14° C al mediodía

Bullicio. En la plaza, en el mero corazón del puerto, la gente camina a plena luz del sol con atuendos poco frecuentes: chamarras, bufandas, suéters. Incluso los snowbirds, como se le conoce a los canadienses y norteamericanos que pasan sus inviernos aquí, se les ve portando chamarras o sudaderas.

La explanada está llena de palomas que no se inmutan mientras uno camina a su lado. Una chica corre y le quita el sombrero a un tipo y le dice algo en son de broma. En todas las bancas hay alguien sentado buscando que los rayos del sol suban la temperatura corporal. Al cruzar una calle, quedamos bajo la sombra y Mariarosa me dice "ven, vámonos por el sol" —una frase inimaginable cuando se camina por el centro en primavera o verano—.

Todo mazatleco parece estar en la calle. Nos topamos en el camino con varios conocidos. Una señora a la que apreciamos mucho nos confiesa que viene de la playa ¿De la playa? preguntamos Mariarosa y yo sorprendidos "Si, nos reunimos a orar desde las 8:30 am". Más adelante, Feliciano nos aborda y nos saludamos con mutuo aprecio. Su chamarra de mezclilla trae un grueso forro haciendo que el abrazo suene como si estuviéramos mulliendo una almohada con la palma de la mano. Elina también se cruza en nuestro camino. Todo mundo parece estar contento. Se puede caminar por todo el centro sin terminar de entrar en calor.

El sol brilla en todo su esplendor. La gente, no sé si por ser viernes, está en las calles. El clima es de excepción. Pareciera que los mazatlecos están determinados a disfrutarlo y atesorar estos instantes, para recordarlos el próximo verano, cuando resulte una delicia rememorarlos.