Flashback (Duda)

Es gay. Somos amigos desde hace muchos años. Recuerdo que una noche llegó de forma inesperada al departamento. Presioné el botón del interfón y esperé a que llegara hasta aquel cuarto piso. Saqué el tequila que guardaba en el congelador en lo que él subía (el mejor tequila que he probado en mi vida). Nos abrazamos con el afecto de siempre y –como de costumbre– intercambiamos algunas bromas. En esa época él vivía en Puerto Vallarta con una de sus amigas del alma. Aquella noche venía tomado. Nos sentamos en la sala a platicar como lo hacíamos cada vez que podíamos, ya que –entre sus viajes a la costa norte de Jalisco y la Ciudad de México– era cada vez menos frecuente verlo por Guadalajara. Después de darme cuenta de su verdadero estado, le pregunté: ¿Qué te pasa?

– No sé qué hacer–, me dijo. –Me estoy enamorando de ella.

Seguí escuchándolo, mientras, entre sollozos, me fue platicando, poco a poco, sobre sus días en Puerto Vallarta.

Mujer invisible

El bailarín nos señaló; señaló al público que permanecía protegido por la penumbra y desde la vulnerabilidad del escenario dijo: Te quiero. Te quiero mucho. Te quiero muchísimo ¡Te quiero una barbaridad! Así, como se quiere a un desconocido.



Dedee y la intuición

"¿Tienes un minuto? ¿Te puedes quedar un momento?", le dijo a Mister. Ya dentro del departamento, Dedee, quien se mueve con cierta dificultad, se sentó en las escaleras que conducen al segundo nivel, como suele hacerlo frecuentemente, y procedió a comentarle que se había negado a reconocerlo pero que era momento de hacer su testamento y poner sus cosas en orden.

Ella es una norteamericana retirada, vive sola, no tiene familiares y ha experimentado algunos malestares últimamente. Mister la ha acompañado en varias ocasiones al hospital del Seguro Social y siempre el parte médico ha resultado ser cosa de rutina: su artritis y algunos padecimientos propios de la edad, pero nada serio.

Lo que es un hecho es que fuma bastante, camina distancias cortas haciendo pausas intermitentes para recuperar el aliento y, según me lo acaba de confirma Mister, ha dicho que ese vicio no lo va a dejar. Lo único que desea con su testamento es que se respete su deseo y esos "palos viejos" (sus muebles) queden en manos de las personas que ella menciona en el archivo de Word. Ella está consciente de que un documento de esas características no tiene valor legal, pero el factor económico influye en su determinación de confiar en que se respetará la voluntad de su deseo escrito y que sus caseros no se quedarán con sus pocas posesiones materiales.

La conversación de Dedee con Mister me dejó reflexivo por otra razón distinta al testamento. El asunto trajo a mi memoria el recuerdo del doctor que atendió a mi abuela en sus últimos días: "Ellos saben", me dijo en aquella charla informal. De acuerdo con sus observaciones, al parecer, algunos ancianos podían intuir cuando el final de sus días se encontraba cerca. También, en ellos –como escuché en un documental hace unos días–, no existe ya el peso psicológico del futuro.

Seis letras

Pasión. Seis letras.

Por instantes no puedo gobernar mi impulso y repito a solas tu nombre. Nadie me escucha. Lo digo con voz baja. Por fortuna, el murmullo del mar se vuelve mi cómplice y camufla mi delirio mientras camino sin rumbo fijo.

Anhelo. Seis letras.

Salen quedamente de mis labios, hilvanando suavemente tu nombre. La única forma de estar en paz es decirlo. Invocarlo. Aunque nadie me escuche. Es lo de menos.


Boceto sobre el espacio blanco (3)

Mehelevantadoestamadrugadaenbuscadereconciliarmeconelsueñoquehoy
meelude.Mehesentadoaescribirenunalibretaestaslíneas,iluminadoporlalámpara
demiescritorio,laúnicaluzencendidaeneldepartamento.Sigoaestashorasaún
tratandodenodejarunsoloespaciodeldíaenblanco,yaque,invariablemente,
enelmomentoquemepermitohacerunapausa,

apareces tú.

Más que un tuit (-271)

Se subió al taxi de la misma forma en la que lo hace siempre: amplificador primero, él después, finalmente su guitarra, misma que coloca siempre entre sus piernas. El taxista inició la charla. Ante la evidencia de que muy probablemente su cliente fuese un músico, verificó y la respuesta fue afirmativa. Después reflexionó en voz alta: "Qué dificil tener que drogarse para ser músico". El músico quedó perplejo.

Delirio (4)

Todos transitamos por momentos de debilidad. Y tu, mejor que nadie, conoces los míos. Pero de un tiempo para acá, me esfuerzo por no escribir en esos instantes  (lo he conseguido con mediano éxito).

Aún así, de vez en cuando, el impulso me rebasa. Clic, send (maldita sea). Es entonces, en ese lapso en que el deseo súbito nubla la razón, cuando quisiera que mis instantes coincidieran con los tuyos; ocurrir juntos en ese mismo espacio y tiempo, inducidos por esta extraña pasión desprovista de razón. Sin embargo, creo que eso nunca sucederá porque, debo confesar, ahora procuro no escribir en mis momentos de debilidad.

Flashback: El último gran hippie

 Le decían "el último gran hippie". Aunque no lucía exactamente como el prototipo de los 60's, había ciertos aspectos de su "look" que advertían el por qué de tan atinado apodo. Se veía a todas luces que había tenido sus años de gloria. El había estudiado la carrera de artes plásticas en la Academia de San Carlos, pero se había dedicado de lleno a la fotografía. Era un tipo de buena estatura, ojos azules, cabello largo (sin llegar a los hombros), entrecano y siempre: bronceado, en mezclilla, con los tres primeros botones de su camisa desabrochados, con algún collar al cuello y pulseras en la mano, y, claro, manejando un auto deportivo (aunque a veces llegaba al trabajo en motocicleta).

