La temporada imperfecta

A mis cómplices en esta afición:
Mariarosa, Pepe, Eduardo y Deivit.


Si estás leyendo esto y el futbol americano no es, en lo absoluto, de tu agrado, quizá sea un buen momento para abandonar el muelle, por esta ocasión. Me propongo en este post comentar algo sobre esta temporada y, lo que es peor, todo es especulativo. Advertidos están.

Este fin de semana quedarán definidos los dos equipos que habrán de pasar al superbowl. De los cuatro equipos que quedan, los Jets son el único que, en apariencia, no tiene los números para ser considerado gran favorito. Pero, dejando de lados el número de victorias y derrotas en la temporada regular, hay un ingrediente que despierta todo mi interés en el enfrentamiento entre Colts y Jets. Los Jets están en los playoffs porque en la semana 15 los Colts decidieron sentar en la banca a sus jugadores titulares, argumentando la pavada de que los estaban “cuidando” para los playoffs (algo que nos decepcionó por completo a muchos de los que seguimos de cerca al equipo de Payton Manning). No se puede encarar este deporte con esa mentalidad. Un jugador se puede lesionar en cualquier partido. —El único superbowl que los Colts han ganado, lo ganaron en la temporada donde los titulares jugaron todos sus partidos—. No hay un argumento deportivo que valga para justificar lo que hicieron. Los argumentos sólo parecen tener sentido cuando se entra en el terreno de la especulación sobre los salarios millonarios y lo que implica que un jugador con ese sueldo pueda salir lastimado. La realidad es que tenían en sus manos la posibilidad de eliminar a la mejor defensiva de la liga y ellos estaban pensando en estar “descansados” para… bueno, para encarar de nuevo a la mejor defensiva de la liga, pero bajo una mayor presión.

Qué ironía: para poder llegar al famoso “superdomingo”, los Colts tienen que vencer al equipo que calificó gracias al regalo de navidad que ellos mismos les dieron, cuando renunciaron a la posibilidad de intentar la temporada perfecta.

Sería de una ironía celestial que los Jets les propinaran una derrota este fin de semana, aunque las probabilidades no sean muy altas, en realidad. Sin embargo, el simple hecho de ver el partido, sabiendo que existe esta posibilidad, le da una dimensión distinta. Imagínense que el haber despreciado la hazaña histórica, que tenían prácticamente en sus manos, no les valga para nada. Sería vergonzoso, realmente… pero eso sí, la lección sobre los riesgos de tomar decisiones timoratas tendría, quizá, casi las mismas proporciones históricas de una temporada perfecta.

Si tienes a uno de los mejores equipos de la historia bajo tu mando, pónlo a jugar, porque, ahora ya lo sabemos, todos los partidos son importantes.

Suerte, Colts.

El ruido de los tangones

Nunca supe, quizá porque nunca pregunté, cómo se llamaban esos tubos que se yerguen como un par de mástiles metálicos, en los barcos camaroneros, justo detrás de la cabina, uno a cada lado de la embarcación. Tarde vine a saber, gracias a una búsqueda en google, que se les conoce como “tangones”.

Recuerdo que, cuando la veda estaba impuesta, se anclaban frente a la casa de mis padres un pequeño grupo de estos barcos, uno al lado del otro, amarrados entre sí. Unos largos cabos se tendían hasta la orilla, amarrados a tierra, debajo del malecón. De estos cabos se valían los pescadores para trasladarse del barco a tierra y viceversa; se subían a una panga y tomados del cabo se desplazaban sobre el agua.

La inminencia de una tormenta se podía intuir cuando, desde mi recámara, escuchaba el choque de los tangones, mientras el mar comenzaba a encresparse y hacía que los barcos se mecieran fuera de ritmo, a merced del viento.

En una ocasión, entrada la noche, un ciclón estuvo a punto de romper el escudo montañoso que protege la cerrada bahía. Las ráfagas de viento y el oleaje eran tan fuertes que los pescadores se vieron obligados a encender los motores de las embarcaciones y evitar así encallar frente a nuestra casa.

Todo esto lo presenciábamos en plena obscuridad, sin energía eléctrica, frente a un ventanal enorme que hay en la casa. Mi padre permanecía sereno, atento a la dirección del viento, sentado en un sillón, con una linterna en una de sus manos. En algún momento, el cansancio fue mayor que mi temor y me fui a dormir, confiado en que mi padre velaba armas.

Por la mañana, el ruido de los tangones había desaparecido por completo. Los barcos camaroneros flotaban quietos sobre la bahía, como si nada hubiera pasado.