Delirio (4)

Todos transitamos por momentos de debilidad. Y tu, mejor que nadie, conoces los míos. Pero de un tiempo para acá, me esfuerzo por no escribir en esos instantes  (lo he conseguido con mediano éxito).

Aún así, de vez en cuando, el impulso me rebasa. Clic, send (maldita sea). Es entonces, en ese lapso en que el deseo súbito nubla la razón, cuando quisiera que mis instantes coincidieran con los tuyos; ocurrir juntos en ese mismo espacio y tiempo, inducidos por esta extraña pasión desprovista de razón. Sin embargo, creo que eso nunca sucederá porque, debo confesar, ahora procuro no escribir en mis momentos de debilidad.

Flashback: El último gran hippie

 Le decían "el último gran hippie". Aunque no lucía exactamente como el prototipo de los 60's, había ciertos aspectos de su "look" que advertían el por qué de tan atinado apodo. Se veía a todas luces que había tenido sus años de gloria. El había estudiado la carrera de artes plásticas en la Academia de San Carlos, pero se había dedicado de lleno a la fotografía. Era un tipo de buena estatura, ojos azules, cabello largo (sin llegar a los hombros), entrecano y siempre: bronceado, en mezclilla, con los tres primeros botones de su camisa desabrochados, con algún collar al cuello y pulseras en la mano, y, claro, manejando un auto deportivo (aunque a veces llegaba al trabajo en motocicleta).

Recuerdo cuando me platicó que, en su juventud, una mujer varios años mayor que él, le había regalado un automóvil deportivo MG. –¿Eras un gigoló?– le pregunté sorprendido por el obsequio. Se rió con toda franqueza de mi comentario y, después de meditar un instante, con una sonrisa pintada en su cara, me dijo: –Pues, sí, supongo que sí–. Nos reímos juntos y le dije algo así como «mira qué cabrón me saliste».

En otra ocasión, sentados en el estudio de su casa, revisábamos una pila de fotografías. No recuerdo con exactitud qué imágenes estábamos buscando; algo relacionado con algún trabajo. Lo que sí recuerdo es que, de pronto, aparecieron un par de fotos de una sesión. Eran las fotos de una chica joven, de muy buen cuerpo y unas piernas difíciles de ignorar. Posaba con tan sólo una tela encima de su cuerpo. Me quedé observando con detenimiento esas imágenes. Las repasé lentamente, en varias ocasiones. Él se dio cuenta y, sin que yo dijera nada, me platicó sobre los embrollos que le había traído la historia detrás de esas fotografías. Le pregunté a quemarropa si se había acostado con ella. Sin hacer alarde de nada, admitió que aquello había sido algo pasajero. Yo seguí viendo las fotos, tratando de ocultar mi sorpresa; ella había sido compañera mía en la universidad. Era, sin duda, una de esas contadas chicas con las que llegué a desear, de forma sincera, haberme acostado en aquella época universitaria. Y ahí estaba yo, tan sólo un par de años después, al lado de "el último gran hippie", aquel singular personaje de cincuenta y tantos años de edad, descubriendo las cosas que difícilmente me hubiera podido imaginar mientras estudiaba y fantaseaba ingenuo en aquellos fríos salones de clase.

Hoy, por razones que sobra mencionar, me acordé de aquella extraña sensación y de aquella chica; de su presencia en los pasillos de la universidad, cuando teníamos escasos 20 años. No recuerdo su nombre, aunque aún recuerdo con claridad su rostro, su sonrisa franca. Y también sus piernas.

Aquellas fotos estaban destinadas al fuego. El gran hippie me había confesado, con aquella franqueza por momentos soprendente que le caracterizaba, que no podía correr el riesgo de que su pareja las viera.