpo amoratado, Don Julián tomó a su mujer y, en ese mismo instante, emprendió su camino de regreso a la costa sinaloense.

"A nadie de mi familia vi y nunca más volví. Al amigo aquel, el que me metió en la bronca, lo mataron 15 días después".

Idiota

Alguien te ha dicho que tienes cara de idiota. Tú le has contestado en medio de tu rabia y tu miedo que él tenía más cara de idiota que tú.

Ahora, después de un momento de calma y silencio, te das cuenta que realmente no sabes quién de los dos es más idiota [...]

RFG

Breve apunte sobre la experiencia del cine (3)

No me gusta subrayar los libros, pero después de lo que acabo de pasar, he comenzado a hacerlo. Tuve que re-leer el 90% de un pequeño libro donde se recogen las experiencias de un taller de guión impartido por García Marquez, para poder encontrar un párrafo que quería tomar como cita (La Bendita Manía de Contar. Ed. Debolsillo). En estas líneas el narrador y guionista cubano, Senel Paz, explica esa sensación que a mi también me embarga cada vez que eligo ir a ver una película:

"Yo tuve una experiencia con Adorables Mentiras que me hizo reflexionar. Es un final amargo—por lo menos para una comedia— y la gente salía descorazonada. Yo prefiero que de mis películas la gente salga conmovida o reanimada... En definitiva uno no va al cine a amargarse la vida, sino a reír o a llorar."

No me consta, pero creo que lo que mueve al cubano a decir esto es la sensibilidad que le caracteriza; para Senel esa realidad cruda esta a la vuelta de la esquina y, de la misma manera, lo es para muchas personas, sin importar nacionalidad. Meterse al cine para salir con la nariz clavada al pecho y arrastrando el ánimo como si hubiésemos llevado un cobertor al cine, me parece innecesario.

Hay quienes salen estimulados para irse en sus autos a algún Starbucks a filosofar y adentrarse en ese mundo que el director ha querido proponer para "mover" conciencias, pero a mi me parece pedantería pura, para aderezar la plática.

Darle vida a la nota roja en la gran pantalla no tiene gracia alguna. Contar historias que sutilmente nos mueven a ver más allá de las imágenes, es una habilidad que pocos directores dominan.

Breve apunte sobre la experiencia del cine (2)

Después de soportar el ruido constante durante la función, salimos en busca del gerente del cine. Al encontrarlo accedió amablemente a escuchar nuestras quejas. Un tanto apenado por la situación, nos comentó que aquello era una cuestión de mala educación, sobre todo entre los chavos más jovencitos; nos dijo que habían tratado de controlar el problema pero que, lejos de resolverlo, se habían encontrado con la difícil situación de ser confrontados por algunos de los padres. Su gesto de impotencia pareció aún más comprensible cuando nos dio a entender que, en algunos casos, las amenazas de los papás de estos trogloditas los dejaban en una posición francamente incómoda. Finalmente, nos obsequió boletos, sugiriéndonos horarios y días en los que la afluencia era casi nula y, por lo tanto, las posibilidades de disfrutar la función eran mayores.

En otra ocasión, me debatía entre ir o no ir un fin de semana. Finalmente, decidí no hacerlo. Cuando Mister regresó, lo primero que me dijo fue "qué bueno que te quedaste".

Breve apunte sobre la experiencia del cine (1)

Contadas son las ocasiones en las que he ido al cine aquí en Mazatlán. La experiencia no me resulta tan disfrutable como lo era en Guadalajara. Los cines aquí son decorosos, pero mi gusto en cuanto a la calidad del sonido va más allá de lo que aquí se oferta. Pero aunque pueda resignarme sin mucha dificultad a estos detalles técnicos, la realidad es que no soporto esa costumbre tan arraigada que tiene la gente de hablar en plena función. Esto no es exclusividad del puerto (hasta la fecha, Ernie sigue siendo referencia), pero la verdad es que este pésimo hábito se practica aquí muy por arriba de la media nacional.

Hace alrededor de dos meses tuve la oportunidad de conocer una cadena nueva de cines en la ciudad de Culiacán, capital de este estado. Me invitaron a ver El extraño caso de Benjamin Buttons. Para mi total sorpresa, estas salas superan en comodiad y calidad a las que dejé de ver hace tres años en Guadalajara. Total: no sé si fue por lo cansado que estaba de haber trabajado aquel día, o si la impecable calidad de la imagen y sonido de la sala me tenían embelesado, que me permití disfrutar la película sin prestar mucha atención a los comentarios cinematográficos del mentecato que estaba sentado a 3 lugares de mí, quien intermitentemente hacía observaciones de lo más inútil a su estoica novia.

No rezongé, no protesté, después de todo, la idea de hacerlo me pareció aún más estúpida, sabiendo que estaba en tierra ajena; en el mismísimo llamado "Cali mexicano", donde los hechos violentos que allí se han vivido alimentan un sin fin de historias y anécdotas. Mi intolerancia se vio equilibrada por un poco de sentido común y —como ya lo comenté—, la calidad de la sala, sumada a la deliciosa compañía de mis finos anfitriones, hicieron que aquel pequeño inconveniente fuera más llevadero.

"¿Por qué blogueo?"

Hace días, a través de Generación Y, di con un escrito de Andrew Sullivan que me encantó. Encontré un pequeño estímulo para tratar de escribir de nuevo. Para el que siga a estas alturas sin comprender lo que es una bitácora o blog, es la oportunidad de verlo desde la perspectiva amena de alguien muy experimentado. Para aquellos que hacemos este ejercicio de exponernos, hay experiencias que resultan muy familiares. Un escrito que vale la pena leer en su versión original, o en la versión traducida al español. Muy recomendable.