Aparecidos

Aquí, a la gente le gusta el drama y el misterio más de lo normal. Las exageraciones de tintes trágicos parecen excitarles de extraña manera. Podríamos decir que es algo muy mexicano, pero en Mazatlán hay que agregarle dos cucharadas más de teatralidad a la mezcla.

Daniel y Salomón me contaban hace unos días lo sucedido con una chica, conocida de ellos. Las últimas ocasiones que la habían visto lucía una apariencia demacrada, hasta que un buen día, sin más, desapareció. Fue entonces que la noticia pasó de voz en voz y así se enteraron de que había muerto.

Estaba muerta. Bueno, eso decían todos, hasta que un buen día Salomón advirtió su presencia en Olas Altas, mientras ella caminaba como si nada. De hecho, se le veía un mejor semblante, más repuestita. No podían dar crédito a lo que veían, según me platicaron. "¿Qué? ¿Qué no es esa...? ¿Qué no estaba...?"

Daniel me explicó su teoría: su aspecto anterior a la "desaparición" debe de haber sido consecuencia de su adicción a las drogas. "Es probable que se haya ido a rehabilitar, pero la gente aquí ya la daba por muerta", me dijo en ese estilo despreocupado que le caracteriza. Quedé admirado al escuchar esta historia de viva voz y de fuentes tan fidedignas. No pude evitar preguntarme quién sería la primera persona que tuvo el valor y descaro de decir "ah, si, se murió". Sé que no debería de sorprenderme a estas alturas, pues, así son muchas de las historias de muertos y aparecidos que se cuentan en el puerto.

Podría agregar, por ejemplo, el misterioso caso de "el hombre del puro" quien se materializa tras bastidores en el Teatro Angela Peralta, dejando siempre como prueba de su existencia el inconfundible aroma de su habanero; la leyenda de "la niña de El Pacífico", que aparece caminando en la pérgola del viejo colegio. Y qué decir de mi amiga a la que le duele la cabeza cuando hay «malas vibras» en un lugar. "¿No sabes si alguien murió aquí? Me duele la cabeza", me dijo un día que pasamos a visitar a unas amistades. Yo permanecí en silencio, perplejo después de su comentario.

Son las historias mazatlecas con tintes de "realidad mágica" (o trágica) que se cuentan con una vehemencia y convicción que cautivan a cualquiera; leyendas que forman parte ya del imaginario colectivo de un puerto que termina por resultar seductor.




El muelle es el lugar correcto

Me tomó un largo tiempo, pero he vuelto. El Muelle es mi lugar en la red. Este es el lugar indicado para escribir mis pensamientos. El Muelle es el lugar donde puedo decir las cosas absurdas que vienen a mi mente, sin irrumpir en el timeline de nadie, sin tener que encapsular en poquísimas palabras las ideas que vienen a mi cabeza de forma espontánea. El blog es el cuaderno de bitácora, el lugar correcto para plasmar esas anécdotas, borradores, anotaciones o esos pensamientos que muchas veces parecen crípticos en Twitter o FB, pero que en realidad tienen un destinatario específico.

Pero, también, aquí no hay distractores. Cuando estás en este espacio somos tú y yo los que interactuamos. Aquí intento reencontrarme, recuperarme, serenarme, reenfocarme y, lo más importante, recuperar la capacidad de conversar. No es esta una retórica poética ni nada por el estilo. Es una realidad. La bitácora es, entre otras cosas, un ejercicio de materialización del pensamiento; un archivero donde se acomodan ideas, recuerdos, o como en mi caso, alguna que otra fantasía. Es un ejercicio que creo todos deberíamos de practicar.

Finalmente, este es el lugar que mejor me sienta. Ha pasado mucho tiempo. Al entrar aquí, sin límite de palabras, me vuelvo a sentir como en casa. Y esta afirmación no es una queja o declaración de guerra contra las redes sociales. No. Cada medio tiene su valor. Simplemente, Twitter y Facebook habían usurpado el valioso ejercicio que representa el Muelle.

Cada quien tiene su lugar. El del muelle ha quedado reinstaurado.

LA DEL ESTRIBO

Gracias Ross por tus creativas, lúdicas e inspiradoras formas de invitarme a escribir. Gracias Betty Vázquez por tus insistentes recordatorios. Gracias Miranda Hooker por aquella carta llena de luz y honestidad que me hizo verme en el espejo. A mi cómplice, Mister, por su paciencia y por insistir en reencontrarme con esta práctica. Y a Ana Torrero, porque hace un año, cuando envié un correo sobre mi tía Amina, que en paz descanse, ella me respondió con una sinceridad sorprendente «No dejes de escribir, Jorge». Me sorprendió mucho su comentario, porque no soy escritor. Yo sólo escribo —como lo describió en alguna ocasión Durgan—, unas postales.