Wolfgang Amadeus Phoenix

Phoenix
Reconocer públicamente que uno ha encontrado un disco de música pop muy recomendable es meterse en terreno peligroso en estos días. Resulta anti-cool hacer una afirmación de este tipo en un entorno donde la postura más chic se encuentra en el lado obscuro de este mundo caótico e innegablemente retorcido. Después de ver algunos capítulos de Behind The Music uno se ve tentado a pensar que zambullirse en el mar de los excesos, meterse a re-hab, ser rebelde, violento e inconforme, aunque no se tenga ni puta idea del por qué, es la postura de alguien muy sensible, bien enterado y acorde a los tiempos. La máscara de misfit, el disfraz de inadaptado, pues, es lo prudente. Lo demás es banalidad.

Aclarado el puntito este, procedo a pintar de rosa este post. Los franceses de Phoenix dignifican de manera sobria el género pop con su último albúm: Wolfgang Amadeus Phoenix. A pesar de comenzar con la pieza más pegajosa y comercialota (Liztomania, irónicamente la que menos me gusta) a medida que avanza el disco, de alguna manera logran mantener el delicado equilibrio del pop y uno comienza a preguntarse cómo es que consiguen que uno se quede conectado. 1901 parece tener el toque francés que bandas como esta y M83 comienzan a delinear. Para cuando llega Rome ya quedó claro que este cuarteto conoce su negocio y sabe atenderlo bien. Countdown, con un bajo que evoca a Coldplay —mi hijo me decia “¡a alguien me recuerda, a alguien me recuerda!”—, es quizá uno de los cortes que más he disfrutado... “we are sick for the big sun”.

Es pleno verano y la frescura de un pop nada pretencioso, como el de Phoenix, se agradece. Este pop no es de evasión, por el contrario, es un contrapeso premeditado, elaborado en medio de los días densos por los que todos estamos atravesando. La portada del álbum nos remarca sutilmente la ironía: un cielo rosa es el fondo sobre el que caen unas bombas atómicas.

Finalmente, el buen pop es tan digerible que hay que darse prisa en escucharlo, antes que suene de fondo en "Grey's Anatomy" o algo por el estilo, y terminemos por olvidar su verdadera esencia. Ojalá y no sea este el caso.

Uno nunca sabe para quién trabaja

El refrán dice: uno nunca sabe para quién trabaja, y este parece ser el caso de la breve anécdota que quiero contar.

Sucedió así: un holgazán entra a una tienda en Mazatlán; deambula por los pasillos y, en la cúspide de su estupidez, decide arrancarle una tecla a una de las computadoras que se encuentran en exhibición en uno de los pasillos. Así, tal cual. ¿Qué hace con la inservible pieza? No tengo la más remota idea. Se la lleva en el bolsillo, la tira en algún basurero ahí cerca, se fabrica un llavero, qué se yo. La cosa es joder.

Días después, una pareja pasa por ese mismo pasillo. Se detienen a ver las portátiles en exhibición. Tienen tiempo considerando adquirir una. Algo de esas características parece lo más apropiado para sus necesidades, sin embargo, los precios se han elevado a raíz de las fluctuaciones del peso frente al dólar, dejando la posibilidad de compra fuera del presupuesto. Sin mayor expectativa, siguen curioseando hasta que un pequeño detalle llama su atención: una de las portátiles carece de una tecla. En ese momento intercambian impresiones con el encargado de seguridad que los sigue de cerca, muy atentamente. La mujer observa la etiqueta con el precio —¿Ya viste lo que cuesta?— Vale cerca de la mitad de su costo original. Le falta una tecla.

Transcurren dos meses y la máquina permanece allí (Es evidente que en Mazatlán no hay mucha demanda por esta marca). Se presenta una oportunidad, y después de circo, maroma y teatro, el par logra reunir la cantidad. El gerente asegura, con toda certeza que la máquina cuenta con todas las garantías. Cerrada la venta, la pareja se retira con la máquina en sus manos. Al salir, mientras el guardia de seguridad checa el recibo de pago, éste recuerda parte de la charla de hace dos meses y, sonriendo amablemente, le comenta a la mujer "me acuerdo que su marido dijo que esa máquina iba a ser de ustedes". Feliz coincidencia. Ahora sólo resta conseguir una tecla.


Días de verano

Comienza a sentirse el calor. Poco a poco, conforme pasan los días, los cuerpos se dilatan, la ropa es más ligera. Los atuendos privilegian la comodidad, la piel es más visible, las mujeres de cabello largo recogen su pelo, descubren sus hombros, su cuello. Al mediodía, las horas después de comer se vuelven más lentas. Por las noches, el clima artificial será de nuevo un bálsamo, las sábanas más frescas, el sueño más profundo, menos ligero. El zumbido del aire acondicionado volverá a arrullarnos y los ruidos de tan ecléctico barrio desaparecerán dentro de estos pequeños microclimas estables en los que se convierten las recámaras. Sin embargo, no se escuchará ya el ladrido del perro, tampoco el canto del gallo trasnochado que, sin falta, kikirikea pasadas las 2:00 de la mañana. El ruido ocasional de un auto bajando la pendiente pasará inadvertido, al igual que la música lejana de un grupo de rock que ameniza los fines de semana en El Puerto Viejo. Pero, dentro de esta cápsula de baja humedad y temperatura perfecta, también se perderá el sonido distante del mar, perceptible una vez que la ciudad duerme (un sonido constante que se entremezcla sutilmente con la noche). Por la mañana, temprano, los cantos de las aves pasarán desapercibidos, mientras el sol, fiel a su costumbre, romperá en el horizonte, y el enorme árbol frente a la ventana dibujará sus sombras sobre la pared de nuestra recámara, filtrando así los primeros rayos solares de una típica mañana de verano.