Recuerdo cuando me platicó que, en su juventud, una mujer varios años mayor que él, le había regalado un automóvil deportivo MG. –¿Eras un gigoló?– le pregunté sorprendido por el obsequio. Se rió con toda franqueza de mi comentario y, después de meditar un instante, con una sonrisa pintada en su cara, me dijo: –Pues, sí, supongo que sí–. Nos reímos juntos y le dije algo así como «mira qué cabrón me saliste».

En otra ocasión, sentados en el estudio de su casa, revisábamos una pila de fotografías. No recuerdo con exactitud qué imágenes estábamos buscando; algo relacionado con algún trabajo. Lo que sí recuerdo es que, de pronto, aparecieron un par de fotos de una sesión. Eran las fotos de una chica joven, de muy buen cuerpo y unas piernas difíciles de ignorar. Posaba con tan sólo una tela encima de su cuerpo. Me quedé observando con detenimiento esas imágenes. Las repasé lentamente, en varias ocasiones. Él se dio cuenta y, sin que yo dijera nada, me platicó sobre los embrollos que le había traído la historia detrás de esas fotografías. Le pregunté a quemarropa si se había acostado con ella. Sin hacer alarde de nada, admitió que aquello había sido algo pasajero. Yo seguí viendo las fotos, tratando de ocultar mi sorpresa; ella había sido compañera mía en la universidad. Era, sin duda, una de esas contadas chicas con las que llegué a desear, de forma sincera, haberme acostado en aquella época universitaria. Y ahí estaba yo, tan sólo un par de años después, al lado de "el último gran hippie", aquel singular personaje de cincuenta y tantos años de edad, descubriendo las cosas que difícilmente me hubiera podido imaginar mientras estudiaba y fantaseaba ingenuo en aquellos fríos salones de clase.

Hoy, por razones que sobra mencionar, me acordé de aquella extraña sensación y de aquella chica; de su presencia en los pasillos de la universidad, cuando teníamos escasos 20 años. No recuerdo su nombre, aunque aún recuerdo con claridad su rostro, su sonrisa franca. Y también sus piernas.

Aquellas fotos estaban destinadas al fuego. El gran hippie me había confesado, con aquella franqueza por momentos soprendente que le caracterizaba, que no podía correr el riesgo de que su pareja las viera.

Un encuentro con ONCA (2)

Por fin nos dimos a la tarea de subir la segunda parte de la entrevista a ONCA. En esta segunda y última parte, Oscar nos comparte experiencias muy particulares con las ballenas; encuentros sorpresivos con especies que uno jamás se hubiera imaginado se podrían dar cita en estas latitudes. La charla es muy sincera, por momentos íntima, llena de información sobre uno de los cinco ecosistemas más importantes del mundo. Descarga el audio y llévatelo en tu iPod o dispositivo móvil, para que aproveches el tiempo en la cola del banco o, para que mis queridos amigos en el DF o Guadalajara, tengan algo que escuchar en medio de un traffic jam.
 

Desvaneciendo

Dije «tus palabras». 
Tu respondiste silencio.
Dije «tender un puente». 
Navegaste bajo él en silencio.
Dije nada.
Y tu, silencio.

Callé.
Tu no estabas
desde hacía tiempo.

Desde entonces no hablo.
Y aún te pienso.
(En silencio).

Un encuentro con ONCA (1)

En días pasados tuvimos la fortuna de salir en una expedición en busca de ser testigos de la más grande migración. Buscamos muy cerca de las playas de Mazatlán a la ballena jorobada. Fue una experiencia inesperada y muy disfrutable, en compañía de Oscar Guzón director de ONCA Exploraciones y dos de sus más cercanos colaboradores: la bióloga Belén Díaz y el oceanólogo Adrian Torales. En este podcast, nos dimos a la tarea de entrevistar a Oscar, para que nos explicara un poco acerca de ONCA y, en esta primera parte, nos centramos en los orígenes.

Este es el Mazatlán que pocos conocen.

Escúchalo en línea o descárgalo y llévatelo en tu dispositivo móvil, para que tengas algo que oir si te aburres haciendo cola en el banco. 

(La foto de la ballena es de Adrián Torales )


Pasajeros

En la fría estación de autobuses permanezco de pie junto a mis dos maletas y una caja. Son casi las 6:00 a.m. y el sol no se muestra aún, aunque poco a poco el cielo clarea. Observo el ir y venir de las personas en el andén. Todos parecen saber a dónde se dirigen. Yo, mientras, me quito el reloj y ajusto el tiempo de acuerdo al uso horario. En las bancas, algunas personas permanecen sentadas en silencio, otras charlan; unas por aquí, otras por allá, esperando partir y quitar la pausa a sus crónicas. Una chica de semblante despreocupado permanece sentada junto a su maleta. La observo y me pregunto cuál será su destino o su historia. Nuestras miradas se cruzan por un momento. Trato de ser discreto y sigo pajareando. De vez en cuando me detengo a observarla de nuevo. De pronto, el Negro llega por mí. Nos damos un abrazo. Nos encaminamos hacia el estacionamiento. Antes de cruzar la puerta de salida, volteamos a ver a la mujer que le he comentado. Los dos la observamos por un breve instante, antes de decirle a mi Negro: personas hermosas que nunca más volveremos a ver en nuestras vidas.